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Los Campos, memoria de la trashumancia junto al Cidacos

A.P.L.
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Tierra de trashumancia y del nacimiento del río Cidacos (en el Prado de las Avispas), entre el puerto de Oncala, la sierra del Alba y el pico del Cayo

Los Campos, memoria de la trashumancia junto al Cidacos - Foto: Eugenio Gutiérrez

Tierra de trashumancia y del nacimiento del río Cidacos (en el Prado de las Avispas), entre el puerto de Oncala, la sierra del Alba y el pico del Cayo, se encuentra la localidad de Los Campos, con muy poquitos habitantes (varios de ellos jóvenes) pero bienavenidos. En sus calles hay mucha paz y silencio, tal vez porque es después de comer en un caluroso día de principios de junio, pero muy pronto nos encontramos con Gervasia del Rincón, Gerve, tendiendo la ropa en la puerta de casa, y entablamos una animada conversación. Vive allí con su marido, Luis González, de Montenegro de Cameros, desde septiembre de 2020, después del confinamiento, coincidiendo cuando su hija se fue a estudiar a Madrid.  

Al principio le choca un poco que nos hayamos acercado a su pueblo, pero poco a poco nos va descubriendo la entrañable historia de su familia, numerosa y trashumante. «Yo voy y vengo a trabajar a Soria y mi marido está en los molinos», detalla. A ambos les aporta tranquilidad vivir en un pueblo con poquitos habitantes, junto al monte y el río, «pero, eso sí, te tiene que gustar», comenta Luis, que acaba de llegar y arregla el dumper junto a su casa. «Tenemos las mismas comodidades que en la ciudad y estamos muy cerca», dice Luis; «no es que estemos aquí encerrados como ermitaños, hay muchas cosas que hacer y nosotros viajamos mucho», apunta Gerve. Tienen un huerto y un minihuerto, donde crecen ricas acelgas que nos enseñan. Yya han preparado toneladas de leña de Pinares para el próximo invierno, que han cortado y se está secando antes de poderla almacenar. Además, pueden hacer compañía al padre de ella, Jesús del Rincón, de 95 años y «un libro abierto». Seguro que lo comprobamos.

Volviendo a la familia de Gerve, nos señala la casa en la que se crió junto a sus padres y sus diez hermanos (ella es la novena y de la mayor a la pequeña hay 21 años). Están en Soria, Burgos, Zaragoza, Logroño, Murcia y Ciudad Real y planean ya recupera la comida de hermanos. «Es un poco difícil porque somos una familia muy extensa. Mi padre ya tiene biznietos...», dice sonriendo. Para ella, «en los pueblos te criabas de otra manera» y «en la escuela éramos unos 16 niños y niñas».

LECTURA Y PASEOS DE TARDE

Tras echarse la siesta, el abuelito José sale a pasear y conversar con sus vecinos Carmen y Florencio, también mayores. Mientras sale, su hija nos explica que le gusta trenzar las cuerdas y hacer cucharas de madera, pero su gran afición es leer libros sobre Soria y «el papel (los periódicos)». Se dedicó a la ganadería por tradición familiar, con ovejas, cabras y yeguas (su animal preferido), y un año antes de casarse (conocía a su mujer, Florentina, desde que eran niños) comenzó a hacer la trashumancia a La Mancha. Allí vivía de octubre a mayo y recuerda que fue una etapa dura y sacrificada en la que los amos daban poco de comer a los jóvenes pastores. «Migas por la mañana, un cacho de pan al mediodía y, si no había tocino, garbanzos por la noche», describe. Solían hacer los viajes en tren con los rebaños pero sí recuerda, con una memoria envidiable a su edad, una vez que subió andando desde Fuenteovejuna a Soria durante 42 días.

El recibimiento era muy bueno y sus hijos le esperaban con ilusión. Después, Benjamín, Eutiquio (tiene también carnicería en San Pedro Manrique) y Eduardo siguieron sus pasos. Hoy éste último es uno de los pocos que mantiene esta actividad ganadera junto con los hermanos Aceros de Navabellida. Participan en las Jornadas de la Trashumancia de la Mancomunidad de Tierras Altas y este año la fiesta de homenaje a los pastores será en Oncala (se turnan cada dos años por el lugar de origen de los rebaños). Gerve también está ilusionada porque sus familiares regresen, porque pasan todo el verano juntos. Al abuelo le parecen muy bien estas jornadas, que se retoman a principios de julio tras la pandemia, porque se homenajea la actividad a la que muchos vecinos de Tierras Altas se dedicaron durante siglos.

