Editorial

Queda mucho trabajo para alargar los microempleos

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Aunque su número cada día es menor, seguro que todavía quedan trabajadores que, si tuvieran que hacer su currículum, a los datos personales solo añadirían el nombre de una empresa, a la que han dedicado medio siglo de vida y de labor. Hasta hace unas décadas, era habitual entrar de aprendiz, pinche, subalterno, ayudante o becario con apenas 14 o 15 años y jubilarse con el mismo logotipo en el buzo, en la bata o en la carpeta. Eso es hoy una excepción en el trabajo por cuenta ajena, una práctica en extinción. 
Tiempos modernos. Tiempos cambiantes. Tanto, que lo que se ha impuesto en los últimos lustros, multiplicado por la profunda crisis económica que se presentó en 2008 y que a buen seguro se incrementará con la que ha traído la covid-19, es el microempleo. O lo que es lo mismo, ocupaciones que no superan la semana de duración.
En este extremo del mercado laboral transitan en temporalidad breve, y con frecuencia en precariedad y con bajos salarios, unos 52.000 empleos, más de un tercio de los contratos firmados cada año en Burgos. Y otro 27 por ciento no supera los tres meses.
Este es el preocupante panorama que refleja un informe referido a 2019 del Observatorio de Ocupaciones del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE). La hostelería, la cultura y los espectáculos capitanean esta fragilidad laboral, que alcanza con fuerza también al comercio y a la industria manufacturera. La mayoría de estas contrataciones se llevan a cabo a través de empresas de trabajo temporal (ETT).
Con este retrato cronificado -y todo indica que irá a más- no es de extrañar que los organismos económicos internacionales reiteren en los últimos años a los distintos gobiernos de España la petición de cambios estructurales en sus sistemas productivos para ganar en solidez como país, y también sus empresas y sus trabajadores. ¿Pero qué cambios estructurales concretos, posibles y asumibles? Esa es una de las claves a desentrañar y a ejecutar. Potenciar iniciativas más sostenibles (energías limpias, coches eléctricos...) resulta imprescindible, pero se ha de conseguir que sean rentables, si no a corto plazo, sí a medio y largo plazo.
El continuo cambio de empleo, si bien amplía la formación práctica de los trabajadores, conlleva una inseguridad, una incertidumbre y una debilidad económica que impiden a mujeres y hombres plantearse otros objetivos vitales: comprarse un coche, un piso, tener hijos... Efectos secundarios de carácter personal que afectan a la situación general de la provincia y del país. Mejor cualificación profesional, buenas comunicaciones, empuje político, iniciativas originales y paz social ayudan a encontrar caminos de más larga duración. Por ahí hay que trabajar duro todos los días.



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