JALÓN POR LA VEGA

Silvia Garrote

Periodista


El salto a la red

25/10/2020

Este país estaba muy lejos de la digitalización, aún lo está. Salvo honrosas excepciones, todos hemos ido un poco a matacaballo en esta ola digital, forzados por una situación descabellada, sin precedentes, a la que no se le ve el final. Rápidamente nos hemos tenido que acostumbrar a celebrar reuniones virtuales, a recibir clases online, a ver a los nuestros a través de las pantallas, a comunicarnos mediante mensajes, audios, vídeos, a subirnos a la nube. No ha sido paulatino, no nos hemos preparado, ha sido de golpe, y a golpe de click seguimos, haciendo muchas cosas por pura intuición. Pero como nunca hay mal que por bien no venga, ya hemos vislumbrado el futuro que nos espera. Teletrabajar, comunicarnos de forma virtual, reducir la presencia en el trabajo, en las reuniones familiares, contar nuestra vida a través de las redes, vender y comprar por Internet. Lo venidero ya está aquí, inexorable, y tratar de escapar es un poco inútil.
En otros artículos he hablado de una de mis obsesiones últimamente: la posibilidad de repoblar los territorios irrisoriamente poblados como este con personal cansado de la urbe que pueda teletrabajar y hacerlo de otra manera. Pero no podemos olvidar que esta realidad, de darse, no va a llevar aparejada una vuelta a los pueblos tal y como los tenemos en mente. Pongamos que se superan los hándicaps de la conectividad y de la acuciante falta de vivienda en el medio rural, aunque, paradójicamente sea donde más casas vacías hay. Ya tenemos conexión y tenemos casa. Y tenemos familias o personas solas, o parejas, o amigos o lo que sea con ganas y posibilidad de trabajar desde el pueblo a través del ordenador. Se trata de una nueva realidad social, diferente, con personas con formas distintas de ver la vida, acostumbrados a moverse, a seguir conectados a la ciudad, a un ocio audiovisual que nos mete en casa y que apenas varía estés donde estés, siempre que se tenga acceso a Internet. Porque lo virtual gana terreno cada día y copa muchas facetas de nuestra vida. Las comunidades se hacen en la red, entre personas afines. Se pierde presencialidad y se pierden también las relaciones entre vecinos de un mismo pueblo que ya no se necesitan como antes. 
Y en esta reflexión siempre me viene a la mente ‘La teoría sueca del amor’, ese documental que muestra cómo una sociedad en la que el estado se encarga de sostener económicamente a sus individuos va cayendo en el individualismo más feroz y la gente acaba muriendo sola, sin apenas contacto con los familiares, sin saber nada de los vecinos. Imagino que nuestra cultura, basada en las conexiones, nos impediría llegar a esos extremos; y también, admitámoslo, somos una sociedad más precaria que requiere de que nos echemos una mano los unos a los otros si es que queremos sobrevivir. Pero el individualismo gana terreno, en la ciudad y también en los pueblos, y lo hará más en el futuro cuando los ‘modos’ urbanitas se adopten en el medio rural. 
Admito que tengo curiosidad por esta nueva realidad que se avecina, un cambio social acelerado por este panorama distópico que habíamos visto en películas, pero que nunca imaginamos que se convertiría en verdad de una manera tan abrupta. ¿La red nos atrapará o nos salvará? Está por ver, pero lo veremos muy pronto.