Cariátide

Laura Álvaro

Profesora


¿Hemos salvado la Navidad?

16/01/2021

Ya acabó. Con la llegada de Sus Majestades de Oriente finalizó este mágico periodo del año en el que recuperamos ilusiones infantiles y las calles se llenan de luz y de… ¿gente? Pues sí, este año, a pesar del contexto pandémico en el que nos encontrábamos, las ciudades y sus arterias han vuelto a acoger a decenas de personas que poco o nada se han acordado de los riesgos que entrañaban esos encuentros; o las reuniones familiares más allá de convivientes, confiados en una especie de conjuro navideño que les libraba de todo mal. Pero, por desgracia, la cosa no ha sido así. Y, tal como se pronosticaba, aquí está la tercera ola.
No es que yo quiera culpar a nadie de las cifras crecientes de contagios (creo que no nos queda otra que ser consecuentes y coherentes con nuestros actos, y que la conciencia de cada cual haga el resto), porque creo que buscar la culpa no tiene sentido una vez que el daño ya está hecho. Pero la realidad es que los números han empeorado significativamente después de las fiestas, y junto con ellos, las medidas restrictivas.
No habíamos recogido todavía el pino y el belén cuando llegó el primer jarro de agua fría: extensión del cierre perimetral de la región hasta, por lo menos, el mes de mayo. Que, dicho un 7 de enero, se nos hace bola, especialmente a un castigadísimo sector turístico, que no acaba de ver la luz al final del túnel. Pero, si con esto no era suficiente, esta semana se ha procedido de nuevo al cierre -sin apenas tiempo de reacción- de hostelería, gimnasios y centros comerciales. 
¿En qué punto nos deja esto? Los más optimistas señalarán que la anterior aplicación de medidas restrictivas nos sirvió para relajar los datos, y que, ante esto, poco más hay que decir. Y analizándolo objetivamente, así son las cosas. Pero la realidad es que la ciudadanía adolece tras la nueva oleada de restricciones. Vivimos en una especie de Día de la Marmota que empezaba a disiparse gracias a las esperanzas depositadas en la vacunación. Sin embargo, la tercera ola, que aprieta fuerte, nos traslada de nuevo esa sensación de desazón que nos lleva acompañando ya casi un año y a la que no le vemos el fin.  
Y si ponemos el foco de atención en los sectores más perjudicados por estas decisiones políticas, es sencillo comprender su nivel de desesperación. Sin saber a qué atenerse semana tras semana, han visto y siguen viendo como sus negocios abren y cierran sin parar. Cierto es (o, por lo menos, eso quiero creer) que el resto de la población estamos siendo sensibles a su situación tan extrema, y tratamos de darles todo nuestro apoyo como clientela. Pero no es suficiente, es necesaria una mayor capacidad de maniobra para que resistan los embistes de las consecuencias económicas de esta pandemia. 
Haciendo balance de este 2020, mi principal sensación es que el tiempo ha pasado sin que hayamos sido conscientes, porque este stand by en el que llevamos viviendo desde el mes de marzo nos está haciendo perder el norte. Cada vez más, necesitamos buenas noticias, aferrarnos a la esperanza y confiar en que realmente esto va a pasar. ¿Hemos salvado la Navidad? Hemos pasado una festividad que -aunque algo extraña- ha dado lugar a la celebración y al encuentro. Sin embargo, ¿a qué precio? Quizás un pensamiento a largo plazo -y sus consecuentes decisiones- hubiera sido la opción más acertada.  



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