Una pieza, una destrucción y una duda

Marian Arlegui
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Una figura decisiva que determinó la museología y la arqueología soriana

Una pieza, una destrucción y una duda

Esta pieza, un sillar o dovela con la inscripción de un crismón, ingresó en el Museo Celtibérico indicándose en algunas notas que procedía de la iglesia de San Miguel que fuera iglesia del poblado de Parapescuez o Parapescuezos, próximo a la Aldehuela de Calatañazor, tesis muy probable. Sin embargo, también se cree corresponda a un hallazgo en la ladera del Castillo de Soria en cuyo caso habría pertenecido a alguna de las iglesias románicas perdidas. Obviamente esto será objeto de una investigación documental más profunda pero nos permite ahora tratar de la iglesia de Parapescuez y a la vez de un símbolo cristiano de profunda raíz y consecuencia.
La iglesia de San Miguel del despoblado de Parapescuez  se convirtió en ermita y posteriormente en taina de ovejas para ser vendida en 1964 a un importante empresario vizcaíno. La ermita fue desmontada piedra a piedra y trasladada a Ciervana. 
El periódico Campo Soriano, que se hizo eco de la noticia, narró que la intención del empresario era el salvamento de la emita, que la venta la realizó el propietario, el Obispado de Osma, y que el precio fue de 50.000 pesetas. El periódico ABC, con fecha 27 de febrero de 1964, también lo hizo noticia en sus páginas. No podemos olvidar, con dolor, que la destrucción del patrimonio soriano en los años 60 y 70 del siglo pasado fue grave: derribos de la iglesia de San Esteban de San Esteban de Gormaz, derribo de la iglesia de San Cemente en Soria, derribo de la torre del puente de Gormaz, abandonos, omisiones, que acabaron en edificios arruinados… Aún no se había desarrollado la sensibilidad sobre el patrimonio y un falso concepto de progreso marcaba un desarrollo que ya siempre sería un progreso mutilado.
En el lugar de la iglesia, de la ermita, de la taina, queda hoy tan solo parte del muro oeste y del muro norte en una altura media de dos metros, así como la parte baja de lo que fue su cabecera.
J.A. Gaya Nuño la describió en su Tesis Doctoral El Románico en la Provincia de Soria, que fue editada en 1946. Gracias a él tenemos una descripción rigurosa y el dibujo a escala de su planta, así como una fotografía de su portada y un apunte en dibujo a mano alzada de sus dos ventanas. Son las imágenes que se incluyen en este artículo. Parte de la información le fue suministrada por B. Taracena. Gaya Nuño señaló la ermita como «interesantísimo edificio» y recogió que se hallaba en «vías de desaparecer».
Resumiendo su descripción, pero con las palabras de Gaya, la iglesia era de «pobre fábrica de mampuesto de piedra esponjosa, sentada sobre argamasa, sólo tiene de sillería el lienzo sur, donde se abre su puerta. Su planta, ultrasencilla, es una nave cubierta con mala armadura y un ábside rectangular cubierto con bóveda de medio punto, cuyos sillares aun conservan el enlucido primitivo…». Este tramo abovedado «recibe luz por dos ventanitas. La del frente del ábside es notable por su rudeza y en solo tres  piedras recorta las jambas con columnitas incisas y una pobre arquivolta semicircular…». «Una sencilla cornisa ostenta variada colección de canecillos a cuál más tosco e informe, unos lisos y otros de cabezas, rollos escalonados y animales, de labra rudísima».
La puerta, en el muro sur, contó con cuatro apoyos, «de los que conserva sus capiteles de cabezas toscas, vegetales y figuras apenas reconocibles por lo mutilado de las piedras». Señaló como de particular interés que una de las arquivoltas «lleva por toda decoración una serie de cabezas femeniles y de varón dispuestas en el sentido de la curva y no radialmente…». En el arco que separa la nave del ábside, hubo cuatro arquivoltas. En lo alto de este muro vio «tres relieves representando caballeros con presentes en las manos, que acaso pretendan representar a los Reyes Magos. Son de buen estilo románico del XII».
