LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Sueños

18/04/2021

Hay señales, gestos y acciones, casi imperceptibles, que anuncian que la luz al final del túnel cada día está más cerca. Algo se mueve, está cambiando. La actividad presencial se recupera, las cancelaciones están dando el testigo a la programación de un sinfín de eventos, con exposiciones, conciertos y espectáculos que se abren camino en unas agendas que hace meses estaban condenadas a un ostracismo forzoso. Las gradas vacías de los estadios tienen los días contados, los ancianos salen de nuevo a pasear fuera de sus residencias para respirar aire lejos de cuatro paredes, los niños vuelven a jugar en los recreos con un balón o una peonza, algo impensable al arrancar el curso, y las restricciones, poco a poco, conceden una tregua para ir ganando terreno hacia la libertad. La realidad es que hoy casi nada es como antes, pero cualquier paso que se dé, por muy pequeño que sea, ilusiona y parece de gigantes.

La ciudadanía comienza a percibir que lo peor de la pandemia, esa que llegó hace algo más de un año sin avisar y que ha cambiado nuestras vidas de manera radical, ya ha pasado. Así se constata en un estudio llevado a cabo por el Centro Nacional de Epidemiología que se ha dado a conocer esta semana y que, además, confirma que la preocupación de la población por el contagio ha cambiado de tendencia, con una bajada considerable que se acompasa en ritmo con el desplome de la inquietud que existe entre la sociedad por la rapidez con la que se propaga la COVID-19. También se reduce el sentimiento de depresión, aunque la sensación de miedo se mantiene prácticamente inalterable.

El optimismo, que durante meses había permanecido oculto tras una siniestra espiral de muerte e impotencia, intenta abrirse paso como una necesidad vital, de la misma forma que lo hace una primavera incipiente que invita a verlo todo a través de un cristal por el que se atisban, ya sea por la propia realidad o por las ganas que se tienen de recuperar el pulso a la vida, multitud de brotes de esperanza. Aún así y, pese a una ola de contagios cada vez menos pronunciada y a que cada día se supera el récord de vacunados, todavía es prematuro pensar que se ha conseguido vencer a un virus que muta constantemente. Hay que ser prudentes porque, como decía Confucio, «los cautos rara vez se equivocan».

Uno de los sectores que ha aguantado el tirón que ha supuesto este año de restricciones encaminadas a contener la pandemia ha sido el cultural. Las pérdidas económicas, como consecuencia de los cierres forzosos, la limitación de aforos o la implantación de protocolos de seguridad frente al coronavirus, han sido astronómicas, milmillonarias, llevando a que salas de cine o de conciertos, así como los teatros, se vieran obligados a bajar la persiana.

El sector ha sabido también reinventarse a lo largo de estos meses, con actuaciones, sobre todo al principio en las semanas más complicadas durante el confinamiento, a través de los medios digitales, para, posteriormente y conforme se iba avanzando en la lucha contra la COVID-19, aglutinarse bajo un lema, que a su vez ha servido de eslogan, que defiende y ha constatado que la cultura es segura. Los datos que maneja el Ministerio de Sanidad corroboran que, incluyendo museos, cines, teatro o conciertos, con este tipo de actividades sólo se han registrado siete brotes, con 73 contagios, lo que supone el porcentaje insignificante de un 0,01% del total.

Recientemente se celebró en Barcelona un concierto multitudinario del grupo Love of Lesbian en el Palau San Jordi -alrededor de 5.000 personas- que trató de ser una prueba piloto, algunos lo tildaron de experimento, para corroborar si se podían celebrar este tipo de espectáculos en recintos cerrados. El público asistente fue sometido las horas previas a un test de antígenos y al entrar todos debían tomarse la temperatura, utilizar gel hidroalcohólico y ponerse unas mascarilla FPII que les proporcionaba la organización. España miraba a la capital catalana con incertidumbre, distinta, eso sí, a la que se pudo originar en Navidad con las dos actuaciones que Raphael dio en Madrid en plenas restricciones y que generaron un ruido mediático que no se correspondía con la realidad. En sendas citas del carismático artista se cumplió con la normativa de aforo y la organización al completo se realizó una PCR. Ya en la Ciudad Condal, seis personas dieron positivo y no pasaron al recinto. Los demás disfrutaron de una velada única, cargada de ilusión, donde se pudieron recobrar emociones y muchos de los asistentes afirmaban estar más seguros dentro que fuera paseando por la calle o sentados en una terraza.

La cultura es necesaria para alimentar el espíritu. Desde el cine, el teatro, pasando por los museos, la danza, los conciertos, hasta llegar a esas verbenas veraniegas de los pueblos, donde cada año el reloj parece haberse congelado y que son el punto de reencuentro con aquella juventud perdida, marcada por esos bailes en la plaza en los que los más atrevidos lograban robarle un beso a su pareja. Pero, para eso, aún queda camino, sueños que se harán reales si sabemos mantener la sensatez y la paciencia.



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