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Loli Escribano

SIN RED

Loli Escribano

Periodista


A la sombra del cenacho

12/11/2021

Decía Miguel de Unamuno, «cuando se muere alguien que nos sueña, se muere una parte de nosotros».  Me ha venido a la memoria esta frase mientras leía 'A la sombra del cenacho. La fosa de los maestros', el libro que ha coordinado Iván Aparicio, Presidente de la Asociación Recuerdo y Dignidad y como él dice, escrito a 32 manos. Durante la lectura me detengo en retratos en blanco y negro de jóvenes muy serios de piel muy tersa: Hipólito, Eloy, Elicio, Victoriano y Francisco. Tenían 42, 22, 23, 26 y 57 años, respectivamente, cuando fueron asesinados. Me niego a que mi imaginación recree la cacería en la que fueron fusilados. No quiero poner imágenes a esa huida imposible monte arriba en la que fueron cayendo al anochecer, uno a uno. También rehuso a imaginar a aquellos vecinos de Cobertelada que escucharon los disparos. Que corroídos a partes iguales por el miedo y la piedad tuvieron que enterrarlos a la mañana siguiente a la sombra del cenacho. Repaso las fotos con las yemas de mis dedos mientras pienso en todos los muertos que siguen apiñados en fosas, cunetas y tapias de cementerios. Observo también detalladamente las fotografías de alumnos acompañados de sus maestros. Mientras les retrataban, algunos no sabían que serían detenidos, 'paseados' y que esperarían a ser rescatados en una fosa durante 80 años antes de volver a casa. Pienso en que la mayoría de los hijos y sobrinos de miles de desaparecidos ya no pueden soñarles, porque también están muertos. Pienso en los nietos que han heredado los sueños de sus padres y en los nietos que ni siquiera saben que el padre de su padre o de su madre, siendo muy joven, fue asesinado. Existen tantas historias como desaparecidos se cuentan. Miles. Decenas de miles.
Hay una palabra que se repite con frecuencia en este libro que ha publicado el Ministerio de la Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática. Una palabra que ha marcado cada uno de los días de los descendientes de los desaparecidos. Una palabra que cierra los labios de los vecinos como una cremallera fabricada con recuerdos y disparos que rompen la noche. Miedo. Los pocos testigos o coetáneos que quedan de aquellos crímenes callan por miedo. 80 años después, ¡callan por miedo! ¿Miedo a qué? Miedo al miedo que pasaron siendo niños o adolescentes. Miedo a sus propios recuerdos. Miedo al silencio de las familias. A la explosión de los disparos. La labor pendiente en este país con los crímenes del franquismo no debe tratar solo de reparar la dignidad de los asesinados sino la dignidad de una sociedad que tuvo que callar, malvivir en el silencio y que aún hoy no puede colaborar en las tareas de localización de fosas por miedo.  
Cuando por fin, después de mucha insistencia por parte de la Asociación Recuerdo y Dignidad, vencieron el miedo, los vecinos de Cobertelada confesaron: «Están a la sombra del cenacho».