COLABORACIÓN

Fernando Lussón

Periodista


Deseos y realidades

04/03/2021

La Casa Real vive días aciagos. Después de que el rey Felipe VI cumpliera con su obligación de situar en su contexto histórico la figura de su padre con motivo del cuadragésimo aniversario del triunfo de la democracia sobre el golpe de estado del 23-F, la segunda regularización fiscal de Juan Carlos I y las noticias de la vacunación en Abu Dabi de sus hermanas, en la visita que realizaron al rey emérito en la suerte de destierro en el que se encuentra, han venido a añadir presión sobre la Corona.

Pero no se debe confundir la realidad con el deseo y deslizar que se ha acentuado el debate sobre el modelo de Estado por este último hecho. Sobre todo, vuelve a ser cansado explicar lo evidente ante medias verdades que tratan de distorsionar la primera. Desde que Felipe VI reina, ha dedicado sus mayores esfuerzos a levantar cortafuegos que aíslen a la ya reducida Familia Real de las intervenciones o actuaciones de sus más allegados. Tras el caso Nóos, el rey marcó distancia, dolorosa, con la infanta Cristina a la que desposeyó del título de Duquesa de Palma por la actitud poco ejemplar de su marido, Iñaki Urdangarín, que le llevó a la cárcel, y a la que pidió que renunciara a sus derechos sucesorios en varias ocasiones sin que su hermana se diera por aludida. En el caso de la infanta Elena, excluida también de cualquier función representativa, y la que más cercanía mantiene con su padre, las mayores críticas proceden de la actuación de sus hijos que han dado muestras de irresponsabilidad de jóvenes malcriados, como tantos otros, pero cuyos actos sería un exceso cargar al debe de la Casa Real. Mientras, el rey emérito deberá seguir esperando a que se despeje su horizonte judicial y fiscal y pase el tiempo para que pueda cumplir su deseo de volver a España.

Ahora bien, inferir de todos estos sucesos recientes, que se haya acentuado el debate sobre “la utilidad de la monarquía”, como se empeñan en trasladar los dirigentes de Unidas Podemos, es en este caso una exageración. No se puede obviar que los actos de los familiares del rey generan malestar entre los ciudadanos, tanto en los que ven un trato de favor de Hacienda y la Fiscalía, como de los que esperan pacientemente su turno de vacunación. No obstante, la presunta corrupción del rey emérito no tiene la misma enjundia que la vacunación de las infantas en un país que ha encontrado en el turismo sanitario contra el covid-19 una nueva fuente de ingresos.

Aunque Unidas Podemos ha hecho del ataque a la Corona una de sus constantes políticas, dentro y fuera del Gobierno, haría bien en aplicar la estrategia de ERC con respecto a la independencia, dar un paso atrás para trabajar hasta conseguir una mayoría social que respalde sus posiciones. Porque esa es una circunstancia que no se da ahora mismo, con un Congreso en el que 275 diputados de 350 no cuestionan la monarquía y representan al 75% de los votantes.

Ahora bien, este cinturón que protege al rey Felipe VI no debe entenderse como el pacto de silencio que rodeó a su padre. El rey ha dado muestras de representar y querer avanzar hacia una monarquía ejemplar y transparente. Pero ha de culminar con rapidez los pasos iniciados en esa dirección, con el consenso de los partidos constitucionalistas. 



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