#HistoriasMínimas La mirada inocente

S. Gómez / J.A.Díaz
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Hoy, cuando registro la imagen estática de una calle madrileña, descubro en un lateral a la fotógrafa fotografiada. En la sorpresa de la claridad de la pantalla vislumbro a los Lumière

#HistoriasMínimas La mirada inocente

1895. Jardín Les terres rousses, en La Ciotat. François  Clerc riega un seto de flores y, sin motivo aparente, deja de salir agua. Se asoma a la manguera con su mirada poco suspicaz. Un joven León Trotobas (en versiones posteriores será el adolescente Benoît Duval) levanta su pie tramposo […] Clerc era el jardinero de Louis y Auguste, y de seguro ignoraba estar protagonizando el primer slapstick (comedia física) del cine. Cuentan que la escena se había intentado rodar con el hijo de Louis, pero Edouard, de tan solo diez años, no tenía fuerza para detener el empuje del agua.

El 10 de junio de ese mismo año, en un sótano parisino, un puñado de espectadores rompía a carcajadas ante la escena. Con sus movimientos rápidos sobre película perforada de 35 milímetros, Le Jardinier et le Petit Espiègle parecía real y a la vez un raro truco de prestidigitación.  Familiarizados o no con las fantasmagorías, linternas mágicas, zoótropos, kinetoscopios y otros enigmas en movimiento, aquellos hombres y mujeres del XIX tenían la mirada ingenua y fascinada de los albores de un relato intenso en luces y sombras. La industria de los sueños se gestaba con un final poco predecible: sus inventores confiaban más bien poco en las posibilidades fictivas de una máquina que, entendían, nacía con muchas garantías como registro científico, pero apenas ninguna como espectáculo (qué decir tiene que menos todavía como expresión artística). En contra de lo que vaticinara su contemporáneo, el visionario mago Méliès, Louis y Auguste auguraban una muy breve historia a aquel ‘experimento’ que, estrenado con la salida de los obreros de la fábrica, rompía el registro documental con esta adaptación de una tira cómica de Hermann Vogel. 

El 28 de diciembre, día de inocencias y engañosas percepciones, una nueva versión del Regador regado se proyectaba, junto a casi una decena de películas, en el Salón Indien du Grand Café, en el 14 del Boulevard de los Capuchinos. Una vez más, el público celebraba con rotundidad aquellos 49 segundos de extrañas imágenes ilusorias, rodadas en una única secuencia de cámara estática y plano general. Estaban muy lejos de toda convención narrativa. Pero era la primera vez que alguien pagaba una entrada por una proyección del nuevo cinematógrafo. La primera que se hacía un cartel publicitario de la sesión. La primera que un actor, el jardinero de los Lumière, cobraba por actuar ante una cámara. La historia abría su telón y comenzaba. “El cine”, afirmaron Louis y Auguste, “es una invención sin futuro”. 

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Hoy, cuando registro la imagen estática de una calle madrileña, descubro en un lateral a la fotógrafa fotografiada. En la sorpresa de la claridad de la pantalla vislumbro a los Lumière: la historia de su regador regado, la inocente contemplación del público de fines del XIX. Abro el enlace. En el ordenador no están los fotogramas por segundo, la persistencia retiniana, las perforaciones del celuloide. No está la sala, el cartel, el cine; tampoco la mirada ingenua de quien va al Salón del Gran Café por primera vez. 

Ante la imagen especular parpadean los ojos de una mujer que creció sin internet y sin móvil, sus narrativas al amparo del UHF (las nuevas generaciones me perdonen el guiño) y el transformador de 125; las películas de los sábados y la carta de ajuste; el padre que colocaba papeles de celofán rojos, verdes y azules sobre el televisor en blanco y negro. Esas fueron (la tecnología sepa indultarnos este ejercicio de pasado y ‘viejunez’) nuestras primeras películas en color.

Adicta durante años a las salas y los proyectores, reconozco en la fotografía la tajante presencia de los móviles. Me conmueve cierta nostalgia y, a ritmo de movirecord, trato de digerir la negación del presente y sus excesos, el vértigo de la hiperpantallización, la obsesión por la conectividad. Leo la imagen (de fuera adentro, de izquierda a derecha, de la periferia al centro) y en el itinerario distingo las bicicletas alineadas, los adolescentes y sus cosas (empiezo por los detalles, no vaya a ser que luego se me pierdan en un precipitado final deus ex machina). Fijo la mirada en la mujer que posa. Es rotunda como una historia bien construida (no en vano ocupa el centro de la narración). Amplío la imagen (lupa a 200). ¿Son audífonos o mascarillas lo que llevan los adolescentes del banco? Me decido por las primeras (las tiras de la Covid delatarán un día la fecha de este rodaje a medio gas). ¿Qué vídeo, qué meme, que historia rápida y fugaz estarán viendo en su Instagram o su tik tok o su WhatsApp? Juego a ser efímera. En el centro del nudo, la mujer se impone con la rotundidad de quien está acostumbrada a posar. Me fijo en sus ojos oscuros. No se ha quitado la mascarilla bien diseñada. Frente a ella, otra mujer agachada la está enfocando con su móvil ¿última generación? En qué plano estará filmando o retratando la fotógrafa fotografiada. Yo nunca (pienso) supe posar así… Y en un flashback recuerdo que había que fotografiar con el cuidado de los 24 fotogramas de carrete… La luz roja de los laboratorios nos devolvía las imágenes en blanco y negro que intuíamos. La mirada fascinada sobre el revelador a la espera de desvelar lo fotografiado. Retratos en primer plano. Paisajes y luces de ciudad. La profundidad y el grano. Sobreexposiciones. Filtros y virados. Era la magia de los haluros de plata. El baño de paro olía a agua con vinagre. La mirada era ingenua por analógica.

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En el fuera de campo, el fotógrafo parpadea. Es la sorpresa de la claridad. Suena un clic. Otro más y envía. En el WhatsApp, un mensaje: “una foto nueva en tu computadora”. Me apresuro a contemplar. Desenlazo. Trato de ser inocente.