La huella de Maximino Peña en el Museo Numantino

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El centro siempre ha mantenido su interés por adquirir y conservar obras de uno de los pintores sorianos de mayor prestigio, nacido en 1863 en Salduero

La huella de Maximino Peña en el Museo Numantino

Maximino Peña Muñoz nació el 29 de mayo de 1863 en Salduero. En esas fechas esta y otras zonas de la provincia  habían perdido la prosperidad económica que antes obtenían de la lana y la madera.  Entre los años 1840 y 1890 la población se vio reducida a la mitad. Cuando Maximino Peña cumple los 13 años emprende un viaje a Argentina siguiendo a  familiares que ya habían emigrado allí buscando un futuro. En 1879  regresó a España para ingresar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando.
En esas  fechas Eduardo Rosales y Mariano Fortuny,  entre otros, alcanzan notoriedad en el panorama artístico español y europeo. Maximino Peña compagina su formación en la Academia con la del Círculo de Bellas Artes, instituciones  muy diferentes,  pero que resultarían ser complementarias en la formación de pintor soriano. En 1883 accedió a una beca otorgada por la Diputación Provincial de Soria para realizar una serie de dibujos  que se publicarían en Recuerdo de Soria. Esta colaboración inicial se prolongaría en el tiempo hasta 1906.
En 1875 la Academia de Bellas Artes abrió una sede en Italia y M. Peña es uno de los pensionados, durante tres años, coincidiendo allí con José Benlliure y Joaquín Sorolla. En la Exposición Nacional de 1887 obtuvo la tercera medalla. El tiempo que permanecían en Italia servía para preparar la obra que presentarían a  bienales y suponía la conclusión de los estudios. A su vuelta fijó su residencia en Madrid atendiendo a distintos encargos particulares y  proyectos decorativos mientras seguía vinculado al Círculo de Bellas Artes del que llegó  a formar parte de su Junta Directiva. 
La huella de Maximino Peña en el Museo NumantinoLa huella de Maximino Peña en el Museo Numantino - Foto: En 1895 obtuvo la medalla de segunda clase en la Exposición Nacional de Bellas Artes en un momento en el que profundizaba en la pintura de temas costumbristas y  paisajistas. Entre 1904 y 1909 formó parte del equipo de artes plásticas del Ateneo madrileño, presidido por Joaquín Sorolla y Aureliano Beruete. El Ateneo era un lugar de encuentro y debate de todos aquellos temas que podían constituir una preocupación y responder al interés de los intelectuales que acudían a él; los temas eran muy variados: ciencias, política, arte… 
Siempre vinculado a Soria (en 1889 había comprado su casa natal de Salduero), organizó en 1904, conjuntamente con Hilario Ayuso, la Exposición Provincial de Soria colaborando con ilustraciones que había creado para Soria y su tierra. 
Con motivo de la exposición que realizó en 1909 en la Sala Vilches de Madrid recibió importantes críticas de El imparcial y La Ilustración Española y Americana destacándose en ambos medios que Peña ya es una personalidad artística completa, definida y propia. Elogian sobre todo los retratos y sus obras con técnica de pintura con pastel. 
A partir de esa fecha comienza a ser invitado para exponer colectivamente en distintos lugares, como la Habana, en donde expuso su obra junto Sorolla, Muñoz Degrain y Benlliure; en 1910 en  Buenos Aires, en 1913  en Munich, en 1914  en Brighton y  en 1919 en el Petit Palais parisino, todo ello sin perder la perspectiva de seguir participando en bienales de Bellas Artes, Salones de Otoño y otras  exposiciones nacionales  e internacionales. La maestría demostrada en la técnica de pintura con pastel se verá premiada mediante el reconocimiento como uno de los mayores especialistas de España en esta técnica aunque no deba olvidarse la calidad de su pintura al óleo.. Mientras preparaba una exposición individual para la Sala Cano, falleció el 23 de septiembre de 1940 en su domicilio de Madrid. 
En el dibujo a carboncillo del El labrador pude observarse el tratamiento de las luces propio de la técnica del pastel en el que es el carboncillo el que marca las distintas durezas y texturas del tratamiento que impregna la piel y que modela con maestría en base los claroscuros. Es una imagen, una escena  congelada en la que se aprecia el movimiento.
Es un tema costumbrista o más que eso.  Está tratado de un modo natural: el campesino está dibujado en esa aparente conversación que mantiene con un personaje que no está en la escena, sin añadidos, con un gesto que seguramente se ha visto tantas veces después de la labor del campo posterior a la siega. La hoz descansa sobre su hombro y se inclina hacia su frente para responder o participar en una, aparente, acalorada discusión. La camisa holgada con sus mangas arremangadas, el pelo despeinado, indican la fatiga del trabajo en el campo. La  mirada transmite en un solo gesto la vida del labrador en ese preciso momento.
El Museo Numantino siempre ha mantenido una preocupación por adquirir y conservar obras de uno de los pintores sorianos de mayor prestigio. Entre los más conocidos, forman parte de la colección permanente del Museo Numantino Retrato de Alfonso XIII, Ramón Benito Aceña y La campesina, todos ellos en técnica de pintura al óleo; tres retratos a pastel; El labrador, realizado a carboncillo; y un dibujo a pluma que servirá de preparación para el cuadro El bibliófilo.