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José Luis Bravo

SOPA DE GUINDILLAS

José Luis Bravo

Periodista


Festejo herido de muerte

18/11/2022

Lo menos han pasado cuarenta años desde que asistí por primera vez a la celebración del Toro Jubilo en Medinaceli. Andaba yo en la veintena y estaba entregado, en cuerpo y alma, a la contemplación, estudio y defensa de tradiciones, patrimonio y naturaleza de la tierra que me vio nacer y en la que decidí quedarme despreciando oportunidades, quien sabe si más lucrativas pero posiblemente mucho menos satisfactorias. Me impresionó, lo reconozco, la estela de fuego que dejaban las bolas ardientes sobre la cabeza del toro en la negra y heladora noche ocilitana, o medinense, como se dice ahora. Desde entonces a esta parte he tenido ocasión y obligación de acudir a esta hermosa villa para cubrir la información y reconozco que, a pesar de que mi ánimo tendía a la defensa del festejo, este año me he pasado al enemigo. Pensarán sin duda que es por las dramáticas imágenes de la muerte del morlaco en la plaza del pueblo, cosa insólita pero no improbable a la vista del estrés a que se somete al animal, aunque no se queme, pero que puja por huir de sí mismo porque el fuego espanta, por naturaleza, a todos los seres vivos, sobre todo lo llevan anclado sobre su testud.
Todo ocurrió para divertimento de los visitantes que abarrotan la Plaza Mayor. Pero creo, sinceramente, que el 2022 es el principio del fin para este rito que tiene una raíz cultural indiscutible pero no para los ciudadanos actuales que, por lo visto, ni saben ni entienden el porqué de este festejo decididamente hostil y cruel con el pobre animal que, hasta hace poco, podía presumir que era el único de entre todas las celebraciones taurinas que no acababa en el matadero una ver acabada la celebración. Esta vez ni siquiera hicieron falta matarifes.
El Toro Jubilo no va a desaparecer por la presión de PACMA u otros movimientos 'animalistas' que con su foco fijado en otros seres vivos de la meseta no caen en la cuenta de que, en esta provincia se están sustituyendo los niños por mascotas, perros sobre todo, a los que sólo falta bautizar y que hagan la primera comunión. No va a dejar de tener interés por presiones externas, de las que muchos ocilitanos se defenderán como gato panza arriba. Es su tradición. Pero, ¿conocen el porqué de la misma o simplemente se dejan llevar por una costumbre que se inició quizá como rito de antiguas religiones de las que ya no queda rastro en la memoria colectiva? Es, en definitiva, una inercia costumbrista que encaja mal en los tiempos que corren. Se podrá decir que los foráneos no tienen que interferir en las viejas tradiciones pero la balanza se está inclinando de un lado y como El Toro de la Vega, queda poco para que pase a la historia.