Editorial

Sánchez y Casado, inflexibles pese a sus discursos de mano tendida

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El balance de la reunión que ayer mantuvieron el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el del Partido Popular y líder de la oposición, Pablo Casado, no puede resultar más desalentador. El poso de falta de sintonía entre ambos que se dedujo tras el encuentro revela que nada ha cambiado respecto a los últimos dos años y que la Legislatura se encamina hacia el escenario menos deseable, el de la dificultad para que entre las dos fuerzas mayoritarias se puedan establecer siquiera algunos acuerdos en materias que a todas luces lo requieren. Lo de los grandes asuntos de Estado, a excepción de la Seguridad Social, no da apariencia de formar parte de la agenda conjunta de ambos. 
Las respectivas hojas de ruta que trazaron tras las elecciones de noviembre puede que compartan objetivos generales de construir un país más fuerte, más fiel a las necesidades del siglo XXI, pero chocan en el camino a seguir y lejos de realizar un esfuerzo para alcanzarlo con mayor consenso vuelven a dar muestras de excesiva rigidez. La única razón a la que cabe atribuir esa inflexibilidad por parte de Sánchez es la crisis que esa cesión al PP generaría en el Gobierno con sus socios, cuyo apoyo es imprescindible para mantener una mayoría suficiente, aunque no se sepa por cuánto tiempo dada la dependencia de demasiadas pequeñas formaciones políticas en el Parlamento. Por la oposición, el escaso margen que también muestra Casado al exigirle a Sánchez que se haga casi una enmienda completa a su proyecto tiene mucho que ver con la competencia abierta en el centro de derecha entre tres formaciones. Un mal paso de Casado en la estrategia del PP puede truncar sus deseos de volver a capitalizar el voto de Ciudadanos y recuperar confianza en al menos una parte de sus votantes que en varios de los últimos comicios optaron por Vox. 
La necesidad de pactos de Estado está ahí y ni Sánchez ni Casado pueden seguir enrocados en la práctica de ofrecerse a acuerdos sin tener intención alguna de alcanzarlos. Lo hizo ayer el líder del PP, pero antes, el sábado, el presidente del Gobierno pecó de lo mismo ante el comité federal de su partido al tender la mano al PP como primera fuerza de la oposición. Dado el discurso de ambos, se les deben exigir gestos que permitan dar carta de veracidad a sus palabras y no solo aparentar una disposición que no tienen. La ruptura con los independentistas que reclama Casado es, con toda seguridad, avalada por la inmensa mayoría de españoles, pero a la vista de lo planteado ayer por el líder de la oposición surge la pregunta de por qué del 11 al 30 de noviembre no trabajó por evitar una investidura condicionada a los partidos soberanistas y haber empujado claramente al PSOE a un marco de negociación del que el PP se borró la misma noche electoral. Es muy posible que Sánchez lo hubiera desdeñado, pero Casado habría cumplido hace ya tres meses con sus buenas intenciones de ayer.



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