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19 de septiembre de 2018
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Sánchez siempre me ha dado mala espina


SÁNCHEZ SIEMPRE ME HA DADO MALA ESPINA

Como adujo Perogrullo (que fue el primero que arguyó la certeza que sigue y al que la leyenda o la tradición le adjudica la necia verdad, por ser una mera simpleza proferirla), si hay una palabra que, desde la noche de los tiempos, desde que el homo sapiens se halla sobre la faz de la Tierra, retrata y radiografía completa y perfectamente al hombre esta es claroscuro, pues nadie osará objetar lo incontrovertible o irrefutable, que este, sea ella o él, es un conjunto de luces y sombras, de aciertos y errores.

En este mundo (ignoro si hay otros y, en el supuesto de que los haya, qué acaece en ellos) somos muy pocos originales. A alguien, tras fungir de lo lógico y normal o lo que cabía esperar, de ser un ente racional, o sea, tras reflexionar un momento al respecto, se le ocurrió decir un día que los hombres (hembras y varones) se pueden dividir en dos grandes grupos, los que nacen con estrella y los que nacen estrellados. Bueno, pues, desde entonces, el grueso de mis semejantes se ha limitado a iterar, hasta el hartazgo, el mismo y falso argumento, sin sopesar si se trataba de un axioma o de un sofisma. Porque lo cierto es (al menos, para mí esto está claro y es evidente) que todos los seres humanos, todos, sin excepción, nacemos con estrella, quiero decir, bajo la influencia de una o de un grupo de ellas, de una constelación. Y, asimismo, veo, un día sí y otro también, esto es, compruebo, de modo cristalino, que, mientras unos siguen con la misma estrella, que los alumbra, dándoles luz física e intelectual, otros, antes o después, acaban como los huevos de gallina en una sartén con aceite humeante, estrellados (con o sin puntilla).

Escasas personas, pocas, muy pocas, tal vez no sumaran dos centenas, confiaban en que Pedro Sánchez saliera airoso, laureado, victorioso, de sus primeras primarias en el partido; menos aún que otro tanto acaeciera en su segunda oportunidad; y menos todavía que tuviera la resiliencia (o los redaños) y resistencia de superar el mayúsculo y terrible varapalo de su destitución en aquel Comité Federal, de infausto recuerdo, como secretario general del PSOE. Acaso no llegaban a dos docenas o decenas los que esperaban que pudiera ser el mirlo blanco que devino o resultó, la rara avis que hizo efectivo, por primera vez en España, tras la instauración de la Monarquía parlamentaria, el mecanismo constitucional de la moción de censura, que le llevó al Palacio de La Moncloa sin haber necesitado obtener asiento para el Congreso de los Diputados en las últimas elecciones generales. Todos estos hitos hará bien usted, atento y desocupado lector, sea ella o él, en colocarlos en el platillo del haber de Sánchez si es cabal, que, mientras no dé pie a que se abra el grifo judicial para probar o demostrar lo contrario, lo es. En dicho platillo habría que poner, otrosí, la acogida de los migrantes del Aquarius (ahora bien, en el platillo contrario, la devolución en caliente de los 116 migrantes que saltaron la valla de Ceuta), la exhumación de los restos mortales del dictador (en el platillo contrario, el procedimiento para llevarla a cabo, porque el fin no justifica el medio, el Real Decreto-Ley), la convalidación del Real Decreto-Ley de la universal cobertura sanitaria pública y gratuita, la entrega a Arabia Saudí de las bombas contratadas (en el contrario, hacer tal cosa, tras mediar las protestas de Susana Díaz y los trabajadores de Navantia, que habían visto las orejas al lobo, o sea, cómo el contrato para construir las cinco corbetas pedidas por dicho país había sido puesto en entredicho),...

También cabe decir que pocos de los que siempre confiaron en Sánchez esperaban que, en sus primeros cien días como presidente de Gobierno, se viera forzado por los acontecimientos (en sentido estricto, por el cariz que habían tomado estos) a tener que prescindir de dos ministros (ambos fueron empujados u obligados a dimitir), Màxim Huerta (“el Breve”, en Cultura) y Carmen Montón (recientemente, en Sanidad, Consumo y Bienestar Social), ni a tener que desdecirse o dar marcha atrás (aunque llamen a estas rectificaciones en La Moncloa “maduraciones de decisiones”) en diversos temas.

Reconozco que Sánchez nunca ha sido santo de mi devoción, que siempre me ha dado mala espina, porque nunca me ha brindado buenas vibraciones (o viceversa). El problema tal vez no sea de Sánchez, sino de quien firma abajo este texto. Acaso sea un prejuicio mío que todavía no he conseguido cepillarme ni eliminar (no obstante, poco, poquísimo, ayuda escuchar decir al presidente que su amiga —por cierto, pido perdón de antemano por la maldad, ¿Carmen Montón fue ministra por ser su amiga o por ser una persona idónea y competente para llevar a cabo los asuntos del ministerio cuyo presupuesto debía controlar y priorizar?— iba a seguir desempeñando las funciones propias de quien manda en el ministerio de Sanidad y cuatro horas más tarde esta renuncia al cargo). Aunque dicen que quien no se fía no es de fiar, confieso que no me fío de Sánchez ni de ningún otro político profesional. Considero que la política debería ser una vocación de servicio a la comunidad, una mera estación de paso (ocho años como máximo, se sea lo que se sea, edil, alcalde, diputado autonómico o estatal, senador, ministro, consejero, asesor, etc.) no un oficio o profesión.

La última noticia sobre el presidente del Gobierno es que ha anunciado acciones legales contra quien sostenga que ha plagiado su tesis doctoral. Tengo para mí que esto ha sido un error morrocotudo, porque le ha llevado a caer, sin querer, en su propia tela de araña o trampa. O Sánchez hace público el trabajo intelectual por el que es doctor de Economía o seguirá dando pábulo al reproche que se le hace. Si demanda al periodista o medio que no se ha retractado de lo publicado, que ha copiado parte de su trabajo, fusilando el de otros, el juez que conozca del caso deberá comprobar, de manera fehaciente, si existe en verdad plagio o no. Si el periodista o el medio dice verdad, el presidente tendrá que dimitir. No hay otro camino.

Ahora bien, en este caso, no le valdrá a Sánchez cantar la palinodia, dar marcha atrás, que me parece el camino correcto que se debe tomar cuando uno es consciente de haber incurrido en un clamoroso error.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García | 14/09/2018
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