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Jesús Bachiller

Jesús Bachiller


Las tres escalas del conflicto de Ucrania

19/03/2022

Apenas acabamos de salir de una terrible pandemia, cuando de nuevo nuestras vidas se ven perturbadas por la intensificación del conflicto de Ucrania. Hay otras guerras en el mundo, pero sin la magnitud que tiene esta por la relevancia económica de los contendientes, uno de ellos además potencia nuclear, y el alcance de los planteamientos que están en juego. 
Se pueden distinguir tres planos en el conflicto. Uno global donde la geopolítica sigue mostrándonos un tablero convulso, en el que los actores se mueven de acuerdo a multitud de estrategias que tienen que ver con la seguridad, la lucha por el poder, el equilibrio mundial o la expansión a través de nuevas áreas de influencia. Hace pocos años asistíamos a una guerra comercial entre China y EEUU, que escondía una lucha por el liderazgo mundial. China ponía en marcha su gran proyecto estratégico de la Nueva Ruta de la Seda, que para los críticos pretende dominar el mundo a partir de la creación de una red de infraestructuras distribuidas por los 5 continentes. El pasado 4 de febrero Putin y Xi Jinping, en unas conversaciones en Pekín, hicieron una declaración conjunta en la que hablaban de una nueva era en las relaciones internacionales y planteaban una redistribución del poder en el mundo. Toda una declaración de intenciones, que ponía en cuestión la supremacía política y moral de las democracias occidentales.
En el plano regional, la UE no ha sabido prever la agresión contra Ucrania, cuando se ha visto que formaba parte de una estrategia de Putin para la que solo faltaba elegir el momento adecuado. Tampoco valoró la independencia energética como un objetivo estratégico. Se planteó una transición energética para evitar el cambio climático y cumplir con la cumbre del clima de París, que a la postre ha sido utilizada por Putin para llenar las arcas de divisas con la venta de gas y mantener una peligrosa dependencia energética de gran parte de la Unión. Las ideas de Putin ya se mostraban en las intervenciones de Moldavia, Georgia, la anexión de Crimea y la ayuda a las regiones separatistas del Donbás. ¿Quién sabe dónde están los límites en la mente de este autócrata?
La escala local, finalmente, nos presenta un país espacialmente muy fragmentado étnica, lingüística y culturalmente, con una historia convulsa y con dos almas que conviven en un territorio muy extenso, y de desarrollo longitudinal, que mantiene a su vez estrechos lazos con Occidente y una compleja herencia histórica, cultural y social con Rusia.
Para algunos analistas el conflicto de Ucrania comenzó hace 30 años, cuando la OTAN ha ido incumpliendo los acuerdos con Gorbachov de que no se extendería hacia el este, aprovechando la debilidad de la URSS. Rusia pasó una crisis profunda en los años 90, hasta el punto de tener que pedir rescate al FMI. La UE fue incorporando a los PECO (Países de Europa Central y Oriental), al tiempo que la OTAN se extendía a nuevos países del este europeo. Putin debería pensar por qué los estados que antes formaban parte de la Unión Soviética quieren alejarse de la órbita de Moscú. Una persona resentida como él no lo hará. La OTAN debería reflexionar también cuál ha sido su comportamiento desde la caída del muro de Berlín. Los países de la UE acordaron la pasada semana iniciar el proceso para la ampliación de la Unión a Georgia, Moldavia y Ucrania. Una decisión arriesgada en medio del conflicto, que evoca una de las claves del mismo: la libertad de estos países a decidir su futuro o permanecer bajo la influencia de Rusia, cada vez más sometidos a la tiranía de la geopolítica de equilibrios, como plantea Putin, o de sus delirios imperialistas, como van demostrando los hechos.
La agresión de Rusia ha desencadenado, como sabemos, una guerra en distintos ámbitos, económico, social, cultural… con Occidente, cuyos efectos se extienden por todo el planeta, con resultado incierto. Todo ello cuestiona, por desgracia, una de las teorías más sólidas de las relaciones internacionales, el transnacionalismo o globalismo, según la cual, frente a la 'ley del más fuerte', del realismo político, la pluralidad de actores que operan en las relaciones internacionales, la interdependencia de unos y otros en los distintos planos tejen una red o una tela de araña que forja un cierto equilibrio global, y una solución dialogada de los conflictos.