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Ignacio Fernández

Ignacio Fernández

Periodista


Cines

03/11/2022

Ahora que acaba de terminar Seminci, permitan que haga un alto en el camino para recordarles que los cines están pasándolas canutas. Las cifras de espectadores siguen en caída libre, la recaudación, la mitad que antes de la pandemia, salas cerrando y las que no lo hacen, intentando renegociar costes, especialmente alquileres, y probando fórmulas comerciales como los Días del Cine, que no resuelven el mal de fondo pero algo hacen.
Les confieso que soy poco dado a estimular nostalgias del pasado, sobre todo porque lo que hoy es pretérito algún día había sido futuro y el tiempo, que todo lo pone en perspectiva, suele ajusticiar adelantos que hacen que las sociedades avancen. Las plataformas digitales, el confort del hogar, la carestía de los precios y la comida a domicilio están mutando el ocio de los nuevos consumidores y los menos nuevos tienden a copiar esas modas. La gente ve una película en casa y pide «sushi» a domicilio en lugar de sentarse en una butaca y comer palomitas. Si la película te aburre, la paras y buscas otra y si tu vecino te anda haciendo de menos porque no has visto esa serie que todo el mundo ve, en el cine no la ponen y el lunes tienes que llevarla vista al trabajo.
Dicho lo cual, la exhibición cinematográfica es una modalidad de ocio que hay que proteger y apoyar: lo mismo que llevamos muy a gala la protección del teatro o del circo, el apoyo económico a la producción de películas incluso, es menester debatir sobre cómo reconducir las salas de cine y qué tipo de apoyos son útiles y convenientes.
Nos lo debemos a nosotros mismos como sociedad culturalmente ambiciosa y como civilización de la imagen, sustancialmente distinta si ésta es proyectada en lugar de retransmitida. Hay que forjar ya un plan de apoyo a la exhibición en salas de cine poniendo carne en el asador e imaginación al máximo. Empezando por la escuela. Antes de que sea demasiado tarde.