SIN RED

Loli Escribano

Periodista


El mar no tiene color

16/04/2021

Aunque nos empeñamos en que el mar es azul, de ese azul idílico de destinos románticos, lo cierto es que el mar no tiene color propio. Por las noches es negro como los ojos de Platero. Como el pozo de los mineros. Negro, negro. Pero nunca decimos el mar es negro. El agua refleja el cielo. Por eso de día parece azul y de noche parece tan oscuro. El mar no tiene color. De la misma manera que nos empeñamos en que el mar es azul, también nos empeñamos en edulcorar la vida para hacerle más bella, aunque seamos conscientes de que nos engañamos a nosotros mismos. Este mar sin color me hace pensar en las residencias de ancianos. Después de un año, por fin se permiten los ingresos nuevos en estos centros en Castilla y León y por tanto, en Soria. No voy a recordar el drama que se vivieron en muchos de ellos hace justo doce meses. Tampoco quiero hacer memoria con lo ocurrido en Los Royales, primero negado y después admitido, de donde salían y entraban las funerarias en un goteo constante. El tiempo da y quita razones con cifras tozudas y trágicas como las 59 vacantes que hay un año después. 
Coincidiendo con la nueva admisión en estos centros, me viene a la memoria una película que vi recientemente, ‘El agente topo’. Se trata de una documental chileno que destripa la vida en una residencia. No quiero hacer spoiler, pero más que la soledad que  mostraban los residentes, a mí me impactó la culpa. La culpa de los que se ven obligados a ingresar a sus padres, tíos o abuelos. La culpa llega tan lejos que la hija de uno de los usuarios decide contratar a un detective, porque está convencida de que a su madre la maltratan. La conclusión que yo saqué del encargo de esa mujer, que en ningún momento aparece en la película, es que la culpa le pesaba como una piedra, porque no visitaba a su progenitora. La culpa del abandono. La culpa. Una palabra que yo tengo erradicada de mi diccionario emocional. La conciliación familiar es uno de los grandes problemas de la sociedad actual. Los niños y los ancianos son seres dependientes. Los padres de esos pequeños y los hijos de esos octogenarios y nonagenarios no siempre disponen de tiempo ni espacio para atender a unos y otros. Desde que la mujer se incorporó al mercado laboral, la conciliación se ha convertido en una verdadera problemática. No solo provoca esa sensación de culpa, sino que también sirve para propiciar auténticos enfrentamientos fraternales. Cada cual tiene sus circunstancias y su manera de concebir la mejor asistencia a esos padres que se convierten en una pesada carga. La alternativa residencial para conciliar la vida familiar se presenta aparentemente idílica como el azul del mar cuando la realidad suele ser otra tan incolora como las aguas saladas.



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