TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


A 100 metros

El fútbol se guarda rituales no escritos y confidencias entre iguales. Uno de ellos y otra de ellas coinciden en espacio y tiempo, por ejemplo, cuando los capitanes comparecen el sorteo y por quebrarle el paso al adversario, el afortunado elige cambiar de mitad de campo. Diez lo ejecutan de forma natural y uno debe recoger su toalla y su botella del fondo de la red, cruzar todo el campo al trote… y encontrarse con otro que trota con sus aparejos hacia la portería contraria. En el centro del campo se produce un choque de guantes sincero, como el que anticipa una tanda de penaltis, entre dos tipos que van a vivir un cara a cara a distancia. El delantero se pega con el defensa, el lateral con el extremo y el medio con el medio. Cada uno tiene su par, pero el del guardameta juega a 100 metros.

En París se escenifica un cara a cara curioso, bien blanco y todavía sin definir; vive aún el Bernabéu un dilema en torno a sus porterías, cubiertas por Keylor Navas en los años de la gloria europea y por Thibaut Courtois en el año de la ignominia. Tal vez por eso existe una corriente tan vez no mayoritaria pero sí fuerte sobre un frustrante relevo, un gasto que no hacía falta y un portero titularísimo que no ha mejorado (ni alcanzado) el rendimiento del que acaba de salir. Keylor se ganó el respeto de la grada porque antes de que acuñasen lo de los galácticos el Benabéu se ponía cachondo con tipos humildes que se partían la cara y remataban (o despejaban) con la venda empapada en rojo. Esa reminiscencia lo elevó a categoría de ídolo popular: era el tipo al que Dios le chivaba por dónde le iban a lanzar el penalti. Courtois, el elegido, lucía mejor vitola, tipo, sueldo y prestigio internacional. O eso pensaban: esta noche habrá dos porteros mirándose en la distancia y uno de ellos querrá demostrar cuánto pesa un error.


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