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Una puerta abierta a la inserción laboral

S.Ledesma
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El colectivo defiende su inserción en el mercado laboral, en el que apenas representa a un 1,8% de los afiliados

Una puerta abierta a la inserción laboral - Foto: E.G.M

«Tener una discapacidad no significa que ésta sea impeditiva totalmente para poder trabajar». La frase es de Ana María Paredes, trabajadora del Centro Especial de Empleo Servifadess como camarera en el bar Gaya Nuño. Con una discapacidad actual reconocida del 69% por fribromialgia y síndrome de fatiga crónica, recuerda haber sufrido la discriminación por su inhabilitación a la hora de encontrar un empleo. «A la gente le da miedo un grado tan elevado, quizá piensan que no vas a poder cumplir con tu trabajo, pero no es así: esto se lleva por dentro y sólo uno sabe el sufrimiento que tiene», admite. 

Pese a que las personas con algún tipo de discapacidad, bien sea física o psíquica, cada vez cuentan con más espacios de ayuda para la integración tanto social como profesional todavía queda trecho por recorrer en este sentido. En la provincia de Soria, las dificultades de inserción en el mercado laboral se ponen de manifiesto en los bajos porcentajes de contratación de este tipo de perfil. Este año, esa tasa se sitúa en el 1,86%, con 545 empleados con algún tipo de invalidez reconocida, según los datos recopilados por la Subdelegación del Gobierno hasta el 31 de octubre. 

El año pasado se cerró con 535 personas con discapacidad empleadas en Soria, lo que apenas representó un 1,38% de todos los afiliados en la provincia, donde había 38.730 trabajadores, según el último informe del mercado laboral. Además, los nuevos puestos de trabajo que desempeñaron los asalariados con algún tipo de invalidez se caracterizaron por ser temporales. Solamente las modalidades eventual por circunstancias de la producción y obra o servicio acapararon el 73% de todos ellos. 

En cuanto a los parados, al cierre del pasado ejercicio había 233 personas con discapacidad sin empleo; hasta el 31 de octubre de este año, son 219 los ciudadanos con este perfil que se encuentran en el paro. Por eso, uno de los retos principales del mercado de trabajo provincial es mejorar la inserción laboral de este colectivo. 

Las ocupaciones elementales, como personal de limpieza de oficinas, hoteles y otros establecimientos similares, así como los peones de las industrias manufactureras son los trabajos en los que hay mayor contratación. Cabe destacar que, de acuerdo al informe provincial, también son las ocupaciones que más demanda el colectivo. 

un grado «que asusta». Fue en 2014 cuando a Ana María Paredes le dieron la incapacidad permanente total para su trabajo, pero ya hacía tiempo que se encontraba con «muchos dolores». «Me quejaba al médico de cabecera por el dolor de piernas, pero me decía que no tenía nada ni siquiera varices, que podía ser de estar de pie; también del dolor de espalda, y me iba a fisioterapia particular, hasta que ya allí me recomendó ir al traumatólogo porque me dijo que quizá tenía otra cosa», explica. Una vez en la consulta de Traumatología fue diagnosticada a través de puntos de dolor y más tarde reconocida con una discapacidad física del 65% que le ha ido aumentando con los años hasta el mencionado 69%. 

Antes de aquella época ella era autónoma y tenía su propia pescadería, incluso hubo un tiempo en el que trabaja en tres sitios a la vez, pero tuvo que dejar su negocio durante un tiempo y alquilar el local. Después de unos años ha vuelto al mercado laboral ejerciendo en puestos de lavandería a través de otras organizaciones que se ocupan de la inclusión profesional de personas con discapacidad y actualmente está ocupada como camarera. 

«En el currículum no sabes ni qué poner porque no sabes cómo acertar: si pones que tienes discapacidad a lo mejor te echan para atrás y si pones tu grado, muchas veces se asustan», relata. En este sentido asevera que incluso «en empresas en las que piden personas con discapacidad al final no sabes si puedes encajar porque te descartan». Recuerda que en una ocasión le habían solicitado ya todos los papeles para trabajar como auxiliar administrativo, «pero cuando vieron mi elevado grado de discapacidad me dijeron que no me iban a contratar, sin darme explicaciones». Ésa, reconoce, ha sido la única vez que se ha sentido apartada por su problema de salud. 

«sin prejuicios». Lo cierto es que su dolencia incapacitante no es fácil de comprender por el entorno, «no hay empatía, ni siquiera entre la familia». La fibromialgia se caracteriza por la presencia de un intenso dolor generalizado crónico, una fatiga que no mejora con el reposo, insomnio y otros síntomas, como hormigueo en las extremidades, trastornos abdominales, necesidad de orinar con frecuencia, ansiedad y depresión, entre otras. «No suelo hablar de lo mío porque no se comprende tener dolor constantemente», asegura. Pero hace una excepción con este periódico al relatar una patología invisible a los ojos de los demás: «Es cierto que no voy con una muleta y que me arreglo. Aparentemente puede parecer que llevo una vida normal porque das esa imagen de que estás bien, pero no es así, sólo tú sabes cómo estás por dentro. Tomo 25 pastillas al día, me iría a la cama a las siete de la tarde, pero tengo un hijo de 12 años que es mi motor, si no posiblemente estaría en el sofá intentando descansar». 

