VERDADES ARRIESGADAS

Víctor Arribas

Periodista


Puñado de fanáticos

Las sectas no admiten medias tintas. O se está con ellas en cuerpo y alma, sin tibiezas ni dudas razonables, o se pone en marcha una gran operación de intoxicación y descrédito en contra de quien las contradice. Eso le está pasando a la cruzada mundial radical contra el cambio climático, cuyos máximos representantes van a echar de menos la lucha cuando se logre revertir esta desviación inadecuada del planeta, cosa que con total seguridad se logrará con unas cuantas decisiones restrictivas bien publicitadas. La primera semana de la cumbre climática, a falta de acuerdos y de conclusiones que el público de a pie pueda ver y valorar, ha dejado una expresión totalmente inapropiada del anfitrión de este evento planetario, en la que descalifica a una parte de la sociedad por tener dudas respecto a los dogmas del discurso de la emergencia climática. Defender una tesis, por muy mayoritaria e indiscutible que sea, llamando “puñado de fanáticos” a quienes no están convencidos de su veracidad, resulta lamentable. Si además se hace desde el púlpito de un gobierno, que debe amparar y proteger todas las opiniones y las posiciones en cualquier tipo de debate público, la expresión es una ruindad.

Para quien pronunció esas palabras, el presidente español en eternas funciones, son fanáticos los que piensan distinto a él. No son fanáticos en cambio los que se rieron a carcajadas de todos los españoles al jurar o prometer de manera insultante su lealtad a la Constitución, de la que emanan sus cargos y sus sueldos, en la sesión constitutiva de las Cortes el pasado martes. Su proceder nada fanático y su grado de rechazo a todos los ciudadanos que no están de acuerdo con sus ideas les convierten en moderados actores de un momento plácido y estable de la historia política de nuestra democracia. Actores que, para más sorna, serán el sustento del gobierno que quiere formar el anfitrión de la cumbre climática, el repartidor de fanatismos según a él le guste o no el pensamiento de los demás. Los fanáticos no son, por descontado, aquellos a los que él ha otorgado el título de negociadores del futuro de España, y a quienes ha regalado la consideración de conflicto político para lo que no es más que una intentona golpista ya sentenciada por sedición y malversación en los tribunales. Ahí no se atisba grado alguno de fanatismo. El Congreso de no fanáticos que ha alumbrado la España del presidente-candidato es el reflejo de su propia alma política, la mayor fábrica de ultras a ambos lados del espectro ideológico que se recuerda desde la Transición.