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Con jeringas y en pijama

María Albilla (SPC)
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Enfermera Saturada, el avatar de Héctor Castiñeira, narra cómo ha sido el trabajo durante la COVID-19 y la llegada de las vacunas

Ilustración de la portada de 'Orgullo enfermero', de Clara Lousa

La sombra de ómicron es alargada y empieza a asustar justo en el momento en el que parecía que la COVID-19 daba al mundo una pequeña tregua gracias a las vacunas. A nadie se le escapa ya que el SARS-CoV-2 ha llegado para quedarse, pero la aparición de los sueros hace ahora un año y la ejecución de la mayor campaña de prevención contra el virus de la Historia había llenado de esperanza a un sociedad ávida de recuperar su libertad y que asiste atónita a lo que parece un retroceso en la batalla contra el virus.

Pero, por ahora, nada es comparable a lo que se vivió tras la primera ola de la pandemia en España. Lo cuenta Satu, más conocida en redes como Enfermera Saturada,  que recuerda en Orgullo enfermero. Ni héroes ni villanos, lo que siempre fuimos aquellos días en el hospital como «una catástrofe diaria», un golpe durísimo del que todavía hoy, ya de lleno en la sexta ola, «todavía hay compañeros que no han podido superar».

«Ha sido tremendo ver cómo otras enfermeras perdieron a sus familiares y no se pudieron ni despedir porque tenían que seguir en su turno atendiendo a otros pacientes», lamenta.

El pasado 2020 fue declarado por la OMS como el Año Internacional de las Enfermeras  y el colectivo lo  celebró con una entrega y dedicación que jamás hubieran podido imaginar y siendo protagonistas en las casas y los balcones, recibiendo aplausos y  agradecimientos y calificativos vinculados a la valentía y la heroicidad.   Pero detrás de los epis y las mascarillas había personas que tenían miedo. Mucho miedo.

«Al principio nos estábamos enfrentando a algo que no teníamos claro ni qué era ni cómo se comportaba ni cómo se transmitía. Veíamos que los pacientes empeoraban día a día y que no respondían a ningún tratamiento... Temíamos contagiarnos, ponernos mal el EPI, llevarnos el virus a nuestras casas y  que se infectara alguien de nuestro entorno. Yo creo que  el miedo es mi peor recuerdo de aquellos días», explica Satu, que, a lo largo de este nuevo libro deja perlas que reflejan la inconsciencia de algunos ciudadanos ante lo que estaba -y está- sucediendo.

«Una buena parte de la sociedad ya ha olvidado lo que pasó y la otra no quiere saber demasiado sobre lo que realmente ocurrió», comenta Castiñeira. «La gente se decía eso del 'todo va a salir bien'... claro, todo va a salir bien si no te contagias o si se muere un familiar o un amigo. Por suerte hay una parte de la sociedad a la que esto le ha pillado de lejos y lo ven como una anécdota y hay otra parte que tampoco está muy interesada en conocer qué pasó realmente porque forma parte de otro tiempo y solo quiere recuperar su antigua normalidad», lo que a veces confiere un punto de inconsciencia.

Para Enfermera Saturada, las etiquetas con las se referían al colectivo «han pesado». «Nosotros hacíamos nuestro trabajo, el de siempre, y lo seguiremos haciendo», reivindica. «Nunca me sentí héroe, no. Estaba donde tenía que estar, aunque me jugara mi salud. Pero sí reconozco que los aplausos nos animaron mucho en un momento en el que nos sentíamos muy abandonados a nuestra suerte», explica. Y es que solo en aquella nefasta primera ola fallecieron en el mundo tantas enfermeras como en la Primera Guerra Mundial en el frente.

El gran momento

Para Satu, todo esto ha tenido una parte buena. Y fue la llegada de las vacunas y la campaña que se puso en pie para proteger al mayor número de personas en el menor tiempo posible. «Eso lo cambió todo», zanja.

«El momento en el que supimos que había una vacuna con buenos resultados y que creíamos que nos podría sacar adelante fue maravilloso porque veíamos que era el salvavidas al que agarrarnos. Por fin tuvimos esperanza».

El 27 de diciembre del año pasado, Araceli Hidalgo, una mujer de 96 años que vivía en la residencia Los Olmos de Guadalajara, se convertía en la primera española en recibir la profilaxis contra la COVID-19. A partir de ahí arrancó el gran desafío de montar «la campaña de vacunación más grande de la Historia. Y se hizo en un tiempo récord», concreta, a pesar de los problemas que surgieron durante las primeras semanas.

A día de hoy, Castiñeira no comprende las reticencias a ponerse la vacuna «porque se defienden solas» y llama a estas personas a mirar a su alrededor y que piensen que aproximadamente ocho de cada 10 ya han recibido la pauta. «Que lo hagan egoístamente, por ellos, para que no acaben en una UCI», agrega.

El proceso de vacunación ha dejado también hueco para el humor y las anécdotas, «sobre todo con las marcas de las vacunas. Había gente que se iba de la cola si ese día no se ponía la que ellos querían y pedían cita para otro día. Sin embargo ahora estamos en plena campaña de la gripe y nadie pregunta qué le vamos a poner», comenta este profesional que reivindica también el trabajo digno en el sector. «Hablar de enfermería es hablar de precariedad. Teníamos esperanza en que los gestores sanitarios aprendieran algo como es la necesidad de adecuar el ratio enfermera/paciente, pero lamentablemente no ha sido así».

Y zanja: «Me siento muy orgulloso del colectivo profesional del que formo parte y, por eso, me apetecía tanto hacerles este pequeño homenaje en forma de libro».

ARCHIVADO EN: COVID-19