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Jesús de Lózar

Jesús de Lózar


Liebres

10/07/2021

Desollaba mi madre en la ventana de la cocina las liebres que cazaba el abuelo. También las que traía su hermano muertas debajo del taxi, deslumbradas y asustadas con los faros. Mi madre estaba siempre dispuesta a limpiarlas, sin asco ni repelús. Y luego, a la cazuela. Liebres, perdices, codornices. De nueve en edad de merecer, cuatro eran cazadores en mi familia, la mitad. En temporada era habitual que vinieran los de Bilbao a cazar al pueblo. Incluso  se montó un Centro de Turismo Rural con el nombre de El Safari, que todavía conserva.
Nunca fui de caza con mi abuelo ni con ningún tío. Era cosa de mayores. Y así debe de seguir siendo. La única vez que he ido de caza y por supuesto sin escopeta ha sido con Evelio a Quintana Redonda, muchos años después de que con fama de furtivo fuera miembro en los ochenta del Consejo Provincial de Caza, pese a las reticencias de los Bujarrabal y Melendo de turno. Eso sí que era participación en un Consejo Sectorial. Y como se dice ahora, fomentar de verdad el diálogo basado en la escucha y la opinión de los expertos. 
Levantarse muy temprano para no perder el tren. Las brumas de la mañana. Otro viaje de ayer por la tierra castellana -¡pinos del amanecer entre Almazán y Quintana!-. No vi, no vimos, ningún jabalí. Supongo que como en otras jornadas de caza lo más importante y ese día lo exclusivo fue el almuerzo. Que te sabe a gloria. Lo más cerca que he estado en mi vida de un jabalí ha sido en un accidente al atardecer en la carretera de Cabrejas del Pinar, Lucifer embistiendo con los pelos erizados y los dientes como garfias. Y un domingo por la mañana en el monte Valonsadero, frente a Losán.
La caza representa en nuestro país el 0,3% del PIB, un gasto de 6.475 millones de euros, el mantenimiento de 186.000 empleos y un retorno fiscal de 614 millones, según el Informe de Resultados de 2016 de la Evaluación del impacto económico y social de la caza en España elaborado por la Fundación Artemisan en colaboración con Deloitte publicado en 2018. El 87% de todo el territorio nacional está declarado como aprovechamiento cinegético: 44 millones de hectáreas repartidas en 32.817 cotos. El de mayor extensión, Castilla y León, seguido de Castilla-La Mancha y Andalucía. Cazadores, rehaleros, titulares de cotos, técnicos facultativos, vigilantes, organizadores de cacerías. La actividad cinegética abarca múltiples agentes. Una idea aproximada de su importancia es que en 2015 había 713.139 licencias en España.
Desde hace tiempo hay granjas de perdices en Fuentecantos y San Esteban de Gormaz. Hace unos pocos años se instaló La Rinconada en Almarza, la primera empresa en nuestra región de aprovechamiento y transformación de carnes de caza, de ciervo, corzo y jabalí. Desde hace unos meses funciona en Vinuesa el Centro de Servicios El Quintanarejo en la Reserva Regional de Caza de Urbión con sala de exposición y proyección, alojamiento rural, sala de catas, tienda y recepción y procesado de caza. Y se acaba de aprobar la Ley de Caza de la Comunidad. 
Desde Alicante: Mi hermano me pregunta por la caza de codornices en Soria. Él es cazador. Un amigo suyo querría ir a cazar codornices en agosto por tu tierra. Se irían juntos. Naturaleza, animales, cotos, cazadores, partidas, carnes, servicios, alojamientos, restaurantes. Lo tenemos todo. O casi todo. Hay que definir y aprovechar este recurso como producto turístico y gastronómico.