Ya vienen los Reyes

Marian Arlegui
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Un capitel de la iglesia del monasterio de San Juan de Duero, en el baldaquino de la epístola, tiene esculpido el ciclo de la navidad a lo largo de sus cuatro caras: Anunciación, Visitación, Nacimiento, Anuncio a los Pastores y la Epifanía

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Un capitel de la iglesia del monasterio de San Juan de Duero, en el baldaquino de la epístola, tiene esculpido el ciclo de la navidad a lo largo de sus cuatro caras: Anunciación, Visitación, Nacimiento, Anuncio a los Pastores y la Epifanía o Adoración de los magos.
Como una narración continuada un árbol se talló en la esquina a modo de división entre la escena anterior, el anuncio a los pastores, y la adoración de los magos. Sin embargo las ovejas, que no se esculpieron en la escena de los pastores, se ven a los pies de los tres Reyes dando continuidad a la narración, de modo que el árbol puede ser una ambientación escénica. Los tres Reyes, coronados, de distintas edades, portan en su mano izquierda sus regalos mientras se dirigen hacia la siguiente esquina del capitel en donde se sitúa la Virgen con el Niño a modo de Maiestas o a la manera de la Theotocos bizantina, envueltos ambos en grandes ropajes y el Niño en actitud de bendecir. 
  El origen de la tradición de los Reyes Magos es incierto.  Algunos autores creyeron que formaban parte de una casta de sacerdotes mazdéicos de Persia, que dedicaban su vida al estudio de los astros y de los sueños.
En Persia la palabra mago era sinónimo de científico conocedor de la astronomía y otros fenómenos de la naturaleza. Equivalía de cierta manera al escriba de los hebreos o al filósofo de los griegos.   En tiempos de Jesús, los magos adquirían y aplicaban diversos tipos de conocimientos mágicos, como la interpretación de los sueños y la astrología. Además, como señala Mateo, se tenía la certeza de que habían venido del Oriente aunque no los denomina reyes así como tampoco los evangelios apócrifos.
En los primeros siglos del cristianismo la navidad se celebraba el 6 de enero, día de la Epifanía, costumbre que ha mantenido la iglesia armenia. A mediados del siglo IV el papa Liberio cambió la fecha al 25 de diciembre. La razón del cambio de fecha se halla, según acuerdo de los investigadores, en que el 25 de diciembre comienza el solsticio de invierno y el Mesías era, simbólicamente, el nuevo Sol de la regeneración.
La Adoración de los Magos al Niño solo se menciona en el evangelio de Mateo. La historia refiere que los Magos de Oriente llegaron a Jerusalén buscando al rey de los judíos, cuyo nacimiento les había revelado una estrella. San Juan Crisóstomo  (s. III – IV a.C.) recogió el episodio como  una tradición antigua, según cuenta S. de la Vorágine en La Leyenda Dorada:  
“un grupo de astrólogos, dedicados a descubrir el futuro a través de las estrellas, acordaron nombrar una comisión formada por doce de ellos para que los miembros de la misma observasen permanentemente el cielo, hasta que descubriesen la aparición de la estrella de la que había hablado Balaam; si morían estos astrólogos, deberían ser reemplazados por algunos de sus hijos, y éstos por otros descendientes suyos. Todos los años, cada año en un mes distinto, siguiendo la ordenación de los meses en ciclo rotativo, subían los doce de la comisión al monte de la Victoria y permanecían en su cima durante tres días consecutivos haciendo abluciones y pidiendo a Dios que les mostrara la estrella cuya aparición había vaticinado el profeta. En una de aquellas ocasiones, precisamente el mismo día en que nació el Señor, cuando estaban entregados a estas prácticas de oración, vieron un astro que por encima del monte avanzaba hacia ellos, y quedaron sumamente sorprendidos al advertir que, al aproximarse al sitio en que se encontraban, la estrella se transformaba en la cara de un niño hermosísimo con una cruz brillante sobre su cabeza; su sorpresa fue aún mayor al oír que la estrella les hablaba y les decía: Id prontamente a la tierra de Judá; allí encontraréis ya nacido al Rey a quien buscáis. Los astrólogos, obedientes a este mandato, inmediatamente se pusieron en camino hacia el país que la misteriosa estrella les había indicado. El rey Herodes el Grande los convocó para interrogarlos, haciéndoles prometer que le avisarían cuando lo hubieran encontrado para ir también él a adorarlo. Después de haber oído al rey, se fueron, y la estrella que habían visto en Oriente les guiaba, hasta que vino a pararse encima del lugar donde estaba el Niño (...) y llegando a la casa, lo vieron con su madre y lo adoraron, y, abriendo sus cofres, le ofrecieron como dones oro, incienso y mirra. Advertidos en sueños de no volver a Herodes, se tornaron a su tierra por otro camino”.
Tan solo Mateo cita la adoración de los reyes pero no  cita sus nombres, ni su origen, ni el número ni ofrece referencias a la fecha en que ocurrió. Lucas solo escribe sobre la Anunciación. Sin embargo si  lo narran los evangelios apócrifos: la escena de la Adoración de los Reyes Magos se narra en el Protoevangelio de Santiago, Apócrifos de la Natividad , el Evangelio del Pseudo Mateo y el Evangelio Árabe de la Infancia: Apócrifos de la Infancia. El historiador judío Flavio Josefo tampoco lo menciona. Sin embargo, la historia que se mantuvo fue la primera, de modo que la Adoración se festeja poco después de la Navidad creándose una narración en días diferentes pero próximos.