 «Eran otros tiempos», insiste, «en las fiestas bailábamos, sobre todo. Si no había hambre, alegría. Y, si no, a callar. Pero yo de niño no pasé hambre», comenta. En estos años cree que ha mejorado la imagen del pueblo y destaca que «por las calles se anda bien». «Unas casas se han arreglado y otras casas se han caído», pero él está muy a gusto en su pueblecito, donde ahora la nieve no es un problema, pero antes tenían que abrir hasta el empalme de la carretera. No le convence que sus nietos se dediquen a la ganadería, porque les ponen muchos impedimentos. Le ha gustado mucho bajar a Soria los jueves al Mercado, concretamente al Torcuato donde se reunía el sector agroganadero a comentar la situación. «Los de Soria nos echaban maldiciones», bromea sobre el tapón que hacían en el Collado. Un secreto es que le salen muy bien las migas pastoriles: «Pones el pan en remojo con poquita agua, echas sal, se deja que se empapen, y se cocinan con aceite y ajo». Ellos las hacen con picadillo, torreznos e incluso con azúcar y leche. Y... a vueltas con la España Vaciada dice que «la están vaciando ellos». Asensia López de Arcane, originaria de Bolivia y que antes vivió en la zona de Pinares, cuida a Jesús desde hace ya siete años. Por las mañanas hace las tareas en la casa y por las tardes pasean. Ella también se entretiene en el huerto, leyendo, escribiendo.... «No puedo estar quieta, siempre estoy haciendo cosas», dice.

Pronto llega Carmen y se suma a la conversación, expresando sus quejas por las recetas médicas, aunque la enfermera no falta a las citas semanales en el consultorio. Está contenta porque sus hijos y sus nietos, que también trabajan en parques eólicos, van a comer con ella casi todos los días. «Vivimos muy felices», dice esta vecina, cuya familia «por suerte o por desgracia» también fue trashumante. «El pueblo ha cambiado para bien y, como veis, tenemos un paisaje precioso.En verano da gusto ver jugar a los chavales por aquí. Hacemos comidas y nos juntamos mucho», añade. En sus ratos libres se entretiene «leyendo el periódico y haciendo sopas de letras y punto. Haciendo cuadros matas el tiempo». El invierno no es duro, apuntan, porque tienen calefacción. El horno comunal, recién restaurado, es para ellos una joya del pasado en torno a la que se reúne la gente de la zona el 12 de octubre.

IMÁGENES PARA EL RECUERDO

Seguimos visitando el pueblo y nos explica, sobre los servicios, que la cobertura «va a ratos», aunque tampoco dependen mucho del móvil. Sí que consideran que el coche es necesario y una ventaja es la cercanía a Soria y San Pedro, la cabecera de comarca. Al nuevo consultorio acuden el médico y la enfermera un día a la semana; y en alimentación tienen la visita de panadero, frutero y congelados.

 En el pueblo hay todavía varios ganaderos y precisamente pasa uno por allí con mucha prisa hacia el monte, porque las ovejas están pariendo. También se está haciendo la parcelaria, para ver si se puede recuperar la agricultura. En Los Campos las fiestas son el 19 y el 20 de agosto, en honor a San Roque y a Santa Elena, comentan mientras nos acercamos al gran frontón, los columpios y las pinturas de Julita Romera con elementos identificativos de Tierras Altas y una frase de la escritora Isabel Goig Soler.

En la carretera hay un bonito homenaje al pastor trashumante, como no podía ser de otra manera. Cerquita está la ermita de San Roque, en el campo, que ofrece estampas muy bonitas y a lado Gerve y otras mujeres acondicionan una zona para la meditación. Allí se va en procesión en la fiesta. Ytambién nos acercamos al yacimiento de huellas de dinosaurio (terópodos, ornitópodos y saurópodos), dentro de la Ruta de las Icnitas, denominado el Salgar de Sillas (allí se salaban las ovejas).  «Viene mucha gente a verlo», señalan los vecinos, así como los otros puntos de interés ya citados. Cerca está la casita de Teófilo e Isabel, que ahora viven en una residencia.

En la otra parte del pueblo está el  Centro de Interpretación del río Cidacos (que como el horno se pueden visitar a través de Museos Vivos), la fuente y la iglesia de Santa Elena, con pórtico en madera. De Calahorra (La Rioja), precisamente donde desemboca el Cidacos, es Martín García, que comprueba la temperatura del agua de la fuente. En el terreno de su madre la familia construyó una casa y pronto recibirá la visita de sus hijas y nietos, que viven en Glasgow (Escocia) y Hong Kong. Ya jubilado, pasa mucho tiempo en el pueblo, que le aporta tranquilidad y paz, dos palabras que se repiten casi en todos los reportajes de esta sección.

Terminamos el recorrido en el centro social de la AsociaciónEl Cayo, al que llaman cariñosamente el Bar de Moe (por los Simpson). Allí los vecinos se reúnen  para tomar algo antes de cenar, es también el punto de encuentro y done se realizan actividades. Además, allí nos muestran fotos del pueblo, de Dolores y otros mayores en el horno, por ejemplo. Nos despiden ofreciéndonos un plato de jamón y diciendo con cariño: «Éste es vuestro pueblo, para cuando queráis».