La estación escondida

Miguel de Lózar - martes, 12 de febrero de 2019
La estación escondida
El edificio de viajeros del Cañuelo fue construido en 1929 por uno de los mejores arquitectos españoles del pasado siglo XX, Luis Gutiérrez Soto, pero la antigua estación quedó desfigurada hace años tras una serie de desafortunadas reformas

Ahora que se está poniendo encima de la mesa por parte de las distintas administraciones implicadas la posibilidad de crear un importante nodo de comunicaciones en la actual estación de ferrocarril, unificando en este emplazamiento tanto la propia estación de trenes como la de autobuses -que, todo sea dicho, se encuentra a día de hoy en un estado lamentable- es el momento perfecto para plantearse el recuperar un buen edificio que, a pesar de mantenerse ahí noventa años después de su construcción, hace ya décadas que se oculta a nuestra mirada.
Este edificio no es otro, claro está, que la propia estación de trenes del Cañuelo, construida en 1929 por uno de los mejores arquitectos españoles del pasado siglo XX, Luis Gutiérrez Soto (1900-1977), tal y como recogió Montserrat Carrasco en su imprescindible Arquitectura y Urbanismo en la ciudad de Soria 1876-1936. La antigua estación quedó completamente desfigurada hace ya muchos años tras una serie de desafortunadas reformas que, buscando modernizar el edificio y adecuarlo a los nuevos tiempos, terminaron, sin embargo, por borrarlo del mapa. Modificando su volumetría, mutilando los huecos originales, cambiando el viejo tejado por una cubierta de pizarra y envolviendo a todo el edificio, en fin, en un manto pobre y frío, las distintas  intervenciones han conseguido que ya nada nos recuerde a aquella antigua estación que durante tantos años fuera, más allá de la mítica epopeya del Doctor Zhivago, uno de los mejores escenarios de la vida cotidiano de nuestra ciudad, pero a la que muchos de nosotros no hemos tenido nunca el placer de llegar a conocer. Y, sin embargo, ahí está. Si te acercas lo suficiente y afinas la mirada aún se pueden distinguir en el revoco de la fachada las fisuras que nos señalan el trazado de los antiguos arcos que coronaban los huecos de la planta baja, tanto en la fachada hacia la carretera como en la de los andenes. Se aprecia, asimismo, el cambio de silueta del edificio, fruto de la ampliación de la planta superior hasta hacerla coincidir con la superficie de la planta baja, y que se llevó consigo el interesante juego de volúmenes de la antigua estación. Por eliminarse, se eliminaron hasta los frontones donde con tanto empaque aparecía el nombre de nuestra ciudad. Se eliminó, en fin, todo aquello que confería carácter al edificio hasta transformarlo en un contenedor vacío, en un principio, de espíritu y, ahora, ya de casi todo lo demás. 
arquitectura. Bien es cierto que el edificio de la antigua estación no ha pasado, ni pasará, a la historia de la arquitectura. Su construcción no supuso ninguna revolución en una tipología arquitectónica que ya contaba con una larga tradición y en la que el arquitecto supo apoyarse a la hora de realizar el proyecto. Efectivamente, Luis Gutiérrez Soto, titulado en 1923 como el número uno de su promoción, hizo aquí una de sus primeras obras -el proyecto es de 1927- como muestra de una arquitectura que todavía buscaba descifrar el nuevo siglo a través de un regionalismo que debía tamizar los nuevos desarrollos tecnológicos del momento a través de una mirada volcada hacia nuestra tradición arquitectónica. Las mismas ideas que, por otra parte, podemos ver igualmente reflejadas aquí en Soria en el contemporáneo edificio del Colegio de la Arboleda (1927-1934), obra del arquitecto Joaquín Muró Antón, y en la que tradición y modernidad intentaban todavía buscar un punto de encuentro. 
De alguna manera, esta vieja estación se puede entender como el canto del cisne de una arquitectura en esencia decimonónica y que el propio Luis Gutiérrez Soto se encargaría de liquidar al año siguiente de proyectarla, con la obra del Cinema Europa (1928), que todavía se levanta en la madrileña calle de Bravo Murillo, y a la que seguirían, al menos, cuatros obras fundamentales de aquellos años proyectadas, asimismo, por Gutiérrez Soto: el ya desaparecido primer aeropuerto de Barajas (1930), el cine Barceló (1930), uno de los mejores edificios de Madrid, el Bar Chicote (1931),todavía abierto en la Gran Vía, y las piscinas de La Isla (1931) que se levantaban en el Manzanares con la misma elegancia con que Aizpurúa y Lavallen habían fondeado en 1929 su Club Náutico en la bahía de la Concha en San Sebastián. Edificios a caballo entre el expresionismo de raíz mendelsohniana y aquella arquitectura como máquina de habitar que había preconizado Le Corbusier, con el paquebote como nuevo paradigma, y que si algo tenían en común era precisamente esa completa renuncia a cualquier estilo historicista. 
