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Fernando González Ferreras

PREDICANDO EN EL DESIERTO

Fernando González Ferreras

Catedrático


El ejemplo Nadal

11/06/2022

He vuelto a disfrutar con Rafa Nadal. Me impresionó su forma de celebrar la victoria y la reacción del público. A muchísima gente le hubiera gustado estar en su lugar, pero sólo en ese momento, no en el duro camino de los agotadores entrenamientos, en la amargura de las lesiones o en las renuncias que exige la vida de un deportista de élite. Admiramos lo que se ve –el triunfo, la fama, el dinero- pero no siempre valoramos lo que no se ve.
Rafa Nadal está considerado como el mejor tenista de todos los tiempos. Su fortaleza mental, su espíritu de lucha para no dar jamás un partido por perdido y su capacidad de concentración le han llevado al éxito. Pero creo que lo más llamativo es su capacidad de esforzarse. Según la RAE, el esfuerzo es el «empleo enérgico del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades» y en eso Rafa es un maestro. Ha forjado su carrera sobre el trabajo, la humildad –ha ganado el cariño del público y el respeto de sus rivales por no exhibir la chulería de otros deportistas- y la autoexigencia, muy lejos de la típica costumbre española de la reclamación y la queja. Admiramos lo que hace aunque no seguimos su ejemplo. Sigue vigente la 'ley del mínimo esfuerzo', la tentación de tratar de alcanzar nuestros objetivos de manera fácil.
Nadal es un campeón hecho a sí mismo, un referente en estos momentos en que el esfuerzo, el sacrificio y la responsabilidad no están muy valorados. Ha llegado a la cumbre por sus propios méritos, algo que es muy importante destacar cuando se está atacando la meritocracia, el sistema que conjuga el mérito, la educación o la competencia con el esfuerzo en vez de valorar aspectos como el origen social, la religión o la política.
Lilith Verstrynge, secretaria de Organización de Podemos, ha comenzado el ataque contra la meritocracia afirmando que «es un mito, el esfuerzo no importa», ya que el «el camino a una buena vida es tener una familia, unos amigos y un estado que te respalde cuando lo necesitas» ya que, en su opinión, «el origen social es lo determinante a la hora de prosperar en la vida», todo dentro de un festival de primavera para «bailar, reír, compartir, debatir y reflexionar» porque, si no, «no podrán construir un país mejor». También ha reivindicado el «derecho a vaguear» y afirmó que «la igualdad de oportunidades es un mito». Y en esto, desgraciadamente, tiene razón. En nuestra sociedad no siempre se cumple que todos alcanzan un lugar acorde con sus méritos. Si funcionara la meritocracia no estaríamos gobernados tan frecuentemente por mediocres y las decisiones sobre ascensos y adjudicación de puestos no se decidirían tantas veces teniendo en cuenta las relaciones o amistades. Los ricos suelen tener más oportunidades que los pobres porque poseen más recursos para invertir en la formación de sus hijos.
Frecuentemente la meritocracia es denostada por los que no tienen ningún mérito. Si el mérito no sirve, estamos abocados al clientelismo y a las complicidades poco democráticas. Decir no al esfuerzo es un planteamiento cínico. Los enemigos de la libertad siempre han intentado eliminar la competencia y el éxito en nombre de la igualdad, pero el esfuerzo y el mérito funcionan -Nadal es un ejemplo-. Los hijos de los pudientes siempre lo van a tener más fácil, pero la gente humilde no olvida la necesidad del esfuerzo y la educación: estudiar no soluciona el futuro, pero no estudiar te cierra todas las puertas.