75 años del fin del horror

M.R.Y. (SPC)
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El 27 de enero de 1945, el Ejército Rojo liberó Auschwitz-Birkenau y descubrió al mundo la máquina de matar ideada por los nazis

75 años del fin del horror

Han pasado 75 años desde que fue liberado, pero cuando uno pasa por debajo del letrero Arbei Macht Frei (El trabajo libera) sigue sintiendo la sensación de que el tiempo se para ante él. En apenas un paso, se entra al campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau, el infierno en la tierra situado a unos 40 kilómetros de la ciudad polaca de Cracovia.
Acceder a ese lugar provoca un escalofrío acompañado de un sentido respeto, al recordar que allí se gestó uno de los mayores horrores cometidos por el hombre.
En apenas cinco años de actividad, Auschwitz tuvo 1,3 millones de internos, procedentes de toda Europa. Apenas un 1 por ciento de ellos logró sobrevivir: 1,1 millones de personas, en su mayoría judíos, murieron, ya fuera por ser ejecutados en la cámara de gas, por hambre, enfermedades...
El día de la liberación había en el campo 2.819 supervivientes. Eran los que se encontraban en condiciones más precarias. Los verdugos de las SS habían abandonado el lugar en las llamadas marchas de la muerte con cientos de prisioneros semanas antes, para evitar que se pudiera dar fe de la barbarie que allí se llevó a cabo durante un lustro.
Cuando el 27 de enero de 1945 las tropas soviéticas entraron en el recinto, de unas 200 hectáreas, los soldados apenas podían creer lo que se encontraron. «Vimos algunas personas vestidas con harapos. No parecían seres humanos. Eran puro hueso. Les dijimos que eran libres, pero ellos no reaccionaron. No podían mover la cabeza ni decir palabra alguna», explicó el oficial ruso Anatoly Shapiro. 
No era algo que les pillara de nuevas. En abril de 1944, dos reclusos, Rudolf Vrba y Alfred Wetzler, escaparon de Auschwitz para avisar al mundo que aquel campo de concentración era una máquina de matar.
Hasta entonces, nadie tenía una descripción convicente o clara de lo que estaba sucediendo en aquel apartado campamento. El exterminio de los judíos se había llevado a cabo en medio de un gran secretismo. Los aliados sabían que los judíos y otros prisioneros nazis estaban siendo llevados a Polonia, pero la información sobre el centro de reclusión era escasa y muchas veces contradictoria. Por eso, el testimonio de Vrba y Wetzler fue vital.  Ambos trabajaron en los llamados Sonderkommando (comandos especiales), encargados de eliminar los restos de las víctimas de las cámaras de gas y habían escuchado conversaciones entre cargos de las SS que daban una información precisa sobre el trabajo que allí se realizaba: un genocidio fuera de control.
Aunque a día de hoy es fácil -y duro- recrear el interior de un campo de exterminio, en primavera de 1944 se antojaba complicado. Por eso, los fugados elaboraron un informe de lo más detallado -incluyendo dibujos- para dar a conocer al mundo lo que se vivía en Auschwitz, que precisamente esos meses -entre mayo y julio- vivió su mayor cifra de asesinatos. No fue hasta noviembre cuando el documento, conocido como Protocolo de Auschwitz, llegó a manos de las autoridades estadounidenses. 
El texto era desgarrador: «Las desafortunadas víctimas eran llevadas al pasillo, donde se les pedía que se desnudaran. Cada una recibía una toalla y un trozo de jabón, entregado por hombres vestidos con batas blancas. Luego se apiñaban en las cámaras de gas en números que solo dejaban espacio para estar de pie. Cuando ya estaban todos dentro, cerraban la pesada puerta. Había una breve pausa. Después, hombres de las SS con máscaras subían al techo, abrían las portezuelas y sacudían una preparación en forma de polvo de latas con la etiqueta Zyklon, para uso contra alimañanas, una mezcla de cianuro. Después de tres minutos, todos en la cámara estaban muertos».
El documento se publicó en los periódicos estadounidenses y, apenas unos días después de que la información fuera divulgada, los nazis destruyeron las cámaras de gas, en un intento por destruir la evidencia. Dos meses después, el Ejército Rojo liberó Auschwitz, encontrando que la realidad superaba con creces cualquier idea surgida a raíz del Protocolo. 
un lugar para aprender. El próximo lunes, con motivo del 75 aniversario de la entrada de los soviéticos en el campo, representantes de todo el planeta participarán, junto a cerca de 200 supervivientes, el recuerdo del fin de la pesadilla del que fue el centro más mortífero del régimen nazi. Un lugar que, además, se ha convertido en punto de peregrinaje: cerca de dos millones de turistas lo visitan cada año.
Hay quien apunta a que se está banalizando el legado de este recinto, pero, sin duda, su vigencia mantiene una lucha contra el vacío que deja el paso del tiempo.
«A mí me da igual la razón por la que nos visitan, lo que me importa es lo que pueden aprender aquí, lo que siente, lo que experimentan», señala el director del museo-memorial en el que se ha convertido, Piotr Cywinski.
«No hay duda de que este es el crimen más horrible jamás cometido en toda la historia del mundo, y ha sido realizado con maquinaria científica por hombre nominalmente civilizados», aseguró sobre Auschwitz el primer ministro británico Winston Churchill. Y, como tal, hay que preservarlo para que lo conozcan las próximas generaciones. Porque solo conociendo el pasado se puede abordar el futuro.