Gaya Nuño concluía: «En fin, San Miguel de Parapescuez es un monumento de interés sumo por su ábside cuadrado, la rudeza de sus elementos» arquitectónicos y escultóricos atribuyéndole una fecha de construcción del primer cuarto del siglo XII, es decir un románico temprano.
Respecto a esta pieza, el crismón, aún más valiosa pues conlleva el recuerdo de lo que fue la iglesia de San Miguel y es evidencia de destrucción, creemos que la pieza no formaba parte de los arcos principales de la ermita, porque se hubiera trasladado con ellos. En cualquier caso, determinar su lugar originario es ya una misión difícil.
Se denomina Crismón al anagrama formado por la superposición de las dos primeras letras del nombre de Cristo en griego c (ji) y r (ro). Es el símbolo de Cristo unido al significado de victoria, tanto militar como espiritual, es decir, en este ultimo caso, el  triunfo de la fe y triunfo sobre la muerte, por ello puede encontrase en espacios y objetos litúrgicos pero también en contextos funerarios. Gráficamente se construye uniendo, de modo superpuesto, las letras griegas que son las iniciales de su nombre, cristos, a modo de anagrama.
En su significado más profundo alude, mediante la primera y última letra del alfabeto griego, a (alfa) y w (omega), al principio y fin de todas las cosas que define a la divinidad. Podían representarse separadas o encadenadas a un trazo  vertical, a media altura del anagrama, de modo que la intersección con el vástago de la ro lo asimila a la cruz y completa un número de ocho radios.
En la Alta Edad Media se introdujo, como rasgo destacado, la letra S,  casi siempre en el extremo inferior de la ro. Es la última letra del nombre de Cristo según una fórmula mixta grecolatina de gran extensión –Xpistus– que se abrevió XPS. En el románico se generalizo en las construcciones religiosas. No obstante en los siglos XI y XII el crismón adoptó numerosas variantes gráficas. 
En ocasiones, como en esta pieza de San Miguel de Parapescuez, esta representación se cierra en un circulo, con un significado de perfección, el absoluto.
El origen de esta simbólica representación se sitúa en la visión que tuvo el emperador romano Constantino antes de la batalla del Puente Milvio contra Majencio en el año 312. La iconografía señaló la cruz y el crismón con el coeleste Signum Dei que como una visión vivió el emperador. Eusebio de Cesarea en su Vida de Constantino y Lactancio en De mortibus persecutorum relataron esta visión y como después el crismón se convirtió en la enseña imperial y en la divisa de los ejércitos romanos. 
En el uso litúrgico, el crismón se relaciona con el ritual de consagración de iglesias, de modo que sería un signo perpetuo de la dedicación de altares templos. Este símbolo se expandió con rapidez en el occidente cristiano en la Alta Edad Media haciéndose menos presente en la Baja Edad Media en que comenzó a ser sustituido, en frecuencia, por otros monogramas cristológicos, en especial IHS. Es cierto que su uso fue más frecuente en Aragón que en Castilla y el estilo de la pieza soriana señala a paralelos oscenses.
La frecuencia de su representación  en España se ha interpretado como un modo de reafirmación en el románico frente al Islam, sobre todo considerando que el símbolo tiene una connotación de victoria desde Constantino, y por el afán renovador de la reforma gregoriana. Su uso no se limitó a la liturgia en pintura mural o escultura, objetos de orfebrería rituales…, se uso también con frecuencia en manuscritos, acuñaciones de monedas, diplomas…
Por último el recuerdo y la invitación a la lectura o relectura de El Santero de San Saturio, de J.A. Gaya Nuño, en cuyo capitulo VII, «Individualismo y fracaso» cuenta: «Marché en busca del santero de San Miguel de Parapescuez, y el ventero de Calatañazor me dijo que, cansado de pasar hambre, se había hecho pastor en la Aldehuela; que andaba muy contento con las ovejas; y que mayor provecho era éste que el de corretear de casa en casa enseñando el santo. Que eso de ser santero era oficio de vagos, y puesto lo era y no quería trabajar, me estuviese quieto en Soria y no anduviese sonsacando a otros infelices. Así habló el ventero».