CRÓNICA PERSONAL

Pilar Cernuda

Periodista y escritora. Analista política


Televida

07/04/2020

Hay vida después del corona virus, no se puede perder la esperanza y a pesar de los fallecimientos, siempre excesivos, saldremos de ésta. Hay vida después del corona virus. Pero, vista la experiencia de estos días, no es descartable que esa vida sea completamente diferente. Y para siempre.

Los optimistas, y bienvenidos sean los optimistas, no creen preocupante el previsible incremento brutal del desempleo. Consideran que la experiencia del teletrabajo, que se ha demostrado eficaz, permitirá a las empresas replantearse el futuro proponiendo trabajar en casa. Se restringen así los gastos comunes, y de esa manera se podrá mantener un porcentaje alto de los empleados actuales. Gracias al teletrabajo las oficinas pueden reducir su espacio, lo que significa menos alquiler, menos electricidad, menos agua, menos seguros y menos presión fiscal. La mayoría de los empleados trabajarán en sus domicilios, en contacto permanente con sus centros. De hecho, son infinidad las empresas que dan ya esa opción a su personal, y la experiencia, dicen contratados y contratadores, ha sido siempre -o casi siempre- positiva para las dos partes.

Esa idea, que evidentemente reduce las predicciones actuales sobre las consecuencias laborales del corona virus, tiene sin embargo una cara menos atractiva desde el punto de vista personal. Se perderá la posibilidad de ampliar el campo de las relaciones, el número de compañeros de trabajo será mínimo o inexistente, se cerrará el circulo para los que tienen dificultad para comunicarse con los demás, se perderá gradualmente el don de la palabra por ejercitarla poco, como se perderán las muestras de afecto, los abrazos, las siempre necesarias confidencias, compartir alegrías y penas y dar seguridad al recién llegado con unas palabras amables. Como desaparecerán las charlas de café que nunca son una pérdida de tiempo, porque significan conocer mejor a los compañeros, alejados durante unos minutos de los problemas profesionales.

Habrá más puestos de trabajo, pero menos vida. Horas delante de una pantalla que servirá para trabajar pero también como elemento fundamental de relacionarse con los demás. Y no más horas familiares, porque parejas e hijos estarán también estudiando o trabajando ante el ordenador. Ya hoy son millones los ciudadanos del mundo que solo se comunican con los demás de forma telemática. No es casual que proliferen las webs de contactos y que en algunos casos esos contactos solo provoquen frustración porque es fácil el engaño. Que se generalice el teletrabajo, que se generalice la televida, supone más seguridad económica pero, también, menos posibilidad para los tímidos de hacer amigos y para los que solo salen de su caparazón cuando se ven obligados a tratar con los compañeros.

El encierro decretado por el Covid 19 ha provocado el teletrabajo, telecolegio, teleuniversidad, la telecomunicación con familiares y amigos. La experiencia ha sido reveladora: se puede. Sin embargo, si se pone uno a pensar que ya siempre va a ser así, la sensación de ahogo y de aislamiento se hace insoportable.


 



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