SOPA DE GUINDILLAS

José Luis Bravo

Periodista


Borrel me inspira

Reconozco que, el contenido de este artículo, está inspirado por los agricultores, los turistas y Josep Borrell.
Empezando por este último, responsable máximo de la diplomacia en la Unión Europea, recordarán que hace unos días fue llamado a mandamiento por preguntarse, en voz alta, si los jóvenes, que son tan reivindicativos con el medio ambiente, estaban dispuestos a renunciar a ciertos elementos, de los que depende su calidad de vida, para preservarlo. Le cayó la del pulpo y le forzaron a matizar sus declaraciones, pero no carecen de sentido esas palabras que,además, son extensivas a toda la sociedad  occidental y en muchas de sus facetas.
Es bueno saber de qué están hechos los objetos que ansiamos en esta vorágine de consumismo, cómo y por quién se han elaborado y las consecuencia de su uso y de su abandono posterior cuando ya no lo tiene. También, por qué no, evaluar y asumir los costes sociales de la masa de trabajadores que se ganan la vida en todo el proceso de producción de eso que tanto daño puede hacer a la naturaleza. No es una cuestión menor, como tampoco lo es que, mientras abogamos por producciones agrícolas de calidad y sin aditivos o modificaciones trasgénicas, compremos, en los lineales del súper, lo que  resulta más barato sin mirar su procedencia.
Los productores del campo están en pie de guerra porque les pagan poco por lo que cultivan y encima suben el Salario Mínimo Interprofesional hasta los 950 euros y se acabó la mano de obra barata. También aquí, los que defienden las tesis del Gobierno o los sindicatos deberán reflexionar sobre el costo que esto tiene y sobre todo proponer soluciones que no sólo pasen por ayudas públicas al sector. Hay que hacerlo competitivo, pero ya me dirán cómo. Tampoco es fácil de digerir el argumento de los agricultores contra esa subida a sus empleados. Como defender, desde  la simple sensatez e incluso humanidad, que  pagar 950 euros brutos a los que se desloman recogiendo lechugas o lo que sea, es mucho sueldo.
Lo de los turistas tiene que ver conla vieja aspiración de atraer a Soria  visitantes a millares que se dejen sus buenos cuartos en hoteles, restaurantes y empresas de ocio, mientras admiran nuestros monumentos, patean nuestros montes buscando setas y conocen las más tradicionales de nuestras fiestas. La gente cada vez viaja más y tal vez progresemos esta materia, pero eso también supone renuncias. Soria perderá su tranquilidad, el medio ambiente sufrirá la masiva presencia humana y para ver San Saturio habrá pedir hora. En fin, ya saben, o lo uno o lo otro. Es tiempo de renuncias.