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Loli Escribano

SIN RED

Loli Escribano

Periodista


Hasta donde yo sé

18/03/2022

Hace escasos días salía yo de un supermercado y delante de mí una señora con dos productos, uno en cada mano, sin bolsa: en la derecha, un paquete de seis rollos de papel higiénico y en la izquierda, una garrafa de aceite de cinco litros que al acercarme confirmé que era de girasol. Papel higiénico y aceite de girasol, dos símbolos. A pocos pasos de mí caminaba, en mi misma dirección, el prototipo de persona que se siente amenazada en situación de crisis bien sea sanitaria o bélica. El Covid y esta guerra, en la que Putin nos está metiendo a todos, han puesto de manifiesto la diversidad de personalidades que existen. Como se dice popularmente, cada uno somos de nuestra madre y de nuestro padre. Cada cual reacciona de una manera. Hay gente para todo. Frente a los prototipos como el de esta señora del papel higiénico y el aceite de girasol, están los que se mueren de ganas de que llegue mayo y junio para volver a disfrutar de sus fiestas de San Juan. Ya saben, podrá faltarles el pan, podrá secarse el Duero pero arde Soria primero si no hay fiestas de San Juan. Y mientras algunos jurados se dan de baja y el alcalde se compromete a recuperar los festejos después de dos años de suspensiones, un terremoto de 7,3 grados sacude Japón y nos llegue vía aérea el Sáhara entero y desde la extrema derecha amenazan a las mujeres y a los hombres podemitas que viven en Castilla y León advirtiéndoles que para ellos el Gobierno Autonómico va a ser "peligroso". Se me pone la carne de gallina con estas coacciones a cielo abierto, sin tapujos, sin insinuaciones. Después de escuchar algo así, te rindes y decides evadirte un rato de pensar la que se nos avecina con el pacto autonómico, de pensar en Putin y en los refugiados adultos y niños, en los escombros, en los cadáveres, en maletas abandonadas en medio de calles bombardeadas. Decides evadirte un rato de la repercusión de las seis olas del Covid y sus repuntes, de la lava de La Palma, de la arena del Sáhara, del terremoto de Japón. Hasta donde yo sé, el sentido del humor  es casi lo único que nos queda para sobrevivir a este cúmulo de circunstancias dramáticas. Si fuera supersticiosa pensaría que tenemos un gafe camuflado entre nosotros. O no tan camuflado. Así que le echas un ojo a las redes sociales y no solo compruebas lo ingenioso que es el personal, también te ríes, casi con cargo de conciencia por lo dramático del momento, con el tipo que asomado a la ventana escupe polvo mientras dice: «¡Qué día tan bonito!». O con el internauta que hace circular la reflexión, «una semana lleva gobernando Vox en Castilla y León y ya hemos recuperado el Sáhara».
Y aunque suene escatológico, me acabo de sonar la nariz y de mis fosas nasales ha salido una parte del desierto del Sáhara a la vista de la negritud de los residuos que han quedado en mi pañuelo. Ya no hace falta viajar para pisar o espirar tierra extraña.