Editorial

España se prepara para las cuartas elecciones en los últimos 4 años

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El rey Felipe VI firmará este lunes el decreto de la disolución de las Cortes Generales después de que ni Pedro Sánchez, ganador de las elecciones del pasado 28 de abril, ni ningún otro líder político haya obtenido los apoyos suficientes en el Congreso de los Diputados para ser investido. El 10 de noviembre los españoles estamos llamados a las urnas, la cuarta vez en cuatro años. Tan sólo la Grecia intervenida de los años duros de la crisis, puede ‘presumir’ de igual número de convocatorias. España no es Italia. Una pena. En el país alpino el Partido Democrático de la izquierda y el Movimiento 5 Estrellas, rivales hasta hace pocas semanas lograron formar gobierno. Giuseppe Conte sigue siendo el primer ministro. Y el ultraderechista Matteo Salvini, ministro del Interior, quien precipitó una crisis política en agosto pensando que se convocarían elecciones ha acabado fuera del Ejecutivo.
En España que liberales y socialistas se pongan de acuerdo para formar gobierno es imposible. En Europa no lo entienden y los españoles tampoco. No es cuestión de ideologías, sino más bien de ‘química’ política.  Albert Rivera no traga a Pedro Sánchez y viceversa. Tanto monta, monta tanto. Las malas relaciones no se circunscriben sólo a Rivera y Sánchez. Gracias al presidente del Gobierno en funciones sabemos que Iglesias es un «dogmático», Rivera un «rresponsable» y Casado «no tiene sentido de Estado». Por Iglesias nos hemos enterado que Sánchez es «un mentiroso» y por Rivera que es «un problema para España».
Pero el problema de España es la falta de liderazgo político que demuestran a diario los principales protagonistas de la España que renegó del bipartidismo. Durante los últimos cinco meses nos han bombardeado con que no existe una mayoría que sume. Pues no es verdad. Partido Socialista y Ciudadanos suman 180 diputados -cuatro por encima de la mayoría absoluta- y un tripartito PSOE, Cs y PP hubiera alcanzado la friolera de 246 diputados. Así las cosas hubiera sido más que recomendable que los tres principales partidos constitucionalistas se hubieran unido para hacer la reformas que España necesita y que requieren, para su aprobación, más que  una mayoría absoluta.
Así se podría haber abordado la reforma de la Ley Electoral para impedir el bloqueo político o que el partido más votado esté al albur de los nacionalistas vascos y catalanes o que un partido con más votos que otro en el conjunto del país tenga menos diputados por el mero hecho de no tenerlos concentrados en tres o cuatro circunscripciones. Esta legislatura ya agotada habría sido el momento para abordar la reforma de la Constitución o de la financiación autonómica. Pero no ha sido posible por falta de altura política. De pena.


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