Porque el reposo en uno de los alivios más buscados por Ana María. «Cuando sé que tengo tiempo para descansar con antelación estoy pensando en ello, en a ver cuándo llega el día, el momento». Este abandono a la necesidad de que el dolor dé un respiro es tal que la vida social también se le ha mermado: «No quiero salir, ni siquiera a tomar un café. A veces me cruzo con amistades en la calle y nos decimos lo típico de que hay que verse y soy consciente de que se puede perder el contacto, pero es que no puedo». 

A sus 53 años admite contar con «estabilidad desde hace unos ocho», pero «sí sufro la enfermedad, tengo síntomas». Haber ido encontrando cierta mitigación a su dolencia y haber encadenado trabajos para poder mantenerse han contribuido a este equilibrio. «No me gusta hablar mucho de lo mío», insiste, «ni siquiera en el trabajo porque lo que quieres es que los compañeros te conozcan sin prejuicios y después ya nos podremos ir conociendo mejor».

Este interés también podría trasladarse a las empresas, considera, porque «contar con alguna limitación no significa que no puedas hacer ciertas cosas, claro que todo depende de las circunstancias de cada persona». ?

siempre en positivo. «En esta vida todo es ayudar al prójimo y hay que tirar para adelante con lo que se tiene, aunque sea muy poco, porque si no te va a ir muy mal. También es una pena tenerlo todo, por avaricia, y no saber valorarlo, así que siempre hay que buscar el lado positivo de las cosas». La reflexión es de Javier Llorente, monitor de transporte escolar en El Burgo de Osma, pero con diferentes empleos y cursos de formación a sus espaldas desde los 16 años. A esa edad empezó a trabajar de camarero con su padre en Guadalajara, de donde es natural, y tiene un FPI del sector del metal (el FPII lo comenzó, pero no lo acabó). «Siempre me había costado trabajar y tenía dificultad para estudiar y, una vez que me lo miré -el grado de discapacidad- cuando ya era mayor de edad, fui buscando trabajos más adecuados a mis necesidades», explica. Actualmente, con 47 años tiene reconocidas discapacidades psíquica y física del 35%. 

Relata que la situación le viene por una «deshidratación severa» cuando todavía era un bebé. «A los siete meses se me paralizó el lado derecho, se me complicó con anginas y una infección, así que estuve más en el otro barrio que en éste. Si no hubiera sido por mis padres, que me llevaron a los médicos en Madrid, no me habían salvado la vida», cuenta. Como anécdota añade: «Soy zurdo por enfermedad, no por nacimiento». 

en busca de la estabilidad. Llegó a El Burgo de Osma en 2015 por un golpe de suerte que le permitió independizarse de sus padres y «poder vivir la vida con mi chica», también discapacitada física (reconocida con un grado del 54%). Desde entonces es usuario del Área de Empleo del Grupo Asovica Fadess y ha hecho «un montón de cursos», del que destaca «el de atención a personas dependientes», pues le gustó especialmente y no descarta que en un futuro también pueda desempeñar alguna función en este ámbito. 

Ahora trabaja como monitor de transporte escolar «llevando pequeñajos» al colegio, manifiesta con cariño. Su cometido consiste en ir con su coche a Valdenebro, donde se encuentran los menores, montarse en el vehículo que hace de transporte escolar y acompañarlos hasta El Burgo. Cuando es la hora de la salida del cole hace el recorrido inverso. Una vez en Valdenebro, él coge su coche y vuelve a su casa burgense. Está «contento» con su trabajo porque, además, le ha salido otro transporte de El Burgo a Valdealbín y, aunque se tiene que organizar bien porque los horarios son diferentes de los de los niños de la escuela, «merece la pena porque voy a ganar un poco más». 

«No puedo poner ninguna pega al trabajo; no se puede andar rechazando nada», indica para asegurar que también ha estado en la vendimia en Atauta y en otros trabajos temporales; «en lo que me ha ido saliendo», aclara. Sin embargo, le gustaría contar con «estabilidad laboral» y no tener que estar siempre pendiente de que le vayan saliendo pequeñas cosas. Un sueño que comparte, al fin y al cabo, con muchas personas. 

desempleo. La otra cara de la moneda es el desempleo entre las personas con algún tipo de discapacidad y donde el hastío aumenta a la par que la falta de oportunidades. Con un 33% de discapacidad física reconocida, a una residente en Soria que no quiere desvelar su identidad le es cada vez más difícil encontrar una ocupación adecuada a unas necesidades físicas sobrevenidas. «Antes me salían más ofertas de trabajo y desde hace un tiempo en el Ecyl siempre me dicen que no hay nada para mí», lamenta, a la vez que que asegura hacer todos los cursos que le demandan y se encuentra inscrita porque quiere trabajar. «Puede influir la edad, porque a partir de los 45 años es difícil tanto si tienes discapacidad como si no, pero no sé si las empresas buscan experiencia o juventud», se pregunta. 

Ha trabajado en limpieza y, en los últimos tiempos, como ordenanza. Actualmente está realizando un curso de recepcionista con Asovica e hizo uno anterior de atención al cliente. La organización es su modo de contacto con las ofertas laborales y seminarios: «Cada semana nos mandan una especie de boletín y, aunque sea poco, es algo». Así, confía poder reincorporarse al mercado laboral en cuanto surja una oportunidad. 

Por otra parte, se queja de los criterios para otorgar el grado de discapacidad. La tiene reconocida desde 2013, cuando le dieron más de un 60%, pero según se la han ido revisando se la han rebajado hasta el 33%. «No lo entiendo, porque me van aumentando las patologías y cada vez estoy mucho peor», asegura.