SIN RED

Loli Escribano

Periodista


Nostalgia de una tarde de verano

Ayer fui a comprarme un helado al carrito del Fuentes, en la puerta de la Dehesa, como toda la vida. Cuál fue mi sorpresa al encontrarme con uno modernísimo de helados industriales y una dependienta que, evidentemente, no era Veri. Los Fuentes han debido vender la empresa. Los polos de vainilla que se habrá comido mi hija. Hasta quería que los Reyes le trajeran un carrito del Fuentes o, mejor, un camión lleno de polos de vainilla, decía. Me ha entrado la nostalgia de la Soria de mi infancia. Recuerdo la Droguería Moderna. Aún queda la fachada con su rótulo. Me encantaría volver a entrar. En la planta baja estaban los artículos de droguería. La superior era una juguetería. Uno de mis tíos, cuando era mi cumpleaños y el de mis hermanos, nos llevaba allí y nos decía, «coge el juguete que quieras». Dios mío, si existe el Cielo es imposible que sea más maravilloso que esa sensación de estar rodeada de juguetes y elegir libremente. Y luego nos llevaba a Foto Vicente, en la plaza de Herradores. Vicente nos ponía juntitos a los hermanos, en fila y, sin mostrar ni una media sonrisa, nos inmortalizaba. Recuerdo que subíamos las escaleras de madera y nos encontrábamos con un mostradorcito pequeño con un cristal y debajo fotografías de todo tipo y tamaño. Después de San Juan siempre íbamos a ver las que colocaba en la vitrina de la plaza y nos pegábamos un buen rato para intentar encontrarnos en alguna. Si habíamos tenido la suerte de ser retratados en algún instante sanjuanero, casi hacíamos una fiesta. 
Recuerdo la tienda del Eufrasio con sus sombreros y sus cientos de botones. «De Madrid vienen a comprármelos», decía. Las Nuevas Galerías donde nuestras madres se compraban sus mejores galas y los trajes de los maridos. En la tienda de Roberto Jiménez nos compraban la ropa interior cuando éramos pequeños y en la de las hermanas, la de vestir de marca Mayoral. 
Recuerdo a las Garrapinchas. Las perrerías que les hacían los chicos dando empujones por detrás en la lona. Tampoco queda ni rastro de la pastelería Ruiz, ni de las Liso. La Bollera se trasladó al Casco Viejo. Pero su tienda original en los soportales del Collado con el expositor circular dando vueltas con sus chinos y sus galletas en forma de caballito era lo más. La de ferreterías que había en mi infancia: la Dulce, la Llave, el Telón de Acero. Y los bares de aquella época: el Regio, el Corzo, el España, el Alcázar, Negresco, la Gorda, madre mía, las horas que habremos echado de adolescentes en la Gorda, el Pacho, el Campo. 
Pocos negocios y personajes sobreviven a aquella Soria castiza: Las Heras, Atlas, el Lázaro y el Torcuato. Librerías y bares. Libros y vinos. Buena combinación para avivar la nostalgia de una tarde de verano. 


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