¿Para qué sirve la historia?

Marian Arlegui
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Durante siglos, la respuesta a su utilidad para individuo y sociedad fue positiva

¿Para qué sirve la historia?

Esta pregunta, tan frecuente, también la hizo el hijo de Marc Bloch a su padre y desencadenó la obra ‘Apologie pour l’histoire’, editada póstumamente e inconclusa en 1941. La obra abordaba una profunda reflexión sobre el trabajo del historiador, no obstante, desde el origen antiguo de la disciplina histórica, los filósofos e historiadores se han planteado la cuestión de la utilidad del conocimiento sistemático del pasado. 
Heródoto reconocía la capacidad de seducción de la Historia porque producía una satisfacción intelectual. Tucídides, Polibio y los restantes historiadores clásicos consideraron que la utilidad de la Historia era incuestionable por la capacidad didáctica de la ejemplaridad de periodos y personajes relevantes del pasado. Cicerón definió a la Historia como magistra vitae, maestra de vida. Durante siglos la respuesta a la utilidad de la Historia para el individuo y las sociedades fue positiva, era parte intrínseca de la disciplina, ante problemas del presente se evocaban soluciones del pasado.
La Historia resulta de la necesidad profunda del hombre por conocer el origen de sí mismo y de la sociedad en la que vive, de entender, aún limitadamente, el universo de lo real. Es así también filosofía. Y ello puede tener consecuencias prácticas o ser únicamente un ejercicio de descubrimiento, de conocimiento individual. Acostumbrados en la sociedad de consumo de los siglos XX y XXI a buscar la utilidad, la consecuencia pragmática de todos nuestros actos, situamos al presente como una brecha entre el pasado y el futuro. La Historia, sin embargo, exige reflexión, análisis, establecer relaciones; y sitúa al presente como una consecuencia de múltiples pasados, presente que es también historia y por tanto base de futuro. 
A partir del siglo XVIII diversos autores, entre ellos Hegel, comenzaron a restar a la Historia el valor de utilidad; otros, como Nietzsche y Droysen lo defendieron. Durante el siglo XX, y en este inicio confuso del XXI, la utilidad como función orientadora, no determinante, del conocimiento histórico ha sido intensa y  puesta en duda de una manera beligerante, llegándose incluso a negarla: el relativismo del siglo XX y el nihilismo que arrastra esa posición concluye confundiendo criterio y opinión, lo científico y lo individual y niega la función orientadora del conocimiento histórico al obviar la pretensión de objetividad de la Historia. 
Aquella pregunta inicial provocó otras muchas que se mantienen, más aún, en un presente que ha reducido las humanidades del curriculum escolar en un una búsqueda de la vacía practicidad. ¿Sirve para algo la Historia? ¿A alguien? ¿Es obligatorio que la disciplina histórica incluya entre sus objetivos esa posibilidad de utilidad en el presente para dirigirse hacia el futuro? ¿Puede reducirse a un ejercicio individual de conocimiento sin consecuencias colectivas? Y, aún, más importante, entre las exigencias del presente, ¿cómo puede la Historia defenderse de la manipulación de la creación de pasados a medida impulsados por el ocio y la demanda turística? ¿Cómo establecer la ética de la Historia frente a las historias identitarias cuando estas tienen un discurso y objetivo espurios?
En la actualidad, la disciplina de la Historia se considera un saber y una metodología pero también un modo especifico de relacionarse con el pasado. Una relación que puede no querer ser útil o, por el contrario, a través de un ejercicio reflexivo, comprender el presente cuyas claves están en el pasado.  
El historiador Eric Hobsbawm, decisivo en el estudio de la Historia del siglo XX y especializado en la Historia Contemporánea, se preguntaba acerca de qué puede decir la Historia sobre la sociedad contemporánea. Respondió considerando que vivimos dentro de un continuo, aunque el presente nos sitúe en un lugar concreto respecto al pasado y a las «relaciones que existen entre el pasado, el presente y el futuro». Ello reconoce que el presente no está absolutamente condicionado por un pasado del que el presente omite todo aquello no puede asimilar o aceptar. Este continuo si permite, sin embargo, establecer comparaciones entre el pasado y el presente como medio para aprender de la propia experiencia, la individual y la colectiva. 
Los historiadores son entonces piezas decisivas, imprescindibles, en la construcción del «banco de memoria de la experiencia» conjunta, sin sentirse propietarios de ideas o circunstancias del pasado o quedar rigurosamente esclavos del pasado fosilizando el pasado que fue un proceso no siempre lineal y progresivo. Hablamos, entonces, de una conciencia histórica que late en el presente recordando el pasado.
En muchas ocasiones la alteración de lo indicado, la renuncia al saber histórico o su menosprecio ha tenido consecuencias trágicas, algo que ya aventuraron los escritores de la antigüedad porque la Historia no solo devela el pasado. 
Para J. Arostegui, en particular en su obra ‘La historia vivida’, sobre la historia del presente, ésta es presencia, la Historia «no es solo la herencia recibida, sino la conciencia formada a partir de la experiencia de nuestro propio actuar». Y aporta la trascendente reflexión de que si se aclara la distinción entre la Historia como disciplina que estudia el pasado y el tiempo presente, la Historia deja de estar situada en la contradicción de pasado y presente o, de otro modo, en el momento presente es donde confluyen la «memoria directa y la memoria adquirida» a través de un continuum. De este modo y recordando a Bloch y a Febvre y la escuela de los Annales frente al historicismo de L. von Ranke, el estudio del presente es también objeto de estudio por la Historia. Ya no existe ruptura entre el pasado y el presente. De nuevo recordamos a Herodoto que defendía que la Historia era una investigación sobre el tiempo y su transcurso. 
E. Durkheim y F. Simiand al criticar la concepción «empirista» del tiempo que debe seguir el historiador como la secuencia lineal y cronológica de los fenómenos reconocían que «la categoría tiempo no garantizaba la objetividad en la aproximación al pasado ya que el historiador dirigía su mirada hacia ese pasado desde su propio presente y era desde este a partir del cual se interrogaba sobre épocas anteriores». 
¿Y cómo definir la relación del presente construido sobre el pasado y su proyección de futuro? Según Prats y Santacana la enseñanza de la Historia tiene, entre otros, los siguientes valores: la propia función formativa del estudio del tiempo y del espacio;  el desarrollo de la empatía, de la imaginación basada en hechos reales y del sentido amplio de pertenencia a una comunidad; el desarrollo de la inteligencia emocional, a través del conocimiento de los motivos y las razones por las que las sociedades actúan individual y colectivamente; el desarrollo de capacidades de inducción y deducción; la formación de un pensamiento crítico; la interpretación poliédrica, multifocal, del pasado en un entorno social y multicultural cada vez más complejo; y el aprendizaje de la distinción entre las razones, las causas próximas, la causalidad estructural y las consecuencias de los hechos históricos, ya sean fenómenos, procesos o acontecimientos. 
Todos nosotros somos ya objetos de la Historia y además somos constructores de Historia. Nada es sólo pasado. Nada comienza hoy. Nuestro presente se convierte velozmente en pasado. El futuro se construirá desde la Historia sucedida o será errático. 
J.L. Borges escribió: «Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos».