CRÓNICA POLÍTICA

Isaías Lafuente

Escritor y periodista. Analista político


Paraperiodismo

La Universidad de Sevilla ha investido doctor honoris causa a Iñaki Gabilondo. Y en su agradecimiento este hombre, acostumbrado desde hace cinco décadas a diseccionar con precisión de cirujano el mundo que le rodea, condensó en apenas media hora su visión del momento actual. Vivimos tiempos de estupor en los que nuestras certezas se están deshilachando; habitamos un mundo que circula a velocidad de vértigo en el que los humanos vamos adaptándonos como buenamente podemos a sus exigencias con la sensación de que cuando llegamos a la meta la línea de llegada ha vuelto a desplazarse, dijo. También retrató una España pujante pero acusada de "fatiga de materiales": la Corona, la Constitución, el parlamento, los partidos, los sindicatos, los medios de comunicación... Y fue en el análisis de su profesión cuando se detuvo. 
Dijo Gabilondo que en este escenario cambiante algunas industrias han detectado y puesto nombre a nuevas realidades muy parecidas a las tradicionales pero que, sin embargo, son muy diferentes. La industria farmacéutica, por ejemplo, que cuando se abrió a otros campos como la cosmética, la higiene o las medicinas alternativas, decidió poner nombre a ese fenómeno para no llamar a engaños y lo llamó parafarmacia. Cree Iñaki que a la vera del periodismo y al amparo de las nuevas tecnologías y de los nuevos requerimientos ciudadanos derivados ha nacido una especie de paraperiodismo que, convenientemente identificado, no tendría mayor problema si se acoge como fenómeno nuevo, aislado y distinto. La cuestión es que el periodismo, en nombre de una pretendida modernidad, está dejando la brújula y el timón a quienes practican este paraperiodismo, no solo permitiéndoles que ganen terreno sino sometiéndose a sus formas, a sus contenidos y a su manera de hacer. Y así andamos hace tiempo, dijo, contando oyentes, lectores y espectadores en vez de reflexionar sobre qué cosas hemos de contar y cómo debemos contarlas, para fortalecer, restañar o recuperar, según los casos, nuestro principal patrimonio: la credibilidad. 
Fue un discurso ciudadano, no profesional. Imprescindible eso sí, aunque se discrepe, para quienes nos dedicamos a este noble oficio y muy conveniente para quienes aspiran a ejercerlo, jóvenes que podrían convalidar la mitad del grado con la escucha atenta de estos treinta minutos. No fue un alegato pesimista, a pesar de su dureza. Lo desarrolló con el tono y el buen hacer del oncólogo que describe al paciente la gravedad de su enfermedad, las penalidades que le esperan en el tratamiento y las dificultades del mismo, pero que acaba concluyendo que lo suyo tiene cura si se coge a tiempo. Y lo afirmó reivindicando su experiencia como hombre de radio, esa hermana menor de la prensa escrita que siempre la miró con un cierto desdén aristocrático, esa hermana mayor de la deslumbrante televisión que ha anunciado su muerte en reiteradas ocasiones sin acertar ni una sola vez.


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