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Fernando Aller

DESDE EL ALA OESTE

Fernando Aller

Periodista


Nariz pinzada

12/11/2021

El diputado Odón Elorza ha verbalizado lo que todos los españoles ya conocíamos sobradamente, que en la política española los llamados representantes del pueblo ni siquiera se representan a sí mismo. Menos, por lo tanto, a quienes depositamos nuestra confianza en ellos. Son lacayos del sistema y de la obediencia exigida. Nada ha cambiado desde aquella célebre frase de Alfonso Guerra: «El que se mueve no sale en la foto». O la advertencia de Aznar a Mario Amilivia, cuando este último era alcalde de León, hoy presidente del Tribunal de Cuentas, y pretendía continuar con sus veleidades leonesistas: «Camarón que no se mueve, se lo lleva  la corriente». Y se movió. 
El diputado vasco intervino la pasada semana, como portavoz socialista, en la Comisión de Nombramientos que finalmente dio el visto bueno a la candidatura de Francisco Arnaldo para ocupar una de las cuatro plazas pactadas por el PSOE y PP en la renovación del Tribunal Constitucional. Su animadversión critica al candidato popular motivó que el PSOE le retirara la portavocía en la sesión del Pleno del Congreso, que oficializó ayer los nombramientos. El martes bajó el tono a berrinche y aclaró que aunque la votación plenaria fuera secreta, acataría los dictados del partido. Evitaría, no obstante, inhalar el olor a podrido. «Muchos votaremos con una pinza en la nariz», explicitó.  Finalmente, y eso le honra, quebró la disciplina y votó en contra, a pleno pulmón.
Lo anterior, más allá del arrepentimiento final, no es más que una anécdota de una práctica política que trata a los ciudadanos como borregos y a sus representantes como ovejas. ¿Cuántos ciudadanos de Castilla y León son capaces de nombrar a los diputados y senadores de su propia provincia? Poquísimos. Es la degradación de un sistema de representación bien concebido pero en la práctica frustrado. El voto es la máxima expresión de confianza hacia otra persona para que defienda sus intereses allí donde personalmente no llega. Esa es la legitimación del sueldo a cuyo pago contribuye el representado. Cuanto no sea así, es traición. ¿Pero qué se puede esperar de quienes primero se traicionan a sí mismos, aunque sea con la nariz tapada, para evitar el olor de su propia degradación y cobardía?