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20 de octubre de 2018
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Referéndum ilegal en Cataluña

¿AQUÍ, SIGUE VIGENTE EL BROCARDO “DURA LEX, SED LEX”?

“Para que triunfe el mal basta con que los hombres de bien no hagan nada”.

Edmund Burke

¿El aforismo jurídico latino “dura lex, sed lex” sigue conminando a toda la ciudadanía española, sin excepción, a su máximo respeto, bajo la amenaza de que sobre la/s persona/s que la contravenga/n caerá todo su peso? ¿El respeto máximo a la ley en vigor sigue siendo garantía de futuro y de progreso para toda la comunidad? Contesto a ambas preguntas con el rótulo del segundo álbum musical del grupo Jarabedepalo: “Depende”. E insisto en dar la misma respuesta mientras echo mano de dos versos, que son el estribillo de la citada canción, que da título a su segundo mencionado trabajo: “Depende ¿de qué depende? / De según cómo se mire, todo depende”. Y es que, dependiendo de si el ámbito o terreno en el que nos movemos, que pisamos, parece poco firme, propio de tierras movedizas, donde el subjetivismo, el relativismo y la arbitrariedad (a)sientan sus reales o campan a sus anchas, en esos lugares suele arraigar lo que se conoce como “la Ley Campoamor”, llamada de esa guisa porque toma los cuatro últimos versos, una cuarteta, del poema titulado “Las dos linternas” del poeta asturiano Ramón de Campoamor para expresar, de manera metafórica o retórica, la misma: “Y es que en el mundo traidor / nada es verdad ni mentira: / ‘todo es según el color / del cristal con que se mira’”.

En textos que he escrito y publicado antes que el presente, he señalado el daño intelectual que ha hecho a nuestra acrítica y pasota sociedad ese sofisma, que, una vez salió por la mui de quien lo pronunció en primer lugar, hizo (he de reconocerlo sin ambages) fortuna (pues prendió, se extendió y corrió por doquier como un reguero pólvora) y viene a sostener el argumento falaz, pero con visos de verdadero, de que todas las ideas son respetables. Está claro que todas las que son dignas de respeto son las personas. Pero sus ideas no (uno recuerda cuanto ha leído sobre los campos de concentración y de exterminio nazis —la “solución final” de la cuestión judía, su genocidio— y los campos de trabajo correccionales o gulags soviéticos, o considera ciertas medidas xenófobas de algunos partidos políticos populistas actuales o la práctica africana de la ablación del clítoris y ya tiene medio abanico hecho). Considero notorio y palmario que solo son ideas respetables (me disfrazaré de Perogrullo para acabar la frase) las que lo son. Las ideas que uno juzga que son intolerables (y aduzca las razones por las que una/o ha llegado a la conclusión de que lo son), evidentemente, no se pueden respetar, aunque así lo mande Perico el de los palotes o el mismísimo sursuncorda.

Un día, hace más de cinco lustros (seguramente, cuando encuadré y colgué mi título de Licenciado en Filosofía y Letras en la pared de mi habitación), vi, de modo cristalino, que España era una democracia perfectible, manifiestamente mejorable, pero esa realidad, que no podía negar, no objetaba esta otra, que también era obvia, que la piel de toro puesta a secar, con sus peros, seguía siendo un Estado de derecho, el marco democrático que garantizaba nuestros derechos individuales y libertades públicas. Bueno, pues, hoy, según lo que veo y escucho y leo, referido a Cataluña (donde hace mucho tiempo caló la idea básica, firme e inamovible de que sus ciudadanas/os son catalanas/es, pero nadie, al parecer, ha logrado hacerles ver lo que también es conspicuo, que, lo quieran o no, son, asimismo, españolas/es), dicho marco está tan desdibujado, tan enmarañado, en amplios sectores de su opinión pública, por el independentismo omnímodo, ominoso, que sus tentáculos han venido a hacer diabluras en el mismo.

En el ámbito de las palabras (aún no en el de los hechos), las reglas del juego democrático en Cataluña hace tiempo que saltaron por los aires. Entre unas/os y otras/os, afiliadas/os y simpatizantes de la CUP, de ERC, de PDeCat, han conseguido ilusionar a legiones y más legiones de ciudadanas/os catalanas/es, que se han creído a pies juntillas lo que se les ha dicho (y ellas/os han escuchado y leído hasta hartarse) por activa y por pasiva hasta la saciedad, que el 1-O, que no es el resultado de un partido de fútbol, no, sino una fecha, el primer día del mes de octubre, jornada en la que tendrá lugar allí, sí o sí (insisten en aseverar), el referéndum (ilegal) de independencia. Si hacemos caso a Sigmund Freud, serán necesarios batallones de psicólogos y psiquiatras para tratar los miles de casos de frustración que van a generar en el susodicho electorado cuando comprueben que el Estado español va a impedir con medios legales que dicho acto ilícito pueda llevarse a cabo.

En Cataluña al resto de España se le achaca y reprocha su escaso talante democrático (ahora bien, algunas/os catalanas/es, las/os indudablemente independentistas, son tan solidarias/os, tan igualitarias/os, tan empáticas/os, que el derecho de autodeterminación o de decidir, se lo apropian o arrogan única y exclusivamente para ellas/os). Ante su discurso antilegalista, tan de moda o en boga allí todavía, en el supuesto de que obtuvieran la independencia, ¿cómo harían, me pregunto (lo reconozco) con zumba, para que la ciudadanía catalana cumpliera la ley? ¿Cómo harían para que se respetara con total y absoluta exquisitez la Constitución de la presunta República catalana y el nuevo sistema resultante ellas/os, que se habían empeñado en hacer creer al resto de la ciudadanía catalana que tenían la razón de su parte y podían cargarse la española, el anterior? A quien/es quiera/n saber a dónde lleva deslegitimar el Estado de derecho, a la selva, le/s recomiendo encarecidamente que lea/n esto, de John Locke, que lo escribió antes de que fuera publicado en 1689: “Donde no hay ley no hay libertad. Pues la libertad ha de ser el estar libre de las restricciones y la violencia de otros, lo cual no puede existir si no hay ley; y no es, como se nos dice, ‘una libertad para que todo hombre haga lo que quiera’. Pues ¿quién pudiera estar libre al estar dominado por los caprichos de todos los demás?”.

Si a las declaraciones (que a mí, al menos, me dejaron pasmado, atónito) acéfalas y ápodas, sin cabeza ni pies, de una representante del PSC, la alcaldesa de Santa Coloma de Gramanet, Núria Parlón, que vino a decir que si el Gobierno de Rajoy decidía aplicar el artículo 155 de la Constitución, como respuesta a la celebración del referéndum ilegal de independencia en Cataluña, el PSOE apelaría a la comunidad internacional para impedirlo, sumamos las más recientes (pero no menos urentes) de Miquel Lupiáñez, alcalde de Blanes, también del PSC, comparando a Cataluña con Dinamarca (ignoro si el mentado ha estado alguna vez en dicho país; yo, al menos, no; ergo evito dicho símil) y al resto de España con el Magreb (¿hace falta ser cafre —quiero decir, bárbaro, cruel e innecesariamente faltón y zafio, según recoge el DRAE— para argumentar las diferencias existentes, según él, entre las/os catalanas/es y el resto de las/os españolas/es?), la visión de lo que está ocurriendo de un tiempo a esta parte en Cataluña acaso haya quedado para unas/os más diáfana y para otras/os más borrosa y, me temo, lo que es aún peor, más horrorosa.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García | 30/06/2017
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