SIN RED

Loli Escribano

Periodista


'Dolce far niente'

02/04/2021

Los italianos lo tienen muy claro. El dolce far niente es el placer de no hacer nada. Ahora que disponemos de unos días de descanso con restricciones, sin libertades, ni procesiones, ni grandes viajes, ni arena de playa; podemos aprovechar para probar en nuestras carnes ese dolce far niente que suena tan bien. Advertencia: no confundir con los días de recogimiento que antaño se identificaban con la Semana Santa. Solo hay que dejarse llevar por el gusto de la inacción. No es fácil, porque no estamos acostumbrados. De hecho hay personas que ni siquiera saben estar solas. Si se quedan en casa sin compañía necesitan poner la tele o la radio o el móvil. Cualquier aparato sirve con tal de que emita el ruido necesario para apagar la voz del pensamiento. Escapamos del dolce far niente y de la soledad porque tenemos miedo de nosotros mismos, porque sabemos que hay pensamientos, recuerdos, obligaciones o actitudes de los que queremos escapar, porque no nos gustan. Por eso necesitamos estar siempre ocupados, para no encontrarnos con nosotros mismos en cualquier rincón de la casa o de la calle o del trabajo. Cuántas veces ponemos como excusa ese «no tengo tiempo»  para lo que sea, cuando lo cierto es que nos buscamos mil y una actividades para ocupar ese tiempo evitando que quede libre. Nos hemos acostumbrado o nos han inducido a pensar que si no haces nada estás perdiendo el tiempo. Como si descansar, sin más pretensiones, no fuera una maravillosa actividad reconfortante y gratificante. Que vuelves de vacaciones y casi tienes que inventar que has estado en plan Indiana Jones, porque si reconoces que no has hecho nada, te miran como si fueras de otro planeta.
El año pasado con el confinamiento ya se evidenció que éramos incapaces de llevar a la práctica el arte del dolce far niente. Hasta salíamos a las ocho a las ventanas más que a agradecer la labor de los sanitarios, a ocupar unos minutillos y evitar así enfrentarnos a la vida desocupada. Se identifica el no hacer nada con el aburrimiento. Nos han educado con la máxima del trabajo dignifica y  con la consigna de que una persona desocupada es un vago o un maleante. Al margen de la dignidad laboral y la moral de los menos activos; reivindico la práctica de ese goce de no hacer nada. Al menos hasta que la pandemia nos devuelva nuestras libertades y derechos básicos. Aunque confío que para entonces ese no hacer nada se haya convertido en un hábito que mantengamos, porque, como la propia expresión italiana lo dice en su sentido literal, es dulce no hacer nada. 
Para los que no estén convencidos de esta opción vacacional, disponen de las alternativas clásicas: hacer torrijas, beber limonada, ver procesiones por Youtube o las películas de siempre, Los diez mandamientos, Ben-Hur o Espartaco.



Las más vistas

Opinión

Demonios

Ahora que Pablo Iglesias se ha retirado de la política, habrá que buscar otro capacillo para meter las hostias y yo propongo a uno que habla como un candidato de Podemos desde que tomó posesión como Presidente de los Estados Unidos: Joe Biden