vanguardia. A pesar de que Luis Gutiérrez Soto no llegó a pertenecer a ningún grupo de vanguardia, como el del conocido GATEPAC, la magnífica producción del arquitecto en aquellos años previos a la guerra civil lo convirtieron en uno de los más importantes referentes en la introducción del Movimiento Moderno en España. Un impulso de modernidad que quedó dramáticamente truncado en el 36, con el estallido del conflicto. 
Tras la guerra, Gutiérrez Soto se alejó durante varios lustros de las corrientes internacionales más avanzadas, convirtiéndose durante unos años en el abanderado de una arquitectura que recuperaba los lenguajes históricos para tratar de identificar aquellos duros años de la posguerra con los momentos más brillantes, e imperiales, de nuestra historia, siendo el epítome de esta arquitectura su Ministerio del Aire (1942), en la Moncloa.
Sin embargo, si por algo se recordará la obra de este arquitecto habrá de ser por su ingente labor en el campo de la vivienda, configurando prácticamente él solo la imagen del Madrid de los años 40, 50 y 60, en lo que vino a llamarse como Estilo Gutiérrez Soto. Un estilo que fue evolucionando, nuevamente, desde los rigores clásicos de la posguerra hacia una decidida modernidad, reconocible ya a partir de principios de los años 50, y en el que hay que destacar una incansable labor de investigación en torno al programa de la vivienda para esa clase media emergente entonces en España. Dentro de ese repensar continuo del habitar, el propio Gutiérrez Soto se encargaba de señalar la que quizá sea su aportación más importante, la incorporación de la terraza en los edificios de viviendas: «un bello jardín suspendido, un salón al aire libre, que no solo aislaba la vivienda de ruidos y vistas, sino que también la defendía de las inclemencias del sol» y cuyo fulgurante éxito se puede comprobar paseando por las calles de Madrid y, casi se podría decir, de cualquier otra ciudad española.
edificio de porte clásico. La antigua estación de trenes del Cañuelo, aquella que ya no podemos ver pero que sigue ahí, esperando a que alguien se acuerde de ella, no es como decimos, una de las obras importantes de este gran arquitecto. Ni siquiera aparece en las monografías sobre su obra. Y, sin embargo, es un buen edificio, atento con la ciudad a la que representa, fiel reflejo del tiempo que lo vio nacer y parte de nuestra historia, tanto de la más cercana como de aquella otra que, más allá de nuestras fronteras, más allá del espacio y del tiempo, nos une con aquel Moscú revolucionario. 
Un edificio de porte clásico -simétrico y con frontón- en el que tanto la dimensión y formato de los huecos, como los distintos volúmenes que lo componen, se articulan para informar claramente a la concurrencia de que se encuentra ante una construcción importante, oficial, pero que, sin embargo, mediante su contenida escala y el cuidado tratamiento de los detalles es capaz de ser, al mismo tiempo, cálida y cercana, adquiriendo así un carácter casi doméstico, como si la estación fuera la gran casa de todos. Y esto es algo que, como todo el mundo comprende, no es nada fácil de conseguir. 
recuerdos. Aunque no puedo negar que, más allá de un interés estrictamente arquitectónico, lo cierto es que la antigua estación de trenes del Cañuelo, desde que la descubrí en su auténtico rostro, despertó en mí, como sucediera con aquella famosa magdalena proustiana, un recuerdo que me llevó mucho más lejos que aquel1929 de su inauguración, me llevó hasta mi infancia, hasta uno de los cuentos que más me gustaban de pequeño -y que ahora les leo a mis hijos- acerca de «una estación antigua; una de las primeras estaciones de trenes que se construyeron en el mundo» y que, con unas ilustraciones preciosas, recogía en esencia lo que es está vieja estación del Cañuelo: un antiguo y precioso cuento que todavía estamos a tiempo de volver a leer.

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