CARTA DEL DIRECTOR

Iván Juarez


Revuelto micológico

Las lluvias, o al menos las primeras nubes del otoño, han animado una campaña micológica menos tímida en alumbramientos seteros que los dos años precedentes que vinieron a mermar uno de los grandes recursos económicos de la provincia superado el verano cuando buena parte de este territorio hace su especial agosto. Mirada al cielo, por lo tanto,  para que broten los hongos en una época que mide su éxito en gran medida en función de la cantidad de recolectores, ilegales  o no, que se citan en la zona. Pero sobre todo  por aquellos temporeros del peregrinaje micológico que llenan sus bolsones de supermercado mientras juegan al gato y al ratón con las fuerzas de seguridad desplegadas por la cotos, como contamos hoy en El Día de Soria. Guste o no, su presencia es un indicador bastante preciso de la existencia de hongos y, guste o no, aunque se trate de un ‘turismo’ de regional preferente, también dejan su dinero en tiendas y súper y, guste o no, están porque se les demanda, no tanto a ellos como a su botín, y su ‘invasión’ responde a aquellos que, sin mediar factura, atajan para hacerse con buen producto a precios competitivos. Tendemos a poner el foco en ellos, en el eslabón más débil de la cadena, a ‘rumanizar’ en exclusiva las culpas sin reparar en que los cientos de kilos que recolectan en determinadas jornadas no terminan en su casa sino que se venden por el camino. Tanto que se habla de trazabilidad, habría que intensificar los controles, más allá de los montes, en el resto de la cadena  de consumo, como se suele decir «del campo a la mesa». Otro asunto es que su pertinaz presencia colapsa los bosques, comprometa las campañas presentes y futuras, y, para los que disfrutan del medio natural soriano, su excesiva cercanía pueda resultar amenazante. Si le sumamos el hecho de que no se acogen a las tarifas estipuladas, existe una gran dificultad burocrática para cobrar las multas que se les imponen, obviamente sí hay que poner coto a la recolección ilegal que daña el territorio forestal de la provincia.
La lucha contra ese avalancha foránea ilegal, y asegurar que los cauces de distribución interna, del monte a la cadena hostelera, se produce con luz y taquígrafos son algunos de los retos en el ámbito de la seguridad que afronta la gestión micológica. Principalmente, porque  vistos los precedentes, los municipios afectados ven que lo que es una fuente de riqueza se torna en una fuente de preocupación. En este sentido es necesario reforzar la colaboración con los ayuntamientos (es una de las propuestas que se puso sobre al mesa en la última asamblea de la Asociación Montes de Soria) para que no se sientan desamparados y cada cual termine por hacer la guerra por su cuenta implantando su propio modelo de gestión. 
Cierto es que la regulación en la provincia y por extensión en el conjunto de Castilla y León se percibe como un modelo ejemplar y casi un referente en otras  zonas geográficas, pero lejos de caer en la complacencia habría que pensar en el margen de mejora y los porqués de que se haya ‘balcanizado’ la provincia en cuatro, dentro de poco cinco acotados, lo que no simplifica las cosas. Sobre todo, en relación a ese aficionado medio, dominguero, de cesta, navaja y poco más al que se le complica la vida con elaboración de tanto mapa micológico que remite más de un continente que de una provincia de una extensión reducida. No me equivoco si afirmo que hay a gente a la que por mucho que le expliques, le digas dónde acudir a sacarse los permisos y qué zonas puede o no pisar con un salvoconducto, no lo va a entender. Depende del interés de cada cual, pero a este paso se va hacer necesario salir al monte con escuadra y cartabón, hacerse delineante o ingeniero agrónomo. No obstante, los permisos, en función de lo abundante de la campaña van en aumento y ya el pasado año se acercaron a los 20.000. 
Se presenta como  uno de los desafíos de la renovada de la Junta Directiva de la Asociación  Montes de Soria, que cuenta con 72 asociados y 153.000 hectáreas: allanar el camino a los seteros porque actualmente la división en acotados, sin señalizar correctamente en algunos casos como apuntamos hoy, da lugar a que se produzcan infracciones involuntarias (aunque pillos hay en todos los lados que actúan bajo el síndrome de la desorientación gráfica para invadir terrenos). Sucede principalmente en Piqueras y Vinuesa. Como telón de fondo, una suerte de nacionalismo recolector que tampoco traslada una imagen de unidad de la provincia. Es normal que de la riqueza que emana de la naturaleza derive en un creciente proteccionismo para que nadie ajeno explote los recursos propios, pero habría que poner medidas como las deslizadas en la última asamblea de Montes de Soria destinadas a favorecer el trabajo conjunto entre acotados, promover un permiso común para facilitar al aficionado la actividad recolectora y frenar este revuelto micológico que amenaza con matar la gallina de los huevos de oro. 


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