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Jesús de Lózar

Jesús de Lózar


La música

27/11/2021

En casa no éramos de músicas. Al menos por la parte de mi madre se cumplía lo de «atónitos palurdos sin danzas ni canciones» al margen del hiriente adjetivo. Por ese lado, era verdad. En cambio, por la rama paterna mis tías cantaban en la Coral, alguna jota mi padre, incluso el abuelo. Todos cantaban bien. O eso nos parecía. No teníamos banda de música así que amenizaba la función la Agrupación Militar de Infantería San Marcial de Burgos: alegres dianas, procesión, concierto en los soportales, la Salve, los toros y bailes públicos desde el templete. Un año no hubo banda de música y el abuelo decía que no parecían fiestas.
Tocábamos el bolero Perfidia, en realidad lo tocaba a la guitarra mi amigo y nosotros la tarareábamos. En la Laboral de Alcalá, divididos entre partidarios de los Beatles y de los Rollings y todos unidos en el boicot a Karina, la del Baúl de los recuerdos, uh, uh, a la que considerábamos representante del régimen. Cómo éramos.
Descubrí la música clásica con Miguel Ríos y El himno a la alegría, basada en la novena de Beethoven, con arreglos de Waldo de los Ríos, después himno oficial de la Unión Europea. Los discos de Raimon, Paco Ibáñez y Luis Llach. Un concierto del compositor recientemente fallecido Luis de Pablo en el San Juan Evangelista. Música de vanguardia, experimental, electroacústica.
En la habitación del apa insonorizada con cartones de huevos o planchas de corcho en las paredes para amortiguar el ruido de la multicopista escuchaba a todo volumen  Los 40 principales y en Semana Santa música religiosa, que era lo único que ponían. 
Helársete la sangre en el funeral de tu primo al escuchar al tenor Israel Lozano el aria Adiós a la vida,  del tercer acto final de Tosca de Puccini. Aquel que empieza «E lucevan le stelle» y acaba «E no ho amato mai tanto la vita!... Tanto la vita!...». Cada vez que  oigo esos tres minutos escasos, me estremezco y no me queda otra que quitarme las gafas y enjuagarme las lágrimas. 
Tener entradas para La Traviatta de Verdi y no dejar pasar la oportunidad de ir al Real en la campaña electoral de las municipales de 2015. Ramón Gener: Ésto es ópera. Un descubrimiento, la ópera. Promover el concierto en conmemoración del IV Centenario de la muerte de Cervantes con la Sociedad Handel y Haydn. En la pandemia, Radio Clásica. 
En Soria tenemos un activo esencial, el que debe ser aprobado por la junta general cuando supera el 25% del activo total de un balance: la música. El primer año que entré en fiestas, hace ya cuarenta, descubrí un mundo absolutamente desconocido: la nula separación entre las clases, la inmensa alegría de la gente, las canciones sanjuaneras, los bailes y verbenas, las charangas de cuadrillas y peñas, el vino a raudales y los toros. Y la música que lo envuelve todo. 
Los elementos patrimoniales de este activo esencial son muchos: la Banda, la Banda Municipal, las Corales, grupos desde Los Clavos a Stella Splendes, asociaciones como en Vibop, DJs, el Festival Otoño Musical Soriano, la JOSS, la Fundación DeArte en Medinaceli, las Jornadas Musicales de Calatañazor. Y el Conservatorio, un contenedor de auténtico lujo. No habrá en España algo igual. Mis hijos fueron al Orestes Camarca, hoy un nieto cursa tercero de piano y otro más pequeño va a la JOSS. Impensable en otro tiempo. El elemento más importante, el mejor activo: las personas amantes de la música. Dos nos han puesto en el mapa: Odón Alonso, que tiene ya una plaza. Gabinete Caligari espera una calle.  Y el más dañino, un verdadero pasivo, lo contrario de la música, es el ruido, al que desgraciadamente en Soria nos están acostumbrando, en particular en el centro de la ciudad.