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24 de enero de 2018
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¿Pedalear se pudo en cierto bingo?

¿PEDALEAR SE PUDO EN CIERTO BINGO?

La semana pasada, mientras estaba redactando las primeras líneas del breve ensayo que comenzó llevando el rótulo provisional de “Amén es el comienzo de amenaza” y acabó portando el título definitivo de “La juventud es fuente de progreso”, se me encendió la bombilla, esto es, me surgió, a bote pronto, la idea de enriquecerlo con una anécdota curiosa o sucedido real, pues volví a recordar o alguien o algo (solo Dios sabe quién o qué) trajo a mis mientes qué solían hacer mis compañeros Álvaro Santallana Risueño y Carlos Jesús Rojo Manzano después de cada evaluación, allá, in illo témpore, cuando hacíamos o cursábamos COU (ellos en ciencias, yo en letras) en el zaragozano colegio Enrique de Ossó (“Las Teresianas”). La procrastiné, porque el opúsculo discurrió por sus propios derroteros y, al parecer, un montón de obstáculos se confabularon para impedirme que lograra el encaje perfecto, sin defecto. La aducida doble razón me llevó, como insisto, a posponerla, pero no sin haberme comprometido antes a obligarme a echar mano de ella cuando advirtiera la ocasión propicia, cuando mejor conviniera. Bueno, pues tengo la impresión refractaria de que de hoy no pasa, de que ha llegado para la tal su momento más favorable, o sea, que voy a intentar erigir aquí mismo, en estos dos folios de blanco impoluto, que me sirven de guía, el monumento de palabras de papel que se merece.

Como ambos habían superado la circunstancia o condición necesaria, la barrera o el listón de la mayoría de edad, idearon la manera de celebrar, de forma original, extraordinaria, el fin de cada una de las evaluaciones ejerciendo de lo que eran, jóvenes, verbigracia, dando mal ejemplo, saltándose a la torera el cumplimiento de cierta regla no escrita y, como lógica consecuencia, varios metros. ¿Que en qué consistieron dichos saltos? Pues, grosso modo, en escaparse de la residencia religiosa donde estaban internos con nocturnidad, cosa que consiguieron al descender los tres pisos por los balcones hasta poner los pies en el patio interior, previo a la calle, pero no para andar de picos pardos, como tal vez algún atento y desocupado lector (ella o él) de estos renglones torcidos haya podido barruntar, intuir o sospechar, no, ni de jarana por lugares de mala reputación, quiero decir, tratando con putas, a no ser que alguien considere que la citada locución verbal coloquial (“andar de picos pardos”) también incluye ir a divertirse un rato al bingo a jugar unos, pocos (dado el escaso poder adquisitivo de los jóvenes jugadores), cartones.

La sede de la residencia religiosa ocupaba los tres primeros pisos de uno de los ocho bloques de aquel entorno residencial, además de los bajos o sótanos, donde, si no recuerdo mal, el espacio más amplio se destinaba a capilla, a la que también se podía acceder desde el patio residencial exterior por una puerta y una escalera que los comunicaba y donde se celebraba la eucaristía todos los domingos y fiestas de guardar; había también una ancha sala con sillas para ver la televisión; otra, menos lata, con mesas y sillas para jugar a las cartas, al parchís, la oca, el ajedrez y/o las damas, sobre todo; otra, donde cabían, de forma holgada, una mesa de pimpón y dos futbolines; y otra, que hacía las veces de mínima cancha de baloncesto con dos cestas en las paredes opuestas. En el entresuelo, a mano izquierda, quedaban la cocina y el comedor, alargado, en forma de te; enfrente de la puerta de entrada, tras cruzar el recibidor o vestíbulo, estaba la biblioteca, y a la derecha, una pieza para atender a las visitas, la sala de la televisión de los educadores y las habitaciones de estos. Comunicaba los tres pisos y el sótano una escalera interior. En el primer piso, a la derecha o a la izquierda, según la dirección que tomáramos y el pasillo, a lo largo de este, había varias habitaciones comunes, compartidas, evidentemente, por tres alumnos, que contenían cada una de ellas tres camas, tres mesillas de noche, tres sillas y tres armarios, y, en la parte opuesta del pasillo, cabía hallar sus respectivas salas de estudios, con el mismo número de mesas y sillas; un espacio común para las duchas y los aseos ocupaba la parte central; asimismo, había dos salas para las reuniones, etc. En el segundo piso las habitaciones eran individuales y se repetían los mismos espacios comunes del piso inferior para las duchas y los aseos y las salas para las reuniones.

Con las boqueadas de esos viernes señalados, que clausuraban cada una de las evaluaciones, a las cero horas sabatinas, con el máximo sigilo posible, Álvaro Santallana y Carlos Jesús Rojo descendían los tres pisos indicados ayudándose de los salientes, enrejados y barrotes de los balcones y, de un salto, ponían las suelas de sus zapatos en el patio interior, bajaban las escaleras o la rampa de acceso y ya estaban en la calle. Desde allí, contentos, como unas castañuelas o pascuas, los dos “prenovicios”, tras coger o montarse en el coche de san Fernando, andaban callejeando y doblando esquinas hasta que arribaban al bingo del Club Ciclista de Zaragoza (o Aragonés, esto sí que no lo recuerdo —lo reconozco— con absoluta fidelidad), enseñaban el carné de identidad al responsable del mostrador de la entrada, aguardaban a que hubieran comprobado que los números del último bingo cantado eran los correctos y, cuando se encendía la luz verde, accedían a la sala. El primer día que entraron gozaron de la suerte que suele acompañar al principiante y cantaron un bingo de más de ocho mil pesetas. Se repartieron las ganancias del premio y tocaron a más de 2.500, un fortunón. En la segunda ocasión tuvieron aún más suerte. En esta oportunidad se sumó al grupo José, “Pepe”, Barrigón, que había conseguido superar la imprescindible plusmarca de la mayoridad, y la diosa (que no odiosa) Fortuna volvió a hacer buenas migas con el novato o pipiolo, a quien le cupo el honor de cantar un bingo de veintitantas mil, superando con creces el beneficio obtenido el primer día (en sentido estricto, la noche del estreno, de la prima escapada).

Seguramente, usted, atento y desocupado lector (ella o él) de este relato, se preguntará con razón cómo sé tanto de la vida y milagros de Álvaro, Carlos Jesús, “Pepe” y el resto de sus compinches, cómo puedo dar hasta pelos y señales de sus nocturnas andanzas zaragozanas. Me dispongo a confesar lo obvio (acaso le haya puesto en antecedentes de lo que viene a continuación la mención que he hecho del prorrateo del dinero obtenido por cantar bingo la primera noche de marras), que yo también participé, desde la primera salida, dando pedaladas (meneando la pierna, demostrando sin ambages mi nerviosismo, porque tardaba en salir la bola que nos haría ricos) en el mentado Club Ciclista.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García | 14/07/2017
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