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Soto: En una vega muy fructífera, pero que pide mejoras

A.P.L.
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Las mujeres antes solían acudir a echar la partida por la tarde, una costumbre interrumpida por la pandemia pero que en ese mismo momento se plantean recuperar

En una vega muy fructífera, pero que pide mejoras - Foto: Eugenio Gutierrez Martinez

Sin duda alguna, Soto de San Esteban es uno de los pueblos más reivindicativos de los que hemos visitado en esta sección. En esta mañana de junio, sus vecinos van desgranando sus principales necesidades insistiendo en que son las propias administraciones las que están vaciando el mundo rural. Cuestiones como la sanidad, la educación, la telefonía, la calidad del agua... que se consideran fundamentales en cualquier lugar hoy en día, allí son las reivindicaciones fundamentales. «El tema es que somos ciudadanos de tercera, pero pagamos impuestos como si fuéramos de primera», insisten en una localidad que llegó a tener 340 habitantes y hoy se ha quedado en 70. Están muy cerca de San Esteban de Gormaz, municipio al que pertenecen, pero quieren contar con sus propios servicios, sobre todo, para atraer población... y no perderla.

Nuestra visita arranca con una animada conversación con las mujeres del pueblo y los responsables del bar Jarabo, el único que funciona en la localidad y que es también tienda. Lo regentan desde hace muchos años Fernando Jarabo y su mujer Marta Elena Baún, junto al hermano de ésta, Enrique. Allí tienen de todo y es el gran punto de encuentro, tanto a la hora de la compra como a la del almuerzo y el café.

Socorro Pérez, Pilar Hernando, Delicia Jarabo, Josefa Hernando, Esperanza García y Dolores Jarabo nos cuentan lo bien que se vive en Soto de San Esteban, aunque con cierto «abandono» porque han estado varios días sin cobertura y el médico y la enfermera solo van una vez a la semana (el primero solo a demanda y antes acudían dos veces cada una). También quisieran que hubiera farmacia o se llevaran las medicinas a domicilio a los más mayores. En Soto mantienen la actividad del campo unos ocho agricultores (cereal y regadío) y hay muchos vecinos que trabajan en empresas de San Esteban y El Burgo de Osma (algunos lo compaginan con las tierras). «Los ingenieros de Soria decían que en la provincia no había otra vega tan buena, se plantaba remolacha, patata, alfalfa...» (antes de la concentración parcelaria) y queda algo de viñedo, en tierra de Ribera del Duero. Socorro comenta orgullosa que ella también ha sido agricultora. Por el momento, no hay casas rurales, «pero tendremos que hacer una», propone Esperanza a las demás.

Las mujeres antes solían acudir a echar la partida por la tarde, una costumbre interrumpida por la pandemia pero que en ese mismo momento se plantean recuperar. También hacían manualidades, charlas con médicos, cocina y confección de sayas con Teófila. Todas nacieron allí y la mayoría fueron juntas la escuela, «bueno, había dos, la de chichos y la de chicas», que hoy albergan las sedes de las asociaciones El Chispero (la de jóvenes, aunque «no lo son tanto») y de jubilados.  

¿QUÉ ES LO MEJOR? UNA LARGA LISTA

¿Qué es lo mejor de su pueblo? Les preguntamos. Y enseguida enumeran: la presa del Duero, la Torre ('de Doña Urraca', bromean), las bodegas (algunas están hundidas y en otras hay merenderos «muy apañados»), la ermita de la Virgen de Rubiales (y la propia patrona), la iglesia que ahora se reforma, el antiguo molino, la charanga 'Sin más' con muchos jóvenes de la localidad, la fragua, el lagar... Además de que es un pueblo «llano», apuntan en referencia a su cómoda disposición. «Tenemos hasta canción. ¿Quieres que te la cantemos?», nos dicen, a lo que contestamos con un sí rotundo. Emocionadas, entonan esta canción que habla de un pueblo castellano, sencillo y cordial, hermoso por sus bodegas y su soto, con hijos que le adoran. Es obra de Hilario, nos cuentan, un madrileño que pasó allí sus vacaciones y sus gentes  y paisajes le inspiraron para crearla. Con cierta nostalgia de cuando eran jóvenes, recuerdan los bailes de los domingos en el salón del bar y el de Norberto, «venían hasta de  San Esteban y El Burgo». Y pasaban en barca de un lado al otro del río en dirección a Velilla, donde paraban el tren y el autobús.

Elena, que es de Aldea, comenta que su tienda es una de las pocas que quedan en pueblos y «dinamiza mucho». Antes la llevaron el abuelo de su marido, Rufino, y su madre, Demetria. Aprovechando, cuentan las perrerías que le hacían al abuelo, que iba a por mercancía con la borrica a San Esteban y los pregoneros anunciaban lo que traía para causar expectación. «Antes nos conformábamos con lo que había», reflexionan las vecinas, que rememoran cómo se entretenían con numerosos juegos (comba, escondite, bote, corro, calderón, cuatro esquinas...). 

