SOPA DE GUINDILLAS

José Luis Bravo

Periodista


La utilidad del miedo

Antes de que usted, amigo lector, incurra en la tentación de  considerar que el autor de estas líneas, padece alguna tara mental  próxima a la paranoia, le pondré en antecedentes para desmentir cualquier síntoma que me aproxime a la consulta de un psiquiatra. Como mucho admito que empiezo a madurara la idea de que los complots existen y lo mismo afectan a un pueblecito, que a un país o a todo el orbe según los casos.
Nunca terminé de ver claro que cuando más limpia era la gente proliferaran los piojos, ni que las guerras respondan a un cabreo monumental de un país con el de al lado o, lo que es peor, con sus vecinos más próximos porque creen en un dios distinto. Siempre he sospechado de las farmacéuticas que necesitan vender la loción contra esos asquerosos bichejos, o contra epidemias como la gripe aviar aquella que, afortunadamente no era lo que decían pero la empresa pastillera de turno se forró a cuenta de las vacunas. Las refriegas bélicas son más importantes para los fabricantes de armas que para lo que soldados a los que se les ha lavado el cerebro para que se lo dejen desparramado en cualquier inmunda trinchera.
Pero aún hay conspiraciones peores. La más malévola en estos momentos, porque afecta a todos, es la del miedo. En ella los periodistas somos el instrumento para asustar al personal con declaraciones espeluznantes, sobre todo de políticos que nos usan, para dar difusión a su interesada visión apocalíptica del mundo, del país o de nuestra provincia. El caso más evidente son las citas textuales de los que creen que Sánchez nos llevará a la ruina y los que aseguran que Casado y Abascal darán con nuestros huesos en las cavernas. Es una estrategia y da resultado. Bueno, da el resultado que se pretende cuando hay que votar. Lo malo es que, entretanto nos pasamos la vida más cabreados que uno del Madrid cuando le pitan un penalti.
En Soria, sin embargo, tenemos, como en tantas cosas, una especie de hecho diferencial. No hace falta que nos anuncien el fin del mundo. Nos los ponen a huevo para que lo creamos a pies juntillas con los datos del padrón que anuncian nuestro despoblamiento y la retahíla humillante de carencias de todo tipo. Es cierto, no obstante, que los frentes partidistas que, como en todas partes se han abierto en nuestro terruño, alientan cada uno a su manera, la visión catastrófica de la gestión del de enfrente que nos llevará a un desierto infernal. La culpa, al final, la tenemos los plumillas porque, aunque criticamos los compromisos incumplidos, no recordamos las profecías fatalistas que se diluyeron en la nada. Que son muchas.