LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Zozobra

20/09/2020

Los libros empiezan a pesar. Cada día entran y salen del colegio con una mochila cuyo tamaño es más que considerable. Aparte de buena parte del material escolar, este año llevan una novedad; un kit anticovid, compuesto por una mascarilla de repuesto, gel hidroalcohólico y una bayeta para desinfectar pupitre y silla. El salto de infantil a primaria se ha notado tanto como el tener que formar varias veces a diario con sus compañeros como si se tratase de un ejército profesional o eso de disfrutar el recreo en un espacio delimitado y reducido. Lo de tocar un balón ya forma parte del pasado. Todo para evitar contagios o, al menos, para minimizarlos.
Apenas llevan diez días de curso escolar y ya hay varias clases confinadas. La madre de uno de los niños dio positivo en la PCR y el crío, al que le realizaron el test días después, también tiene coronavirus. Ahora, tres aulas deben permanecer en casa dos semanas y algunos no tienen con quién dejar a sus hijos. ¿Por qué esa pareja no dejó a su chaval en casa hasta conocer el resultado de las pruebas? Pese a la ingente cantidad de información que se ha ofrecido, los protocolos de actuación no están para nada claros y cada familia, que en algunos casos debe encargarse todas las mañanas de tomar la temperatura a sus hijos, actúa como buenamente puede.
Los whatsapps de los grupos de padres no descansan. Los debates son diarios. Que si no hay extraescolares, que por qué les obligan a hacer educación física con la mascarilla puesta o a comer el bocadillo en clase, que cuáles son las razones que imperan para mantener la jornada partida una vez finalice septiembre cuando desde todos los estamentos sanitarios advierten que acudir varias veces al colegio puede provocar un aumento de casos... Quejas y más quejas, pero resulta paradójico que, algunos de esos que más protestan, son los que se juntan y no guardan las preceptivas medidas de seguridad. 
La pregunta, ahora que el goteo de casos es cada vez más generalizado -sólo parece ser la punta del iceberg- y los ayuntamientos han procedido a precintar de nuevo los parques, es: ¿Ha sido razonable abrir las puertas de los colegios sin tener controlada la pandemia?
España vive momentos de zozobra. Los datos vuelven a ser inquietantes. 20.000 casos al día y la cifra de muertes rozando el centenar. La situación en la Comunidad de Madrid está desbordada. Allí se dan el 35 por ciento de los nuevos contagios y se han visto obligados a restringir desde mañana la movilidad en 37 zonas. Nadie quiere oír hablar de la palabra confinamiento, pero las cifras, comparándolas con otras naciones del Viejo Continente, constatan que el país de la piel de toro, ese que había sido capaz de voltear una situación crítica, haciendo los deberes con buena nota, está cerca, así lo reflejan los números y la situación de colapso y asfixia que comienza a sufrir Atención Primaria, de volver a suspender.
A los españoles apenas les preocupa ahora que  dos de las entidades financieras más punteras se hayan fusionado para conformar el mayor banco del país. Tampoco que el Gobierno y sus socios hayan dado luz verde a una nueva Ley de la Memoria Democrática que puede tener un tortuoso trámite jurídico. La inquietud de las familias pasa en estos momentos porque, además de llegar a fin de mes, alguno de los suyos se pueda contagiar, sean niños o mayores, y que los hospitales puedan hacer frente a este segunda ola de una enfermedad, tan letal como extraña, que amenaza con su guadaña en cada esquina a las puertas del otoño.
Es obvio que la economía no se puede volver a congelar. Sería el tiro de gracia para un país con una tasa de paro disparada, cuya deuda pública supera el 113 por ciento del PIB, siendo el Estado con los peores registros de la eurozona; cualquier empresa ya habría quebrado en esas circunstancias.
 Para que la rueda gire es fundamental garantizar la salud de la gente y, por ende, la del sector productivo. Nuestros políticos deben abandonar la mediocridad, dejar a un lado las siglas y pensar en el interés general. Se necesitan más dosis de diálogo y menos sesiones de discusiones trasnochadas para encontrar una fórmula que permita minimizar los daños de una de las mayores crisis de nuestra historia y establecer las bases de una recuperación que será de todo menos fácil. Toca, guste o no, remar en la misma dirección.    
Los psicólogos han dejado claro que transmitir el miedo al coronavirus a los niños es contraproducente y que es muy sano para su desarrollo volver a la normalidad de las aulas. Habrá que valorar en las próximas semanas si los protocolos que se han implantado en los colegios funcionan correctamente o si, por contra, aumentan el riesgo y son un error. Hoy, nadie lo sabe.



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