Dolores nos dice que iban a ver salir el sol a la Torre y después dormían todas en una casa, «nos lo pasábamos muy bien». Ahora está allí muchas temporadas después de haber emigrado a Madrid y Zaragoza y se siente orgullosa de que sus nietos quieran visitar el pueblo a temporadas. Las vecinas coinciden en que en verano hay más gente, aunque Enrique dice que «no tanta, porque antes venían meses y ahora una semana». «Vienen a la costa (por a costa de...)», bromea alguna de ellas, pero reiterando el cariño con el que se acoge a los familiares en el pueblo, dentro de la ruta del Cid y en plena Ribera del Duero. Cuando estamos en el bar entran a almorzar Adrián Ghiura y otro trabajador, son de Rumanía y han llegado desde Guadalajara para reformar una casa. Hay muchas en venta, la verdad, pero no para alquilar a familias interesadas en vivir allí.

GLORIA, la más mayor Y DIEGO, EL MÁS JOVEN

Diego, de dos años, es el niño más pequeño de la localidad, hijo de Eduardo Jarabo y Alba de Miguel, que cuando visitamos Soto están precisamente de vacaciones por Galicia. En verano, el nieto de Elena juega con el nieto de Esperanza, Markel, que ahora va a estar en el pueblo por unos meses con sus padres (la mamá espera poder teletrabajar sin problemas de conexión). «Se llevan tan solo 15 días», apuntan divertidas. Pero a las vecinas les gustaría que hubiera muchos más niños en verano... y todo el año.

Al tiempo, llega a la tiendecita con su carrito a hacer la compra semanal Gloria Sotillos, de 88 años, que recuerda lo contenta que se pone cuando su familia va a verla a menudo. Tiene hijos en Soria, San Esteban, El Burgo y Málaga. De su pueblo le gusta «todo». Ypor allí también se encamina a la tienda Martina Palomar, de Morcuera, que se trasladó allí tras casarse con un soteño. 

Paseamos hasta la plaza, donde vemos más carteles de 'Se vende'. Había una fuente y ahora tiene juegos infantiles y aparatos de ejercicio para mayores. Es un lugar muy amplio para las verbenas de fiestas (en mayo y agosto). En la asociación un cartel anuncia que el 9 de julio es el Sotapeo, una jornada gastronómica para escoger las mejores tapas. El pueblo también tiene su frontón, importante. Yllegamos a la gran iglesia, donde comprobamos el buen ritmo de las obras (se ha desmontado todo el suelo para sacar la piedra y se está pintando). Un buen lavado de cara. 

había un teléfono para todos LUCAS, SAXOFONISTA SOTEÑO

Continuamos la ruta por las calles del pueblo y vemos jugando a Tristán, Dylan, Celia y Elisa, los nietos de Lucía Monge y Alejandro Martínez, que les visitan desde Madrid y Palencia. Nos hablan de lo mucho que les gusta juntarse y de lo «fresquito» que se está en Soria.Su abuela les ha contado que «pisaban las uvas para hacer el vino» y que «había un teléfono para todos». Lucía expresa su malestar por el estado del río Pedro, que está acumulando maleza y no se hace nada para limpiarlo y permitir que el cauce siga su curso. Lo denunció ya en verano de 2021. También pide más servicios e insiste en la idea de que «hay que cuidar el pueblo».

Nos dirigimos a la ermita de la Virgen   y se nos une Lucas García, estudiante de 19 años de Historia y Patrimonio en la Universidad de Burgos y saxofonista de la charanga local. Aunque es de Soria, allí tiene sus familiares y le gusta tanto ir que se ha empadronado, «solo me gusta estar aquí, todo el día en la calle o voy en coche a las bodegas...». Nos señalan las tapias junto a la arboleda del río (antes cada pareja que se casaba hacía un tramo, pero ahora hay zarzas que dan muchas moras). Y también la cruz desde la que se bendicen los campos.

En la ermita se oficia ahora la misa de los domingos y comentan que acude de San Esteban la familia de Javier García del Valle, que «la anima mucho». Antes habían un pozo con brocal, la casa del santero, moreras y olmos. Se dice que fue un convento y allí se guardan ofrendas a la patrona. De regreso al pueblo vemos a Santos Aparicio prepararse para la cosecha. «El grano está muy mermado, porque calentó por San Isidro y se lo llevaron», comenta. Su hijo Luis, también muy reivindicativo de mejoras para el pueblo, le está echando una mano y también conocemos a Delicia Santos, su mujer, que acude a saludarnos.