JALÓN POR LA VEGA

Silvia Garrote

Periodista


Mochufa

20/02/2021

Nunca antes habían acertado tanto con un término como Santiago Lorenzo lo hace en su genial Los Asquerosos describiendo a ese grupo de gente con actitudes y aptitudes discutibles, pero fundamentalmente, invasivas y cargantes para el resto del mundo. Quedaría muy bien si dijera que todos somos mochufa en algún momento, pero les mentiría vilmente, porque pienso que los hay mucho más mochuferos. Imagino que el calificativo en cuestión cada cuál se lo lleva a su terreno. En el mío están los indignadísimos por todo, los apocalípticos y, especialmente, los que asumen como normal esta sociedad infantilizada que, por alguna razón, nos ha tocado vivir. 
Recuerdo mis vivencias de cría, y más recientes las de mi hijo, cuando todo era una broma y todo era un drama, en la misma proporción. Lo mismo nos pasa hoy en día. El uso perverso de las redes sociales acrecienta esta infantilización de la sociedad que se mueve por impulsos de Twitter, que se olvida de la reflexión, de los datos contrastados, de las comparativas. Muchos de los que hoy se llevan las manos a la cabeza por las ‘barbaridades’ que lanza un rapero graban a sus hijas bailecitos absurdos en Tik Tok al ritmo de canciones que animan al acoso y al maltrato a las mujeres. Y a los que hemos vivido la época de la Polla Récords nos entra la risa floja. Con todo, el problema real radica en que somos incapaces de entender que las palabras importan, pero el contexto, mucho más y que si alguien canta una canción del tipo que sea, aunque sea abominable y de un mal gusto tremendo, no deja de ser una canción. Hablo del plano artístico, de ese en el que la libertad es fundamental porque si no, no sería arte. Luego ya está Twitter, ese cajón desastre en el que la mochufa y no mochufa descarga su ira, su hartura, su odio hacia personajes o personas a los que no se conoce; donde todo el mundo se tira los trastos a la cabeza, donde se habla con ironía inteligente o con estupidez supina, donde la impunidad reina… Por eso llama la atención que el peso de la ley cargue contra unos y no contra otros, en un desequilibrio peligroso, y más en un momento en el que tenemos poco aguante. 
La mochufa indignada está que trina, y es incapaz de distinguir un contexto irónico, artístico, de entretenimiento de un peligro real, del tipo que sea. Y lo peor es que el miedo a despertar indignación se convierte en autocensura, de cómicos, de escritores, de periodistas, de políticos. Así, vamos conformando una sociedad aniñada, en la que todo es muy serio y muy indignante durante cinco minutos, y luego ya pasamos a otro tema, restándole toda importancia. En este contexto tan prometedor no es sorpresa que uno de los programas de televisión más vistos y comentados sea el de una panda de jóvenes y jóvenas a los que encierran en sendas islas paradisiacas separados por géneros y el quid es saber cuánto aguantan sin caer en la tentación de los ganchos que les colocan en forma de buenorros o buenorras con artes seductoras de parvulario.  Los espectadores se ríen de sus llantos y actitudes de quinceañeros, pero el tema es más serio de lo que parece, porque nos habla de la muestra de una generación que tiene totalmente disociada la edad real y la edad mental. No deja de ser un ejemplo, quizá un poco cómico y un poco trágico, de lo que nos ocurre.
Nos tratan como a niños y la mochufa se indigna por ello. Quizá no les quede otra que enfadarse dejando de respirar. Quizá nos merecemos todo lo que nos pasa. 



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