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Editorial

El final de la era Casado, el fondo, las formas y la necesidad de un 'nuevo' PP

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La caída de la última cúpula de los populares ha causado un daño al Partido que trasciende con mucho la dimisión de su secretario general, Teodoro García Egea, y el final de su presidente, Pablo Casado, que vive sus últimos días como líder de un proyecto que le fue encargado en verano de 2018 para superar la división que personificaban María Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría tras la retirada de Mariano Rajoy a los cuarteles de invierno. La acusación vertida sobre la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, sin una sola prueba que trasladara un debate ético a la jurisdicción penal ha derivado en el colapso de Casado y sus cuadros de mando sin llegar siquiera al congreso ordinario previsto para julio.

Si graves han sido los hechos, tanto o más lo han sido las formas. El abandono a Casado, encarnado por quienes el viernes callaban y aguardaban emboscados el momento de sacar ventaja y ayer se rasgaban las vestiduras en público exigiendo la dimisión del líder al que querían llevar en volandas a La Moncloa hasta hace unos días, daña severamente la imagen del Partido Popular y lo proyecta como una hoguera de ambiciones y vanidades que ilumina con sus llamas el camino de Vox hacia el liderazgo de la derecha española.

La más grave crisis del PP desde su refundación -en 1989, tras la caída de Antonio Hernández Mancha- se produce además en un contexto particularmente delicado. Aún está por cerrar el acuerdo de Gobierno en Castilla y León, de la que se han apartado todos los focos tan pronto como implosionó Génova, y la previsión era citar a los andaluces a las urnas antes de finalizar el año. En 2023, es sabido, hay elecciones municipales y también autonómicas de régimen general, a lo que se puede sumar un adelanto de las nacionales en el momento en el que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que vive ahora una descompresión gratuita a cuenta del desmembramiento de su principal opositor, lo considere oportuno para sus siempre medidos intereses en primera persona.

Mientras todo esto sucede, hay una guerra en ciernes en el Este de Europa que puede comprometer las economías desarrolladas durante años, continúa acechando una inflación rampante y está por ver el coste real de la crisis sanitaria o si la sexta será la última embestida de la pandemia. No hay garantías sobre un reparto equitativo y estratégico del 'rescate' europeo a través de los fondos Next Generation, el diálogo social se ha roto y la sempiterna reforma de las pensiones no cuaja. Son solo botones. El PP ha querido sangre y la ha conseguido. Ahora tiene la obligación de desinfectar su funcionamiento orgánico, establecer un liderazgo fuerte y duradero y ponerse a trabajar sin perder un minuto más de lo necesario. Para pasar el luto o reescribir el relato de lo sucedido sobrará tiempo. Para trabajar por España, no.