Tampoco hubo unanimidad respecto a su número: en las representaciones más antiguas solo aparecían dos, más tarde cuatro y la iglesia siria supuso que eran doce como las doce tribus de Israel y los doce apóstoles. Ahora bien, si Mateo sólo dice que llegaron de Oriente unos magos, y que luego se marcharon hacia Belén, si indica que los regalos fueron oro, incienso y mirra, por lo que se acepta que fueran tres magos.
Sus nombres no fueron conocidos hasta el siglo VI. Por primera vez aparecen escritos en los mosaicos bizantinos de la iglesia de San Apolinar el Nuevo en Rávena: Baltassar, Melchior y Gaspar. El teólogo anglosajón Beda el Venerable (c. 672-735) escribió: “El primero de los magos fue Melchor, un anciano de larga cabellera blanca y luenga barba; fue el quien ofreció el oro, símbolo de la realeza divina. El segundo, llamado Gaspar, joven, imberbe, de tez blanca y rosada, honró a Jesús ofreciéndole incienso, símbolo de la divinidad. El tercero, llamado Baltasar, de tez morena mostró su reconocimiento ofreciéndole mirra, que significaba que el Hijo del hombre debía morir”
En el siglo IX que aparecieron citados en el Liber Pontificalis de Rávena como Gaspar rey de Arabia, Melchor rey de Persia y Baltasar rey de la India. Estos nombres perduraron en la piedad popular.  
Tras su peregrinaje a Belén, regresaron a Oriente por mar y la leyenda cuenta que al morir fueron enterrados en la capital del reino de Saba. Marco Polo en su Libro de las Maravillas aseguró haber visto sus tumbas en el país de los persas, protegidas bajo unas grandes y achatadas torres. Santa Elena, madre del emperador Constantino, creyó haber encontrado sus restos y los llevó a Constantinopla. Esta historia no se conoció antes del siglo XI, ya que fueron los clérigos milaneses quienes forjaron la leyenda de que un obispo, en su viaje a Bizancio, pidió sus restos al emperador para llevarlos a Milán. En el siglo XII el arzobispo de Colonia consiguió los restos y los depositó en un relicario de oro en la catedral levantada en honor de los tres reyes magos, en Colonia.
Su vestimenta varió con el tiempo: en el arte cristiano primitivo vestían el traje persa de los sacerdotes de Mitra, es decir, gorro frigio y naxyrides o pantalones. Así aparecen también en las pinturas de la iglesia lombarda de Santa María Foris Portas en Castelseprio, fechadas entre los siglos VIII – IX, y en los mosaicos de las iglesias de San Apolinar el Nuevo y San Vital, ambas en Rávena. Más adelante se les vistió con traje real y corona.
A partir del siglo XIII la iconografía simbólica los relacionó con las tres edades de la vida, y con las tres partes del mundo conocidas entonces. A Gaspar se le representó  como joven imberbe, a Baltasar como hombre maduro y a Melchor como anciano calvo y barba blanca, tal como los había descrito Beda. Asimismo se consideró que cada uno pertenecía a una parte del mundo.  Melchor procedía de Europa, Gaspar de Asia (tocado con turbante) y Baltasar, de piel oscura, de África. 
Lo invariable a lo largo del tiempo único son los tres regalos: oro, incienso y mirra. Los teólogos interpretan el oro sería un homenaje a la realeza de Jesús, el incienso a su divinidad y la mirra, que se utilizaba para embalsamar, simbolizaría su naturaleza humana. 
Se supone que cada uno de los magos fue informado de la natividad en su castillo, en su cámara de estudio, o en el monte donde estudiaban los astros, ignorando la revelación hecha a los otros dos, y aunque partieron de tres direcciones diferentes, se encontraron en un cruce de caminos cerca del Gólgota.
El cortejo, tras la adoración, se retiró a descansar a un mesón, siendo advertidos en sueños de las intenciones de Herodes, por lo que decidieron regresar a sus lugares de origen por otra ruta. 
Como es sabido San Juan de Duero nació bien como un pequeño monasterio o como una ermita extramuros de la ciudad construida cuando Soria pertenecía al reino aragonés, a mediados del siglo XII.
La iglesia consta de una sola nave con un solo ábside y se construyó con técnica sencilla de encofrado de mampostería en la nave y sillería en el ábside. Poco después de su construcción, el monasterio se entregó a la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, quienes realizaron importantes cambios  en la estructura de la iglesia y sus dependencias: construyeron el claustro de claras influencias islámicas y en la iglesia añadieron los dos templetes o baldaquinos de estructura cuadrada, cubiertos con cúpulas, El del lado del Evangelio se corona con una cúpula esférica, mientras que el de la Epístola lo hace por una cubierta cónica. Cuatro columnas, un solo capitel y basa ática  soportan los cuatro arcos de medio punto en donde  descarga la cúpula. Adosados a los muros cada uno de ellos tiene un altar. Se ha interpretado que estos servían para oficiar una sola misa al día en el mismo altar por la necesidad de culto de los monjes, derivada de la ritualidad mozárabe y oriental. que se vinculan con ritos litúrgicos del cristianismo oriental. Estas reformas se hicieron alrededor del año 1200.