COLABORACIÓN

Fernando Lussón

Periodista


Parálisis catalana

20/04/2021

Centrada la atención de la política nacional en el desarrollo de la campaña de las elecciones autonómicas de Madrid, el tiempo corre en Cataluña sin que se avizore el acuerdo para la constitución del Govern y en consecuencia que los partidos catalanes comiencen a abordar los problemas de sus ciudadanos.  Han pasado ya más de dos meses de la celebración de las elecciones y tres semanas desde que Pere Aragonés fuera obligado a pasar por las horcas caudinas de JxCat que no le apoyó con sus votos, por dos veces, para lograr la investidura.  

El tiempo corre con el horizonte del 26 de mayo, fecha en la que si no ha habido acuerdo se tendrán que celebrar nuevas elecciones. No parece que los partidos independentistas sean capaces de pegarse ese tiro en el pie por lo que los escarceos y zancadillas terminarán por acordar el Govern. Sin el foco puesto sobre sus negociaciones, que les facilita un ambiente de sosiego para hablar, no parece que JxCat esté dispuesto a adelantar el acuerdo. Dos meses de paréntesis en un país que aspira a lograr la independencia no es nada. Pero los catalanes que están a la espera de que se resuelvan sus problemas tienen otra medida del tiempo.  

La ausencia de un Govern que pueda ser interlocutor del Gobierno central va en detrimento de sus propios intereses en un momento en el que está en el aire el reparto de los fondos de recuperación europeos mediante la presentación de los proyectos que optan a esa financiación para enfocar el desarrollo por la vía de las energías renovables y la transición ecológica. Sin embargo, la negociación entre ERC y el partido de Carles Puigdemont sigue empantanada en dos extremos que pueden originar un choque frontal. Por una parte, está todo lo relacionado con el ‘procés’ y las relaciones con el Gobierno central y la unidad de acción en el Congreso; y por otra, por los asuntos económicos, porque no se olvide que JxCat sigue siendo el partido de la derecha independentista y sus intereses en materia económica están distantes de los que preconizan ERC y la CUP, que ya tienen sellado el pacto de investidura. Por ese motivo un acuerdo con JxCAT puede chocar con lo ya pactado con los antisistema y las negociaciones pueden volver a la casilla de salida, porque sus votos son imprescindibles para la investidura de un presidente independentista.  

El huido en Waterloo quiere ser el perejil de todas las salsas, está dispuesto a hacer descarrilar la mesa de negociación entre Pere Aragonès y Pedro Sánchez –empeño en el que no se encuentra solo- y, a través de Laura Borrás, el Parlament dejará de ser un dique de contención en el que no se van a frenar las iniciativas que supongan una confrontación para convertirse en un nuevo ariete que acentúe las posiciones victimistas en el momento en el que entren en juego los jueces o el Tribunal Constitucional.  

El pacto que no llega y que tiene a Cataluña paralizada, sin duda acabará por firmarse, pero lejos de tratarse de una estación Término, será el punto de partida de una convivencia que no será nada fácil y que corre el riesgo de imitar el fracaso de Quim Torra, el continuo enfrentamiento entre dos socios de gobierno que no se soportan, mientras que el resto de partidos asisten como convidados de piedra a sus enfrentamientos sin posibilidad de entrar en juego.      



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