TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


No solo el reloj se atrasa. Ni solo una hora

25/10/2020

Una de las consecuencias perversas de la pandemia es que te acostumbras a utilizar un lenguaje guerrero. Hablamos con toda naturalidad de estados de alarma, de toques de queda, de combates, batallas perdidas y guerras, ay, quizá por perder. La confrontación se ha instalado entre nosotros, y temo que no solamente para pelear contra el virus: Cataluña contra Cataluña, La Moncloa versus la Puerta del Sol, Casado contra Abascal --bueno, más bien Abascal contra Casado--, Unidas contra Podemos... Cada semana que pasa es un cúmulo de tensiones y crispaciones que distraen la necesaria unidad en la única confrontación deseable: la que tenemos que ganar para recuperar nuestra salud. Física y moral. Y esa confrontación, no había sino que mirar al rostro de Pedro Sánchez en su sorpresivo y confuso mensaje del pasado viernes, la estamos perdiendo, sumidos en un caos organizativo hace algunos meses inimaginable.

España superaba esta semana el millón de contagios y nuestros representantes se sacudían de lo lindo en una sesión parlamentaria sin sentido, que perdió, laus Deo, el legionario que la había promovido y la ganó quien teóricamente salía como víctima rumbo al pelotón de fusilamiento. Veremos si ese vuelco inesperado, al nacimiento sorpresivo de una 'estrella' en el secarral político español, y sí, a Pablo Casado me refiero, tiene consecuencias positivas para aquietar los tambores belicistas y para desenterrar la pipa de la paz. Bueno, el personaje que actúa de general de las tropas ya ha dado muestras de que, al menos, tratará de consensuar cosas en lo relativo al desmadre en el que vive la renovación del poder judicial. Algo es algo, y esto es bastante, pero ni mucho menos suficiente.

El líder alternativo ya ha dado su primer paso transformándose en estadista, al menos por un día. Ahora, creo, le corresponde a Sánchez, el general de toda la milicia, consolidar la 'pax romana', y nunca mejor dicho viniendo de donde vino este sábado: de encontrarse con el hombre que ha lanzado al vuelo las campanas de la fraternidad, 'fratelli tutti', a este mundo en tensión, 'trumpizado', dividido y en el que el norte odia al sur, el este al oeste. Y apliquémonos el cuento aquí, en estas dos Españas desapacibles que se miran con ojeriza desde hace siglos, y ahora, más.

Tengo la impresión de que Sánchez está entendiendo, poco a poco y a golpes que le llegan desde Europa, desde el Parlamento y desde el susto por la extensión de la enfermedad, que tiene que cambiar el rumbo, el estilo, el talante. Habitar en La Moncloa es un privilegio, sin duda ganado en las urnas, que hay que convalidar cada día. Y Sánchez, hasta ahora, no lo está haciendo. El país tiene que avanzar por nuevos senderos y dejar, como en 1898, de lamerse las heridas, tantas veces provocadas por una política testicular --"aquí se hace lo que a mí me sale de..."-- practicada por los representantes del pueblo, a los que el pueblo vota, aunque sea tapándose la nariz, y paga, aunque tantas veces no se lo merezcan.

De momento, el presidente de todos nosotros tiene este domingo una oportunidad de reconciliarse con los gobernantes autonómicos, sumidos en la más total de las confusiones ante la amenaza de un guerrillero, el virus, invisible, pero terriblemente efectivo. Tiene la oportunidad de liderar la ofensiva, modernizar el país y modernizar la idea de nuestra democracia, que se va quedando oxidada de tanto no usarla. Porque, hasta ahora, vamos en franco retroceso. Y no solo en los relojes. Y, desde luego, no solo una hora. Y, por supuesto, no solo en las escaramuzas contra un virus.