JALÓN POR LA VEGA

Silvia Garrote

Periodista


El día después

04/04/2020

Lo reconozco. Soy de las privilegiadas de este confinamiento que nos tiene atrapados desde hace días. Estoy en mi casa del pueblo, con un jardín por delante en el que pasear y salir al sol de esta primavera robada, y mirar el atardecer y trastear con mis macetas. Toda mi familia se encuentra bien y puedo trabajar a distancia. Pero veo con preocupación lo que ocurre a mi alrededor, lo que está pasando en Soria, donde la sempiterna falta de medios materiales y humanos está dando su peor cara estos días. La provincia tranquila está del revés por culpa de este desconocido mal que ha alterado a todo el planeta, pero que se ceba especialmente con los lugares donde el envejecimiento es mayor y los medios más escasos. A la hora que escribo este artículo, la situación de la UCI en el Santa Bárbara es crítica y ya se planean hospitales de campaña o evacuar a los enfermos a otras provincias, incluso, a otras comunidades. Soria siempre es la gran olvidada, de las infraestructuras, de las inversiones; no puede serlo en este caso. Hablamos de vidas humanas, que deberían estar muy por encima de réditos partidistas y electorales. Pero todo es tan cambiante, que quizá cuando lean estas letras el panorama sea otro… 
Nunca habíamos vivido una distopía en directo. La hemos visto en películas y la hemos leído en novelas. La ficción ha llevado al papel y a las pantallas escenarios apocalípticos de muchos tipos: guerras nucleares, invasiones alienígenas, cataclismos climáticos… pero este virus contagioso y especialmente dañino con nuestro sistema respiratorio es una amenaza nueva, terrible, planetaria merced a la globalización que tantos aspectos positivos ha traído consigo. Y nuevos son todos los problemas asociados, los sanitarios y los derivados de una paralización prácticamente total de la actividad productiva. 
Y pienso en el ahora, en la realidad de conocidos que están hospitalizados, en la angustia de sus familias; en muchos amigos que trabajan en el hospital, en las residencias de ancianos, en la cantidad de gente mayor que está viviendo este aislamiento con miedo, en las familias confinadas en espacios reducidos, inventando un escenario de fantasía para sus hijos; en los adolescentes y jóvenes que están viviendo con los padres cuando les corresponde estar con los amigos, en los autónomos y empresarios que ven peligrar sus negocios, y con ellos, el futuro de tantas familias…
Es desolador ver cómo caen las piezas del dominó social, una tras otra, por este virus desgraciadamente coronado. Lo peor, sin duda, es la pérdida de las vidas humanas. Y después… les confieso que tengo temor al tiempo que vendrá después. Primero, por la falta de altura de miras de los políticos, que incluso ahora mismo están intentando sacar tajada; por la situación económica, que siempre acaba agrandando la brecha social y también por la sensación de vulnerabilidad e incertidumbre que va a quedar en el ambiente, como un manto de polvo pesado que no desaparece aunque se abran las ventanas. Ojalá me equivoque y la bendita normalidad deje las cosas como estaban, mejor si cabe, si es que hemos tomado conciencia de lo que importa de verdad. Pero me van a permitir, al menos esta vez, que lo dude. 



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