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Un desafío muy lejano

Agencias-SPC
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El reconocimiento de la independencia de Donetsk y Lugansk es solo un capítulo más en el pulso que Rusia mantiene con Occidente y que ya se vivió en 2008 en su guerra con Georgia

Las tropas rusas se desplegaron para ayudar a los secesionistas. - Foto: MIKHAIL METZEL

Vladimir Putin lleva más de dos décadas al frente de Rusia y, en ese tiempo, ha mostrado que no le tiembla el pulso a la hora de tomar decisiones controvertidas. De hecho, en los últimos años, sus actuaciones le han hecho ganarse diversas sanciones de la comunidad internacional por su anexión de la península de Crimea (2014) o por las sospechas de que el Kremlin estuvo detrás del envenenamiento del opositor Alexei Navalni (2020). El nuevo paquete de multas acaba de llegar, tras el reconocimiento de Moscú a la autoproclamada independencia de Donetsk y Lugansk.

Este último movimiento, sin embargo, no es algo nuevo, sino que es una repetición de algo que ya se vivió hace casi 14 años al otro lado de la frontera. Y es que el pulso de Putin con Ucrania recuerda al que tuvo con Georgia en 2008, que comenzó de manera similar: con el reconocimiento de la independencia de las secesionistas Osetia del Sur y Abjasia después de que sus tropas expulsaran al Ejército nacional. 

En aquel episodio, que se produjo cuando el Gobierno de Tiflis había mostrado ya su deseo de adherirse a la Alianza Atlántica -al igual que ahora Ucrania-, se produjo un breve y cruento enfrentamiento entre las tropas rusas, que se unieron a las fuerzas surosetias, y las georgianas, después de que este atacara Osetia del Sur con el propósito de recuperar la soberanía sobre su territorio.

Autonomía rechazada

Osetia del Sur (55.000 habitantes) y Abjasia (245.000 habitantes) están situadas al norte de Georgia en la frontera con Rusia. Tras la desintegración de la URSS, ambas regiones rechazaron integrarse en la nueva nación y proclamaron su autonomía, que no fue aceptada por Tiflis.

La creciente tensión desembocó en sendos conflictos armados: el primero se desarrolló entre 1990 y 1991 y se saldó con 2.000 muertos y el segundo, entre 1992 y 1993, costó más de 10.000 vidas y el éxodo de 300.000 personas. Tanto en uno como en el otro caso, los separatistas contaron con el apoyo de Moscú.

En 1992, un pacto entre el líder georgiano, Eduard Shevardnadze, y el presidente ruso, Boris Yeltsin, puso fin a las hostilidades en Osetia del Sur y sancionó la creación de una fuerza de paz. En el caso de Abjasia, el acuerdo de paz se firmó en mayo de 1994. Sin embargo, en la práctica ambas se mantuvieron independientes y fueron erigiendo las estructuras de un Estado, Ejército incluido, con el respaldo, más o menos tácito, de Rusia.

Al llegar en 2004 al poder en Georgia, Mijail Saakashvili se marcó como objetivo recuperar la soberanía sobre los territorios separatistas y promover el ingreso de su país en la OTAN.

Coincidiendo con su reelección en 2008 convocó un referéndum sobre la adhesión del país a la organización militar, en el que el 72,5 por ciento de los votantes se pronunciaron a favor. Serguei Lavrov, entonces y ahora ministro de Exteriores ruso, afirmó tras la consulta que sería «un juego muy peligroso si las autoridades de Georgia consiguen el respaldo de la OTAN y deciden resolver por la fuerza el problema de los conflictos abjaso y suroseta».

Cinco días de conflicto

En la noche del 7 al 8 de agosto de 2008, tropas georgianas atacaron Tsjinval, capital de Osetia del Sur, y otras localidades. Sin embargo, la intervención de fuerzas militares rusas en apoyo de las milicias surosetas obligó a retirarse a los georgianos, en un conflicto que se prolongó durante cinco días y que causó más de 600 muertos. Dos semanas después Rusia reconoció la independencia de Osetia del Sur y Abjasia, rechazada por Estados Unidos y la Unión Europea y solo secundada por Venezuela, Nauru, Siria y Nicaragua. Desde entonces los dos territorios han funcionado en la práctica como estados independientes y han solicitado integrarse en la Federación Rusa, petición no aceptada por el Kremlin, que ha facilitado obtener la ciudadanía rusa a sus habitantes.

Mientras, Georgia continúa reivindicando su soberanía sobre ellos y la comunidad internacional sigue sin reconocerlos. Una situación que, se teme, se repita en el Donbás.

ARCHIVADO EN: Georgia, Rusia