CARTA DEL DIRECTOR

Iván Juarez


La verdad expoliada

17/04/2021

Comenta Catalin Tolontan en una secuencia de Collective que «cuando la prensa se arrodilla al poder, éste tiende a maltratar a la población».Lo mismo ocurre cuando los medios se pliegan a un discurso condicionado por la dictadura de lo políticamente correcto, se dejan de eludir riesgos para regalar oídos y el periodista hace del objetivo de agradar a su público el ‘leitmotiv’ de su desempeño profesional. El documental del director rumano-germano Alexander Nasau narra las derivadas del incendio de la sala de conciertos de Bucarest que da nombre a la cinta que se llevó la vida de 60 personas ( la mitad en los días posteriores por causas ajenas al propio suceso al verse afectadas por bacterias hospitalarias).Las indagaciones permitieron a Tolontan, desde el periódico deportivo Gazeta Sporturilor, destapar una red corrupta que incluía a centros sanitarios, gerentes, médicos; de por medio, comisiones de la industria farmacéutica que llegó a promover el uso de desinfectantes diluidos que convirtió a los hospitales rumanos en una trampa contagiosa mortal para sus usuarios. 
Las indagaciones de Tolontan, que terminó por llevarse por delante a un gobierno  obligado a dimitir en bloque, fueron cuestionadas por la alarma social, porque la gente no acudía a los hospitales por el riesgo de contraer una infección bacteriológica en la mesa de operaciones que en dos días te dejaba listo de papeles. Acorralado por los medios afines al poder, preguntado por sus intenciones en un plató de televisión, el ‘plumilla’ acierta a responder: «Es mi trabajo». 
Salvando las diferencias, nuestro caso no será motivo de un documental que entre en la carrera por el Óscar, como el de Nanau, hay motivos para pensar en la capacidad del periodismo para mostrar lo oculto o, lo que es peor, aquello que se pretende ocultar. Sirva la recomendación anterior, en la que lo real parece ficción, que se ciñe a un ámbito local pero nos traslada una historia universal que todavía remueve conciencias en Rumanía, para comprobar la vigencia de esa práctica tan elemental y recurrente como es la de matar al mensajero.
Una semana después de la publicación en El Día de Soria del presunto expolio de Calderuela, hay quien sigue mirando al dedo. El reportaje puso sobre la mesa la existencia de una práctica ilícita en este paraje, inusual por lo explícito, provocador por lo evidente de una falta que se exponía con luz y taquígrafos. Su publicación irritó a buena parte de la comunidad arqueológica que nos hizo llegar su disgusto vía Twitter (el actual forum romanum) con argumentaciones diversas y apelativos varios (como se gastan las palabras de tanta usarlas ) que nos reprochaban el «blanquear, enaltecer y hacer apología del expolio». Tal vez no reparan, desde su erudicción 2.0 (cuanta paciencia para investigar y que gatillo fácil para la crítica corporativa tuitera), en el hecho de que gracias a esta información se ha puesto freno a esta práctica al menos en este yacimiento, del resto ya no nos hacemos cargo. Se argumenta que lo publicado puede atraer a más expoliadores a la zona como se habla de la necesidad de no informar de casos de violencia de género, suicidios.... para evitar el efecto llamada con una visión pesimista e infantiloide de una sociedad cada vez más tendente a ponerse la venda antes de la herida. Entretenidos en un ejercicio de lapidación colectiva, cuadruplicando la difusión de la noticia cuya repercusión criticaban al compartirla por un puñado de likes, pusieron el foco en el medio y no en el mensaje: los responsables culturales locales sabían del expolio y se miró para otro lado. Más allá, optaron por el silencio cuando fueron preguntados por este periódico. Eso también se contaba pero más fácil que leer y sacar conclusiones es encender la mecha, participar del aquelarre y hacer de este medio un saco de boxeo. Por contar la verdad, que es nuestro trabajo.



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