Los pacientes de alzhéimer, más vulnerables por la COVID-19

María Ostiz (EFE)
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Las patologías previas, la soledad y la ruptura de sus rutinas en el confinamiento han hecho que la situación de estos enfermos empeore en estos últimos meses

La presión sobre los cuidadores también se ha incrementado como consecuencia de la situación actual.

Mayores, con patologías previas y muchos de ellos en residencias, los enfermos de alzhéimer se han convertido en el objetivo perfecto para la COVID-19 y han sufrido las peores consecuencias del confinamiento al verse aislados de su entorno y apartados de sus rutinas, lo que ha contribuido a un deterioro de su enfermedad.
Alrededor de unas 800.000 personas en España padecen la enfermedad de Alzheimer, una patología neurológica que constituye la primera causa de discapacidad y supone el tipo de demencia neurodegenerativa más común: un 5  por ciento de las personas de 65 años la padecen y en mayores de 90 años el porcentaje aumenta hasta el 40 por ciento.
Con motivo del Día Mundial del Alzheimer, que se celebra hoy, el doctor David Ezpeleta, neurólogo del Hospital de Cuidados Laguna y Secretario de la Junta Directiva de la Sociedad Española de Neurología (SEN), explica cómo se han enfrentado estos pacientes y sus familias a la pandemia y los efectos que ha causado en ellos.
«Las personas con enfermedad de Alzheimer son un grupo de población que está sufriendo la pandemia por COVID-19 de forma especialmente grave. Hay que tener en cuenta que se trata de personas generalmente mayores, con comorbilidades cardiovasculares asociadas y discapacidad de origen neurológico, tres factores que, se ha demostrado, ensombrecen el pronóstico de los afectados por la infección», detalla.
A todos estos aspectos se suma otro muy importante, como es el hecho de que muchos de ellos están viviendo en residencias de mayores, uno de los ámbitos más golpeados por la pandemia no solo por el número de muertes que ha provocado entre sus internos, sino porque ha sido necesario establecer duras restricciones, como la suspensión de visitas de familiares, para evitar contagios.
Y si la soledad, la falta de comunicación y de socialización son ya de por sí un factor de riesgo de deterioro cognitivo y demencia, para los enfermos de alzheimer, la pérdida de contacto con los seres queridos -tanto en residencias como en hospitales- «ha supuesto una carga extra de sufrimiento». «Muchos pacientes lo han manifestado con inquietud, insomnio, aumento de solicitudes de ayuda, vagabundeo y otros trastornos conductuales», señala Ezpeleta, que detalla que en los enfermos ingresados por la COVID-19 el aislamiento ha sido uno de los factores de síndrome confusional, «agravando el efecto encefalopático de la inflamación sistémica producida por el virus».

 

Más allá de los datos

Es difícil estimar cuántos enfermos de alzhéimer han fallecido durante estos meses por la pandemia. «Estamos hablando de muchos miles de personas en pocos meses», advierte este experto.
Pero la pérdida de vidas no es lo único que ha provocado el virus. El confinamiento les ha supuesto no salir a pasear, no asistir al centro de día, no beneficiarse de sus terapias habituales, dificultad para mantener el tratamiento farmacológico habitual, además de una sobrecarga para sus cuidadores principales.
«El trastorno ha sido importantísimo», lamenta Ezpeleta, que resalta que uno de los principales factores de control de estos pacientes es mantener sus rutinas.
Ante el temor a un nuevo confinamiento, este neurólogo apunta una serie de recomendaciones para evitar mayores retrocesos, como crear una serie de rutinas a las que la persona afectada se pueda adaptar respetando sus horarios. Ejercicios de estimulación cognitiva, ayuda en las tareas domésticas, ejercicio físico, televisión y descanso, máximo de exposición a la luz natural por la mañana, evitar las siestas que pueden interferir con el sueño nocturno y mantener en lo posible la actividad física, caminando por casa.