CARTA DEL DIRECTOR

Iván Juarez


En nuestras manos

02/05/2020

Pocas veces de una forma tan pasiva en el plano físico nuestra participación e implicación será más decisiva en el desenlace de una batalla contra el coronavirus que se juega desde el sofá. Un requisito, la quietud del confinamiento, que pone freno a nuestra determinación o costumbre de hacer, con los límites convencionales, lo que nos viene en gana. La crudeza de las cifras, que a todos nos han sobresaltado (quien más o quien menos se ha visto afectado en lo personal o conoce alguna víctima del Covid19, ha favorecido que, sin pensarlo dos veces, nos quedemos en casa.Hemos cumplido con nuestra parte animados por un estado de alarma acompañados de multas y sanciones que tocan donde más duele, el bolsillo. La cuestión es que, por unos u otros motivos, por responsabilidad, la sociedad española ha estado a la altura, salvo excepciones, en cuarentena para luchar contra el maldito virus, siguiendo las recomendaciones de los expertos y tal como se ha hecho en otros países. Sentirnos todos en un barco a la deriva que viaja a lomos de la globalización nos ha igualado a los ciudadanos, vecinos, de este globo terráqueo que habitamos. Sin duda, nos merecemos un aplauso.
Pero no ha sido fácil ni lo va a ser: tras esa comunión inicial tejida de forma solidaria con los sentimientos a flor de piel, el doloroso ‘parte de guerra’ diario,  los ERTE que no se cobran, los funerales ‘clandestinos’,  todo empieza a pasar factura. Hasta en algunos bloques comienza a irritar el movimiento ‘balconiano’, los aplausos de los ocho, los teatrillos, y el dijey que aprovecha la coyuntura para expandir sus gustos musicales. El cansancio, tras el subidón de adrenalina al saberse héroes decisivos en esta empresa, también pesa entre el personal sanitario, maltratado hace nada y merecidamente homenajeados a la luz de la gravedad de la pandemia. Veremos cuánto dura este respaldo masivo a la ‘marea blanca’ cuando desde la normalidad, sin el virus pisándonos los talones, volvamos a rediseñar  nuestra escala de valores.
España vive dos realidades paralelas, la que encarna los aplausos de las ocho y la que representa la pelea, la bronca política, el afán por hacerse la foto de nuestros representantes... Junto con los estragos de este virus, sanitarios y económicos, lo más duro es la constatación de algo que sospechábamos: ni unos ni otros están a la altura, son incapaces ante una crisis demoledora de unir fuerzas y de tejer un relato que hable de esperanza a los ciudadanos. Uno, el Gobierno, por su incapacidad para tejer alianzas y empatizar con el contrario; enfrente, aquellos que no pierden de vista las urnas y utilizan un discurso especialmente duro (véase las referencias al 11M) que no aporta nada y solo añaden más dolor a una situación de por sí demoledora para todos. El barro político, que no se ve en el panorama internacional (las democracias más ejemplares han cerrado filas), solo sirve para dividir y generar la sensación de que la población española vive acorazada en trincheras irreconciliables. Nada más lejos de la realidad.
La sociedad española ha demostrado en muchas ocasiones estar hecha de otra pasta. Estamos solos en esto. Toca redoblar la apuesta, nos abren la puerta, camino de la desescalada, y hay que evidenciar que estamos muy por encima del beligerante ruido que emana del Congreso, institución rebajada a  circo romano. Más que nunca está en nuestras manos salir de esta. Aprovechen su cotizada dosis de libertad.



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Carlos Martínez tiene un don para dar unos golpes de efecto inesperados que generan filias fobias o simplemente, como en mi caso, el agradecimiento por poder salir de esa espiral informativa sin fin en la que se ha convertido el Covid